Alfonso Carbonell
¡Pinche periodismo!
Lo dicho. Pero antes de entrarle de lleno al tema, le digo a mi amigo Pedro López Ayanegui y por supuesto a su hijo Juan Pablo López, que les reitero mi consideración más distinguida y que, en efecto, como bien lo consigna un “calumnista” de marras, el señor Marco A. Cabrera Alfaro (a quien no tengo el disgusto de conocerle) quien refiere en su mordaz infundio sobre de que, Don Pedro, es amigo de columnistas “de primer nivel” y que ello lo hace casi “inatacable”; ciertamente lo es -no inatacable sino amigo- y es, por ello, un privilegio contar con su amistad. Y ciertamente también, así lo entiendo, el sedicente neo-columnista se refiere a los columnistas “íconos” -lo digo con respeto- dentro de los cuales ¡dios salve!, no me encuentro yo, pero sí, insito y reitero, soy amigo de quien él, en su columna “linotipiando” (¿?) haciendo uso de su sublime estulticia, ataca de manera vil y cobarde.La verdad, lo publicado por éste tipo el día 27 o 28 pasados -da igual- no lo leí como, la verdad también, nunca leo. Por ello no reconocí lo que en un e-mail (que hacía referencia al artero comentario), me comentaban sobre lo que el señor Cabrera habría consignado en referencia clara a Don Pedro y su hijo. Ya después, es más a través de lo escrito por Miguel González Alonso ayer mismo en su columna Red Política, precisamente respecto a esta innoble forma de hacer “periodismo” e igualmente al remitirme a la columna de Miguel Ángel Culebro Acevedo (De Facto), pude percatarme así, del tamaño de lo absurdo de la afrenta que este “simio” del periodismo habría urdido contra de una persona digna de todo respeto. (Pena ajena)
No me gustaría aquí, por obvias razones, repetir una a una las sandeces que este señor del “linotipo” le “obsequia” de manera ruin y cobarde a Don Pedro y su hijo, pero por respeto a mis lectores (aunque solo fuera uno), debo ponerles en antecedentes. Para ello, retomaré solo una pequeña parte, pero por demás ilustrativa, de lo que este compa en un arrebato o bien también por alguna con$signa personal, le asesta al respetable político y que según él, ello en un “asomo” de supina inteligencia y manejo del sarcasmo y la metáfora, construye su bodrio:
“No sabemos si por que el tata no tiene un buen sustento para la leche de la chata o de plano tiene las uñas muy largas, pero se quejaban varios uniformados de Tránsito Municipal que por ahí anda un regordete chamaco exigiéndoles que le lleven una “polla”, por ello tanto el presidente de Tuxtla, Gutiérrez, Jaime Valls, así como el titular de Tránsito y Vialidad Municipal deben de tener cuidado no los vayan a estar llevando al baile, comentan los jenízaros de tránsito municipal que el chamaco gordito se cree porque su Papi sostiene muy buena relación con varios columnistas de primer nivel en Tuxtla, aunque sea un traidorzete, porque según dicen que el papá del regordete funcionario de tránsito municipal le mato el hambre Don Juan Sabines Gutiérrez (QEPD), pero como su sello característico es de traidor, en las elecciones pasadas a gobernador se fue apoyar al tristemente celebre José Antonio Aguilar Bodegas y se dice sabinista el papá del gordito de tránsito municipal, pero ahí luego les contaremos más del Pelochas conocido como el “Pingüino”, por panzudo y narizón… sin comentarios… pero de todo esto deben cuidarse y sobre todo investigar el alcalde y Aguilera… estamos”.
Red Política
Por ello, Miguel González Alonso, un lector “más allá de las líneas” y acostumbrado a llamarle las cosas por su nombre, le responde así: “El linotipo fue inventado en 1886 y hoy en día es prácticamente un instrumento de museo. De igual forma los periodistas que fundamentaron su fama y gloria (si es que así puede llamarse) en poner apodos y denigrar a las personas como parte de sus afanes por alcanzar notoriedad y/o alimentar sus apetitos netamente mezquinos han pasado a formar parte de un ejército blasfemo y deteriorado, virtualmente olvidado y en desuso, aunque no del todo, cabe reconocer.
Prueba de ello es que recientemente leí la columna “Linotipeando” (palabra que no existe en el diccionario) que nos aludió, porque nos sentimos y nos sabemos amigos de “primer nivel” de don Pedro López Ayanegui, así como de todos y cada uno de los integrantes de su respetable familia.
Redactado por Marco Antonio Cabrera Alfaro, ese espacio dice tener información de “uniformados de tránsito” en la capital, de quienes no revela nombres, pero si, en cambio, se vale de su anonimato para levantar falsos testimonios, adjetivar, apodar, señalar, mejor dicho: insultar a don Pedro López Ayanegui y a su hijo Juan Pablo López Díaz, quien recibió la severa tunda mediática, esto, dicho sea de paso, como pago a un favor que le hizo al autor de linotipeando (perdón por el disparate). Ojala no me obliguen a entrar en detalles.
Tal vez resulte ilustrativo este ejemplo, pero consideramos que, para poder señalar a una persona de: “traidorzote” “uñas largas” “panzudo” y “narigón”, el que eso escribe ¡mínimo! Antes de mirarse en un espejo debe saber que goza de suficiente fama de hombre: leal, honesto, esbelto, además de tener una nariz – aunque sea un poquito- fina y respingada. De otra forma lo leído más parece: una autocaricatura o un dislate, y no verdadera, real, contundente y seria “crítica” creíble o constructiva”.
Ya de salida
Así pues, y lo peor que no es exclusividad del señor Cabrera este tipo de “columnaje”, sí es necesario recapitular sobre lo que, en un acto de constricción y plena congruencia con los valores mínimos requeridos para el ejercicio periodístico, recapitulemos sobre un código de ética aún no escrito, pero que subyace en cada uno de nosotros como norma de vida para no caer en las descalificaciones ni los ataques bajunos que en nada aportan a nuestros lectores, empero sí en contrario, se suman al descrédito que ya de por sí, nos tenemos bien ganado ante la sociedad. La difamación y la calumnia pese a su despenalización, existen. He ahí una prueba reprochable y reprobable. ¡Juicio señor Cabrera!
