Consejo de Seguridad

Rosario Green

La pasada administración federal presentó la candidatura de México para ocupar un asiento como miembro no permanente en el Consejo de Seguridad de la ONU. Recientemente, la canciller Patricia Espinosa anunció que esta decisión está revisándose mediante consultas. Con ello se ha reabierto el debate entre quienes opinan que seguir adelante representa serios riesgos y quienes consideran que debemos ocupar ese espacio cuantas veces sea posible. Yo me cuento entre los últimos, por las razones que expongo a continuación.
Para empezar, es falso que el hecho de no ocupar un asiento en el Consejo exima a una nación, de las características demográficas y económicas de México, de emitir su opinión respecto de situaciones que afectan la paz y la seguridad internacional, evitando con ello afectar nuestras relaciones bilaterales con actores relevantes de la escena mundial. No me cabe duda que nuestros representantes en la máxima organización mundial tendrán siempre la obligación de fijar la posición de nuestro país, guiados por los principios constitucionales que rigen la política exterior.

Así, en el caso de la guerra de Estados Unidos contra Irak, estimo que nuestra postura hubiera sido la misma que sostuvimos en el Consejo de Seguridad, puesto que los aludidos principios no son objeto de ajuste a las necesidades coyunturales. Al respecto, también cabe recordar nuestra condena a los bombardeos en Kosovo por parte de la OTAN, que se dio sin que fuéramos miembros del Consejo de Seguridad.

El Ejecutivo federal ha propuesto una inserción mayor de México en el mundo, y qué mejor muestra de esa voluntad que asumir nuestra responsabilidad en el máximo foro encargado de vigilar la seguridad internacional. Ojalá que el motivo de las dudas de hacerlo no tenga algo que ver con las posibles repercusiones en nuestra relación con Estados Unidos, cuya diversidad y complejidad está fuera de duda, como lo demuestran nuestras divergencias en temas como la migración y la construcción del muro fronterizo, la rigidez del TLCAN, la insuficiente atención por parte de Washington a factores que dificultan el combate al narcotráfico, tales como el consumo masivo de drogas, el tráfico de armas y el lavado de dinero. Todo esto al margen de nuestra pertenencia al Consejo de Seguridad.

Debemos y podemos mantener la capacidad de disentir con nuestro vecino del norte en los temas multilaterales, sin mezclar la agenda bilateral, lo cual ha ocurrido y seguirá ocurriendo cada vez que sus acciones internacionales vulneren el derecho de gentes.

Además, vista desde otra perspectiva, la participación activa en la escena internacional, incluida nuestra pertenencia al Consejo de Seguridad, constituye para México una necesidad en términos de visibilidad y proyección, que se deriva de su inevitable participación en el juego de las potencias medias. Más allá de nuestras carencias puntuales tenemos una dimensión que nos obliga a asumirnos como lo que somos: un jugador con importantes cartas en los planos comercial, financiero y cultural, lo cual conlleva la ineludible obligación de formar parte de la opinión acerca de los temas que conforman la agenda global o ponen en riesgo la estabilidad internacional, tales como la violación masiva de derechos humanos en África, el cambio climático, las amenazas de rearme nuclear, las pandemias y el flagelo de la delincuencia organizada.

Si bien resultaría deseable contar con un proyecto acabado de política exterior que apoye nuestra pertenencia al Consejo de Seguridad, es un hecho que tal participación puede contribuir al indispensable esfuerzo redinamizador de nuestras relaciones internacionales de todo tipo, incluidas las correspondientes al ámbito económico, y evitar la proyección de una imagen de arrepentimiento por nuestra anterior actuación en él.

Senadora de la República (PRI)

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