Comparaciones odiosas

Ricardo Pascoe Pierce

Sé que muchas veces las comparaciones resultan odiosas pero, como dijo Chesterton, son “necesarias” si queremos entender las cosas. En política pueden resultar aún más odiosas, amén de la “necesidad” de descubrir lo que verdaderamente acontece detrás de las afirmaciones y los hechos. La política en México se ha convertido en un ejercicio para hacer de lo evidente y perceptible algo realmente inasible e impenetrable.
Al término de la Segunda Guerra Mundial, y habiendo ganado el sitio de héroe nacional e internacional, Winston Churchill se postuló para primer ministro de nueva cuenta, y perdió la elección. La explicación más sensata, aunque enigmática, que surgió de aquel acontecimiento “inexplicable” provino de la boca de su esposa, quien tildó el fenómeno como una “bendición disfrazada”. ¿Qué quiso decir con esa definición? Más allá de cualquier evaluación o valoración personal, lo que afirmaba, categórica, es que era el momento para repensar las cosas y no dejarse ir con el “facilísimo” de la victoria militar y el aparente éxito político. Y la derrota electoral ofrecía a Winston ese tiempo precioso que necesitaba para repasar su propia historia y concebirse en el nuevo mundo, el del fin del fascismo, el inicio de la guerra fría entre capitalismo y socialismo y el declive del imperio británico junto al ascenso del poderío estadounidense. Aprovechó tan bien su tiempo que fue electo primer ministro en la siguiente elección.

México vive un tiempo parecido, salvando todas las diferencias entre países y tiempos. Logramos rebasar el sistema de partido hegemónico para alcanzar la alternancia en el poder, sin graves brotes de violencia. Pero en ese tránsito, quedan muchos resabios del viejo sistema intactos, junto con las prácticas y normas de la nueva convivencia nacional. Conviven corporativismo con el voto individual, la corrupción con la transparencia, el autoritarismo junto al ejercicio democrático del poder, el presidencialismo y el equilibrio de poderes. Estos componentes del quehacer de la política son contradictorios y hacen confuso el ejercicio de valores entre lo nuevo y lo viejo. Es en parte por esto que los políticos y sus partidos son tan mal valorados por la opinión pública.

Una transición política como la que vive México exige la definición de nuevas reglas en su manera de tomar decisiones. Es por ello que hoy se habla de una reforma del Estado. Sin embargo, las propuestas de los partidos se centran en lo que más les interesa, que es una nueva reforma electoral. ¿Es necesaria una nueva reforma electoral? Winston Churchill no pidió “nuevas reglas” a partir de su derrota electoral. Y no las pidió porque tuvo que reconocer que lo que privó en su estado de ánimo personal durante la campaña fue una certidumbre cegadora de que iba a ganar aplastantemente. Y no fue así. La humildad le obligó a repensarse, y no suponer que el error estaba en las instituciones.

En México podemos cambiar las instituciones electorales cada vez que hay un perdedor (¿cuándo no habrá perdedor en una contienda electoral?), pero eso simplemente evitará la consolidación de las estructuras de decisión del país. Y evitará que las normas y prácticas democráticas asuman plenamente su lugar y hegemonía en nuestra vida política. El problema nuestro no es el cambio constante de instituciones y reglas, sino la aceptación de ellas y sus dictados. ¿Es el asunto electoral la pieza clave de la reforma del Estado? No debiera serlo. Convertirlo en pieza clave equivaldría a perder la oportunidad de hacer una reflexión profunda sobre las urgentes necesidades institucionales en México en tiempos de transición política. La reforma del Estado debiera redefinir la manera en que se ejercita el poder en nuestro país, el presidencialismo, los poderes y sus alcances y límites, el federalismo y el papel del Estado en la economía. Estos temas son muchísimo más importantes que la reforma electoral, que no deja de ser un esgrima entre los tres principales partidos y sus ecuaciones para repartirse el botín presupuestal.

Es, por tanto, la hora de hacer un alto en el camino para repensarnos como país y como ciudadanía. Aprendamos de Winston Churchill. Es necesario, a veces, alejarse del ajetreo cotidiano para redefinir objetivos e, incluso, establecer nuevas prioridades y objetivos nacionales. México está apenas saliendo de su gran letargo. Merece la oportunidad de definir sus objetivos y aspiraciones sin el ahogo de una clase política que no quiere entender más que sus intereses particulares mientras opaca nuestra visión con promesas incumplibles.

ricardopascoe@hotmail.com

Analista político

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