Alfonso Carbonell
alcar56@hotmail.com
La cruda realidad
La situación de niños y niñas de la calle de nuestra ciudad capital, no es un fenómeno aislado. Todo lo contrario, día con día crece y se vuelve un espectáculo cotidiano pero que pasa desapercibido ante la mirada desdeñosa de la ciudadanía. Realidad, cruda realidad que duele y lastima.Antes de proseguir, y déjenme les comparta una situación, una particular vivencia que tuve apenas un par de días atrás pero que estoy cierto, se repite cotidianamente y con más frecuencia de lo imaginable y que tiene que ver, precisamente, con la existencia, numerosa existencia, del transitar de niños y niñas de la calle. Incluso, acompañados de sus padres o madres como lo narraré.
Resulta que, dirigiéndome a la estación de radio del Grupo Radio Digital de los señores Valanci, eso por ahí de las 2:45 de la tarde, venía caminando sobre la cuarta poniente sur hacia la avenida central, cuando sobre de la acera, vi a una niñita de, qué será, unos tres añitos, sentada en cuclillas en la estrecha banqueta. Gente iba y venía pero nadie, créanmelo absolutamente nadie, pareciera darse cuenta de su existencia, de su frágil condición de abandono, pero sobre todo, de la riesgosa situación en que se encontraba.
Una vez que pase por donde la niña estaba, abandonada a su suerte, empecé a buscar a alguna persona cerca que pudiera estar a su cuidado. Pero no, no había nada ni nadie. A unos 10 metros de la niñita, ya casi en la esquina de la cuarta con avenida central y sobre de la misma acera, dos tipos de circunspectas figuras y miradas, uno de aproximadamente 50 años y el otro de menor edad, estaban “sospechosamente” apostados sin aparente oficio ni beneficio. Su actitud e insisto, sospechosa presencia, hube de percatarme que algo tramaban con relación a la desamparada infante. Deduje entonces, que su madre o padre debería estar cerca y por la vestimenta y condiciones de abandono físico de la niña, también estime que pudieran ser de esos vendedores callejeros, de esos llamados “vende chicles”. Y en efecto, a escasos metros pero sobre la avenida central, allí estaba una mujer indígena quien estaba acompañada de una menor de aproximadamente un año, por lo que le pregunte; oye, no es tuya una niña pequeña que trae un pantaloncito verde, a lo que ella, de actitud por demás impasible y sin mostrar el mas leve sobresalto (digo imagínese la reacción de cualquier madre ante el extravío de un hijo), solo aserto a responderme tímidamente que sí. Y sin el menor apresuramiento para ir tras la búsqueda de la niña, y con el pendiente, supongo, de con quien dejar su mercancía, le dije, ciertamente en tono descompuesto; ¡ande vaya por ella yo aquí le cuido! Así, con paso apacible y de la mano de su pequeña, se dirigió por ella.
Ya con las dos niñas en su poder, la dejé y le conminé, en un tono más que fuerte, que no volviera a separarse de las niñas ante lo cual, solo asintió con un movimiento de cabeza. La situación así, y no necesariamente por mi intervención pero si al menos por no haber mostrado indiferencia, no pasó a mayores.
Ya de salida
Pero hay algo en todo esto que me obliga a reflexionar sobre el asunto y es; el que mientras las autoridades se empeñan en darle un nuevo rostro a Tuxtla Gutiérrez, capital del estado, ah, que por supuesto nadie se los regatea; la realidad, el rostro real de nuestra ciudad son todos estos niños y niñas en situación de calle. Porque si bien, ante el suceso aquí comentado la niña sí estaba con su madre, y ya lo ve, la señora ni se inmutaba ante la desaparición de su pequeña, otros y otras que son los más, se encuentran a la deriva sin una mano protectora que les brinde seguridad y certezaa de vida. Algo tienen que hacer las autoridades a este respecto y, claro; ¡todos tenemos que asumir nuestros respectivos compromisos!
