Cuando la feminidad encarna al mal

María Teresa Priego

“Las niñas buenas se van al cielo, las niñas malas van a todas partes”, letrero inscrito en una camiseta muy popular. Qué frases tan ingenuas. ¿A qué se refieren con “a todas partes”? ¿A un bar? ¿Al laboratorio de física nuclear? La frase llama a la igualdad de oportunidades entre hombres y mujeres. No puedo reprimir un sarcástico autogol: una mujer lidera el tráfico de cocaína. Estamos servidas. ¿Habré amanecido misógina, patibularia y retrógrada? Quizá nada más profundamente triste. La tasa de delincuencia femenina aumenta. Los secuestros, los asesinatos cometidos por mujeres. Las mujeres que reivindicábamos nuestro derecho a construir “la mitad del cielo” nos aplicamos, paulatinamente, en pavimentar la mitad del infierno.
Una narca convertida en heroína. Controla a una banda de hombres brutales. Una “reina” lanzada al estrellato porque esta vez el mal está en femenino. Qué gran logro para la equidad de género. La división entre mujeres “buenas” y “malas” ha sido una herramienta de control de la sexualidad femenina. La “moralidad” de una mujer se jugaba en la piel. ¿A quién se le hubiera ocurrido un cuerno de chivo en “esa mano que mece la cuna”?

La “puta” y la “santa”. “La golfa” y “la madre de mis hijos”. Esa disociación brutal descrita por Freud en La degradación de la vida amorosa. Ser mujer “mala” era una amenaza. Muy eficaz. Proclamada por tantos hombres, lo que tiene su lógica, y reproducida por tantas de nosotras, como una de las armas más feroces de la rivalidad entre mujeres.

Teníamos que ser tan “buenas” y “castas” y “abnegadas”, que un orgasmo amenazaba con arruinar nuestra “moralidad” para siempre. ¿En qué podría consistir la “maldad” de la vivencia gozosa de una sexualidad adulta y sin daño a terceros? Las mujeres reivindicamos nuestro derecho a no vivir estereotipadas. Evitar la disociación implicaba rebelarse contra la noción de una “esencia” femenina descrita por “los otros”. “No hay esencia”. Cada ser humano se elige.

Y sin embargo. Si no creo en una “esencia femenina”, ¿por qué siento ganas de llorar ante una mujer narcotraficante? ¿Por qué la “mala vida” (la que daña a otros) me duele más, si la vive una mujer? Me deja atónita que la misma que acudió a la policía —fatal en su caso— cuando la golpearon en su carne, cuando secuestraron a su hijo, sea capaz de administrar un “negocio” que envenena a los hijos de las otras. Todo con su sonrisa autista en la boca.

La escena de Lynndie humillando a un prisionero fue devastadora. ¿Por qué el mal es más insoportable cuando lo inflige una mujer? Lynndie encarnó la derrota —momentánea— de una inmensa ilusión: la del “feminismo de la diferencia” y su propuesta ¿esencialista? de que las mujeres elegimos (tendríamos que elegir) la no violencia. El diálogo. Como muchísimos hombres. Con una importante diferencia numérica.

Es un hecho, como escribió Sara Sefchovich en EL UNIVERSAL, que tantas madres enviaron orgullosas a sus hijos a la guerra. Pero, ¿naturaleza o cultura? Las mujeres delinquimos menos. Sólo entre 5% y 10% de los asesinos seriales son mujeres. La posibilidad de abrigar a un hijo en el propio cuerpo ha sido una manera distinta de ubicarnos en el mundo.

Entre las maneras posibles de “ser humana y libre”, Sandra eligió el reino de la virilidad más oscura. Ejecutó sus reglas. El poder del horror. De la posibilidad femenina de elegir ser creadora de vida. A la elección de destruirla. Quizá sigo creyendo en una “esencia femenina”. ¿Será absurdo? La que rechaza la violencia. La que cobija.

Escritora

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