José Fernández Santillán
En la polémica en curso acerca de la reforma electoral, la cual contempla varios aspectos, es decir, la reducción de los tiempos de campaña, la disminución del financiamiento a los partidos, la prohibición de contratar publicidad electoral en radio y televisión, así como la remoción de los actuales consejeros del IFE, es significativo que la atención se haya centrado en este último punto. El caballito de batalla de quienes defienden la “independencia y autonomía” del órgano electoral ha sido el ataque, en conjunto, a los partidos políticos. Al secundar esta posición, Luis Carlos Ugalde, consejero presidente del IFE, afirmó que vulnerar esa autonomía significaría caer en la “partidocracia”.
Por extraño que parezca, nadie ha salido al paso para refutar esta posición antipartidista, aun cuando los partidos constituyen uno de los pilares de la democracia moderna. En efecto, la construcción de la también llamada isegoría moderna se realizó con base en el reagrupamiento de los individuos de acuerdo con sus afinidades políticas con el objeto de orientarlos organizadamente en la vida pública. Entre el individuo y el Estado se insertaron esos institutos diferenciados ideológica y programáticamente.
Llamo en causa a Hans Kelsen, quien en su escrito Esencia y valor de la democracia escribió lo siguiente (que nos viene como anillo al dedo): “Solo la ilusión o la hipocresía pueden creer que la democracia sea posible sin partidos políticos”.
Ciertamente, la democracia en su condición original fue directa, pero cuando aparecieron los estados de grandes dimensiones territoriales y con una población numerosa se recurrió a la democracia representativa. Más adelante, en ese mismo escrito, Kelsen anota: “La democracia, precisamente porque, en cuanto Estado de partidos, quiere que la voluntad general sea solamente la resultante de la voluntad de los partidos, puede renunciar a la ficción de una voluntad general ‘orgánica’ superior a los partidos políticos. Una evolución irresistible lleva en todas las democracias a una organización del ‘pueblo’ en partidos”.
La sede en la cual ahora es realizable la democracia no es, como en la antigüedad, la asamblea donde los individuos con derechos políticos participaban directamente, sino el Poder Legislativo donde llegan personas postuladas previamente por los partidos políticos. Sobre los parlamentos Kelsen advierte que esos órganos, antes de la Revolución Francesa, tenían un vínculo directo con el cuerpo electoral. La democracia representativa, por el contrario, estableció la autonomía de los diputados y senadores frente a los electores y frente a cualquier otro poder sea éste político, social o, en nuestros días, mediático. La independencia del Legislativo es un rasgo característico de la democracia contemporánea. Su vida depende de la dinámica de los acuerdos para tomar decisiones que se plasmarán en normas vinculantes. En el centro de esta consideración están, justamente, los partidos políticos.
No le demos muchas vueltas al asunto, el embate contra los partidos políticos en nuestro país está relacionado con la propuesta de prohibir la contratación de publicidad electoral en radio y televisión (lo que haría perder a esas empresas cientos de millones de dólares) y tiene como propósito doblegar al Poder Legislativo a los intereses de la videocracia que es, ésa sí, la mayor amenaza contra la democracia contemporánea.
jfsantillan@itesm.mx
Académico del ITESM-CCM
