Ricardo Pascoe Pierce
Volver al pasado es siempre una propuesta ries-gosa. Especialmente cuando se corre el peligro de enfrentar el juicio de los errores cometidos y, quizá aún más terrible, las razones de aquellos yerros.
Observo, en la prensa escrita por lo menos, una gran cantidad de columnistas, apoyados en sendas encuestas, criticando al PRD y augurando su pase al tercer lugar en las elecciones federales de 2009. Ese partido ha perdido una parte muy importante del apoyo que tenía en los medios de comunicación y en la sociedad en general. Las divisiones internas no sólo florecen, sino que la tentación de volver a los “días felices” de René Bejarano ha puesto en crisis a ese partido, mucho más, incluso, que el conflicto entre la gobernadora de Zacatecas y el senador Monreal.
No puede ser aliciente para la felicidad la profunda crisis por la que atraviesa esta franja importante de la izquierda mexicana, como tampoco disminuye su gravedad observar crisis partidistas en el PAN y en el PRI. Justo lo que da fuerza a la democracia es la presencia robusta de fuerzas ideológicas diferentes.
La izquierda que comparte la visión de López Obrador peca de una desviación analítica de funestas consecuencias. Para justificar un proyecto político excluyente (a pesar de decir lo contrario), se ha resuelto dividir la historia del país en una confrontación a muerte entre liberales y conservadores. No hay necesidad de negar la existencia de esas corrientes históricas ni sus conflictos o diferencias ideológicas: centralismo contra federalismo, Estado fuerte contra uno débil, Estado laico contra católico, educación laica contra religiosa, etcétera. El asunto no es negar sus diferencias, sino sugerir las formas y métodos para dirimirlas. La carencia de instituciones hizo que el siglo XIX mexicano fuese uno de guerras intestinas, de líderes carismáticos violentos y sin instrucción democrática y de una notable carencia de diálogo entre las distintas fuerzas. El siglo XX, con todas sus contradicciones, fue el de la institucionalización del Estado y la gestación de formas de participación política de la sociedad. A diferencia de casi la totalidad de América Latina, no fue un siglo de golpes de Estado, aunque sí de un régimen de partido de Estado. A partir de 2000, México es una sociedad políticamente plural y democrática, con una prensa abierta y crítica, instituciones electorales funcionales… y muchos problemas de pobreza, falta de educación de calidad, inseguridad, narcotráfico, etcétera. Es decir, todos los problemas de una sociedad moderna.
Pero el error de no mirar hacia atrás con ojo crítico, sino complaciente, hace que se corra el riesgo de no entender la realidad actual. Normalmente se estudia la historia de un país para comprender a cabalidad cómo llegó a donde se encuentra en un momento determinado. Mirar la historia simplemente para comprobar una versión previamente establecida de la realidad sería un acto de profunda ignorancia intelectual. El punto a definir es que, al mirar el siglo XIX y confirmar el enfrentamiento entre liberales y conservadores, en absoluto se justifica la idea de que en el siglo XXI también se tendrá que dirimir esas diferencias con las armas, y no a través de las instituciones democráticamente establecidas, especialmente en lo electoral. La idea de diferencias irreconciliables es tan arcaica como equivocada. Es suponer que el progreso se da cuando uno destruye al otro, y no cuando se lograr encontrar puntos de conciliación entre una postura y la otra. En ello estriba el error esencial de AMLO y de quienes lo azuzan con estas concepciones no sólo equívocas, sino, aún más importante, antidemocráticas y regresivas, al punto de ser el marco teórico para volver al régimen de partido de Estado.
La mera noción de ordenar desde la tribuna que da el zócalo del DF la “cero” negociación sobre la reforma fiscal encierra esta idea de las diferencias irreconciliables que sólo se podrán resolver aniquilando al contrincante. El contenido autoritario y maximalista del método no puede desconocerse. El error de liberales y conservadores en el siglo XIX fue que no construyeron instituciones, y en vez de ello dedicaron toda su energía creativa a destruirse mutuamente. ¿Qué ganó México con ello?
Mirar al pasado sirve para comprender los errores cometidos en nombre del bien de la patria. Pero el acto más siniestro es suponer que el pasado es más glorioso que el presente, tergiversando la esencia de algunas conductas y haciendo depender la actualidad de interpretaciones sesgadas en la ruta de esas regresiones perversas. Lo que revela esta búsqueda en el pasado es que la realidad actual es incomprensible para una lente estrecha como la del siglo XIX.
ricardopascoe@hotmail.com
Analista político
