Eugenio Anguiano
La percepción actual entre la mayoría de los especialistas de que la economía estadounidense podría enfilarse, ahora sí, a una recesión económica trae a colación la importancia de China y de unas cuantas economías emergentes más, como motores del crecimiento global. Hace una década nadie se hubiera atrevido a vaticinar que países como India, Rusia, Sudáfrica, Brasil, México y destacadamente China servirían como contrapeso de los efectos internacionales de un frenazo de la locomotora económica por antonomasia, Estados Unidos.
Está todavía por verse si los pronósticos de recesión en el país vecino se hacen o no realidad, aun tomando en cuenta que su mercado de bienes raíces se encuentra en obvia implosión y el índice de confianza de los consumidores ha caído agudamente y si, de haberla, la demanda de otros países diferentes a los de la Unión Europea y Japón será suficiente para mantener la dinámica económica del mundo. El hecho es que en estos momentos solamente China e India agregan más al producto bruto global que lo aportado por Estados Unidos. Un dato más de muchos otros atribuibles al primero de estos tres países, que sugiere la aparición de una nueva potencia de alcance global.
Pero una cosa es la magnitud económica de China, con poco más de mil 300 millones de habitantes capaces de exportar bienes y servicios con valor apenas superado en el mundo por Alemania y Estados Unidos, y otra es la posición de ese país como potencia internacional, lo cual depende no solamente de la fuerza económica, militar y política, que sin duda China está construyendo con rapidez, sino también del grado de desarrollo alcanzado. El desarrollo socioeconómico es una categoría que comprende muchas cosas, tales como el nivel real de bienestar de la sociedad, el que a su vez incluye el usufructo de derechos políticos básicos, individuales y colectivos, de la población, así como la solidez de la integración nacional.
Hay, desde luego, casos de países desarrollados en el más amplio sentido de la palabra, que no son potencias mundiales, sea por su tamaño o por ausencia de ambiciones geopolíticas de sus gobernantes, pero lo contrario difícilmente se da, no obstante los ejemplos de la historia contemporánea, de potencias con grados deficientes de desarrollo político interno que intentaron ejercer la hegemonía internacional y fracasaron, fuera por haber sido derrotados militarmente (Italia, Alemania y Japón en la primera parte del siglo pasado), o por derrumbarse internamente ante la ineficacia de su sistema político-económico (la URSS al finalizar el siglo XX).
La situación de China es sumamente compleja, pero queda claro que sus espectaculares resultados en materia de crecimiento económico y tecnológico, y el incremento de su influencia mundial, no reflejan per se la existencia de una potencia de alcance global en ciernes. Susan Shirk, ex funcionaria del Departamento de Estado encargada de las relaciones de EU con China y académica especializada en estudios chinos, la califica de superpotencia frágil (¿quién se hubiera atrevido a llamar así a la URSS en la era de la guerra fría?), y lo hace en un reciente libro intitulado así, China: fragile superpower. El argumento central de la obra es que China es fuerte al exterior y frágil al interior, debido a su atrasado sistema político. La política interna manejada por un partido único en el poder —alega la autora— resulta tan inadecuada para las ambiciones de modernización de ese país, que no es aventurado concluir que ella podría hacer descarrilar el ascenso pacífico de China a la posición de potencia mundial.
Pero el caso chino es complicado no solamente por el problema del monopolio del poder ejercido por un partido comunista en el poder, ni por las características de la estrategia seguida por tal partido para legitimarse y perpetuarse en el mando, combinación que podría resumirse en la frase “economía de mercado y control político”, sino por cuestiones ancestrales que dificultan el desarrollo real de este país de dimensiones continentales. Mencionaré únicamente lo concerniente a la integridad territorial.
De los 9.6 millones de kilómetros cuadrados que tiene el territorio chino, Tibet y Xinjiang, instituidas nominalmente como regiones autónomas, cubren 3.4 millones y juntas forman el “lejano oeste” chino, cuyo desarrollo y pertenencia a China son vitales para que se logre el objetivo de hacer de ella un país unido y moderadamente avanzado hacia mediados de este siglo. Ambas regiones fueron anexadas a China por los soberanos Qing, que eran manchúes, desde fines del siglo XVIII, a contrapelo de los deseos mayoritarios de tibetanos, uighures y otras etnias de la familia túrquica, la mayoría de ellas de religión musulmana. O sea, que hasta ahora los gobiernos comunistas chinos han logrado mantener la integridad territorial sin haber establecido un verdadero “contrato social”, lo cual debilita la unidad básica.
Profesor investigador de El Colegio de México
