Rogelio Ramírez de la O
El calibre de los gobiernos se mide en las guerras y en las recesiones. Cambios económicos mundiales como los de hoy son oportunidad para que los gobiernos visionarios se afirmen o para que los gobiernos débiles se muestren como son.
Desde hace tiempo estaba escrito en el pizarrón que la burbuja de bienes raíces en Estados Unidos reventaría. Hoy lo está haciendo y deja estragos en el costo del crédito, causa pérdidas de riqueza y eventualmente golpeará el crecimiento. De ahí que esperemos mayor proteccionismo, para empezar, contra la emigración mexicana y las importaciones chinas.
El fin de un ciclo de abundante liquidez no viene solo; siempre coincide con nuevos paradigmas. La encuesta FT/Harris recientemente mostró que en Estados Unidos, Francia, España y el Reino Unido es tres veces más frecuente la opinión de que la globalización tuvo efectos negativos que la opinión contraria. En Francia, Alemania y España la mayoría desea que los líderes políticos intervengan más en la economía. En todos ellos hay un clamor por que los ricos paguen más impuestos.
El nuevo gobierno francés, y es-pecialmente su presidente, Nicolas Sarkozy, entendió muy bien este cambio. Por eso, aunque algunas de sus propuestas hoy suenen agresivas o descabelladas, en realidad están bien ubicadas en el nuevo tono populista y nacionalista de remedios directos a problemas concretos, que será la línea predominante.
Para juzgar estos remedios y su capacidad de superar problemas en un nuevo ciclo de bajo crecimiento hay que estar libres de juicios de valor, en especial sobre las propuestas económicas. Los académicos y teóricos pueden escandalizarse por el cambio de tono hacia mayor intervencionismo estatal. Pero serán la inversión y el crecimiento los jueces finales.
Como la estrategia económica mexicana no ha cambiado desde principios de los 90 y el nuevo ciclo la contradice en muchos sentidos, tiene mucho que cambiar. Las reglas que sigue son las mismas que a principios de los 90, cuando gobernaba Carlos Salinas. La retórica es la misma, pero la capacidad de ejecución y de control de resultados es muy inferior.
Para confirmar esto basta recordar que México ofreció a sus socios en el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) energía barata, impuestos bajos y salarios bajos. Hoy la energía se encareció, China ofreció salarios aún más bajos y los impuestos bajos sólo se han mantenido a costa de descapitalizar a Pemex.
Así, lo que va a funcionar a futuro no es otro acuerdo de libre comercio, ni siquiera intentar profundizar el TLCAN. Para empezar, los grandes intereses económicos estadounidenses ni siquiera se están ocupando hoy de México y los intereses políticos sólo lo hacen marginalmente, por la irritación que les causan las drogas y la migración.
Ahora, como el gobierno no aprovechó el impulso positivo del TLCAN entre 1993 y 2003 para crear nuevas bases de crecimiento a futuro, hoy faltan los resortes para encauzar las energías creativas de la economía y de sus agentes hacia nuevas tareas de envergadura. Los problemas que impidieron aprovechar bien el TLCAN en gran medida fueron generados por el gobierno mismo: falta de mayor valor agregado en la producción, monopolios, mala regulación en sectores clave, mala educación, una administración obesa y corrupción. Hoy esos problemas son peores.
Para un liderazgo nacional visionario sería obvio que si ataca estos problemas resuelve una gran interrogante sobre el crecimiento futuro y por definición mejora el clima económico y la confianza. Pero no es claro ni que estén en su verdadera agenda de gobierno ni que vayan a recibir las soluciones firmes y radicales que requieren.
Parece más bien probable que cuando menos en varios temas el gobierno opte por soluciones aparentes que inicialmente generan buenas expectativas, pero más tarde se desinflan por carecer de base firme. Aunque Vicente Fox siguió ese camino, imitarlo sería no sólo un gran error, sino también un gran riesgo para la estabilidad en un clima internacional que de por sí será desfavorable.
Pemex sigue siendo no sólo una gran oportunidad aún desperdiciada, sino un gran dolor de cabeza por las enormes deudas que tiene que pagar en los próximos años y la caída de reservas y de producción de petróleo. A pesar de que fortalecerlo resolvería muchos problemas de oferta y de seguridad a la inversión, lo irónico es que siga desatendido. Lo desfavorable del nuevo entorno externo cuando menos nos brinda la oportunidad de tener esta prueba pronto. Hay una oportunidad, pero se reserva su derecho de admisión a los visionarios.
rograo@gmail.com
Analista económico
