Carlos Bazdresch
La semana pasada (miércoles 23) apareció en la sección de Finanzas de EL UNIVERSAL una nota que me llamó la atención. Ahí, el doctor Guillermo Ortiz declara que “.México tiene las condiciones para crecer a 5%…” . Más adelante se explica que se refiere a “los próximos años” (la presente década y la que sigue).
Sin duda es alentador oír esto, pues si en algo hay acuerdo entre los economistas mexicanos es en la urgencia de que la tasa de crecimiento de la economía nacional aumente significativamente. Sin embargo, en el mismo evento, el doctor Agustín Carstens señaló que durante el 2007 el PIB del país crecerá en sólo 3.3%.
No hubo contradicción entre lo dicho por los dos funcionarios. El director del Banxico se refería al futuro y al largo plazo, mientras que el secretario de Hacienda hablaba del corto plazo y del presente año.
Con todo y esa diferencia, uno tendería a creer más cercana a nuestras realidades inmediatas la declaración del señor secretario que la del señor director. No es por algo que hayan hecho o dejado de hacer. Más bien es porque nuestra visión de la evolución de la economía nacional se ha deformado por la experiencia de muchos años, durante los cuales -con algunas excepciones- los objetivos efectivos de la política económica se han definido, predominantemente, en atención a las necesidades del corto plazo, postergando la atención a las necesidades del largo plazo.
Dado que es difícil que el año que viene se logre en el Congreso de la Unión un acuerdo efectivo sobre la reforma fiscal, y además, que es posible que la situación de la economía mundial se torne más incierta, lo más probable es que las autoridades de nuestro país tendrán que limitar el objetivo de crecimiento económico de ese año a 3% o 4%. Se nos dirá que hay que “jugar a lo seguro”, “que las exportaciones petroleras pueden reducirse” y quién sabe cuántas cosas más.
En consecuencia, lo más probable es que en el 2008 la economía seguirá creciendo a un paso bajo, y la muy necesaria expansión del gasto público no podrá ocurrir. No, al menos, en la magnitud indispensable. Es decir, la posibilidad de generar una dinámica de crecimiento rápido (más de 6%) seguirá en el “ya merito”. La acción para mejorar la economía del país sólo podrá lograrse por un acto de visión.
Con un crecimiento lento, disminuirá el gasto público en ciencia y tecnología en relación al PIB. Tendrá un nivel proporcional inferior al logrado en los 90. Esto causará una disminución del ritmo -ya de por sí muy lento- del avance científico del país. También, y esto es lo importante, disminuirá la capacidad del país para generar innovaciones propias en las empresas mexicanas, innovación que ya ha comenzado a ocurrir.
Esto, a su vez, reducirá la competitividad de las empresas mexicanas y frenará el aumento de las exportaciones más rentables. La predicción del doctor Ortiz no se hará realidad: además, dado que no hay un acuerdo sobre lo que sí hay que hacer, el año que sigue al que viene, se puede presentar otro problema, y por tanto puede haber otro freno a la inversión en capacidad para innovar.
¿Qué hacer? El país y el gobierno deberían aprender que, ante todo, hay que proteger el largo plazo. Por tanto, hay que actuar para sacrificar aún más el corto plazo, pero llevar a cabo aquellas tareas -como la capacidad para innovar- que generan capacidad de crecer tanto en el corto como en el largo plazo.
Profesor e investigador del CIDE
