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Alfonso Carbonell
alcar56@hotmail.com

Ayer como hoy.

Hoy, sí hoy, podría, como bien lo plasmara el insigne poeta Pablo Neruda; “Escribir los versos más tristes esta noche”. Pero no. Déjenme entonces, compartir un texto que hace poco más de medio año, en una tregua forzada de las campañas políticas (terminaban las pre campañas locales haciendo un “in pase”), me dispuse a hacer y que hoy, también, sigue tan vigente y lacerante como entonces. Como siempre.El ver a la anciana, no sé de cierto pero tendrá alrededor de ochenta años, mendingando en el crucero de la antes famosa “Fuente”, sí, allí mismo donde se apostan los hoteles de cinco estrellas como para restregarnos en la cara la opulencia y miseria en la que convivimos, me dolió en el alma. Ella, como los demás que describo, damnificados de la vida. Sin más preámbulos, aquí la denuncia y reflexión.

Tregua forzada (realidad ignorada)

Aprovechando esta “tregua forzada” que nos dan los políticos en campaña, permítanme tocar un aspecto, uno sólo de la vida cotidiana, para verter algunas reflexiones que espero comparta, mismo que por la vorágine informativa electorera, pareciera no existir pero que sin embargo allí está en el paisaje, duro y cruel paisaje que estando frente a nosotros ahí mero frente a nuestras narices, no logramos oler menos ver volviéndose como el agua, inodora, incolora e insípida, ¡invisibles pues!, ante la mirada ciega de la ciudadanía: Los niños y niñas de la calle; los ancianos.

Partiré por señalar, que no se soslaya el hecho que durante la actual administración municipal de Tuxtla Gutiérrez, capital del estado, el número de indigentes mendigos y niños de la calle, ha disminuido considerablemente pero, por más que se quiera ignorar, siguen siendo decenas de ellos y ellas quienes nos asaltan cual si fueran almas en pena, una esquina sí y la otra también. La persistencia en los cruceros más importantes de la ciudad capital de niños, niñas y jóvenes cuyos rostros reflejan, a más de hambre claro, un profundo vacío, desesperanza y hasta rencor acumulado. De alguna u otra manera nos odian, pero a la vez, nos desprecian.

Ahí están esperando a que el semáforo marque el alto para lanzarse a limpiar el parabrisas, a vender la bolsa de nanches, el jocote; ¡El alma misma! Con tal de llegar a sus casas (si donde viven -otra contradicción- se les puede llamar casa) con algo para adquirir lo mínimo para alimentarse (resic; cómo llamarle alimentación a lo que apenas tragan estas gentes) Que ironía. (y no es cerveza)

Duele, pero debería más condolernos a todos, la situación tan precaria por la que atraviesan éstos y éstas adultos mayores, quienes andan mendingando en las calles un mendrugo de pan (no de PAN porque ni credencial de elector tienen), y ahí extendiendo la mano que apunta más al corazón que al bolsillo, de cien, 99 les depositan desprecio y hasta asco. Dura y cruel realidad.

Si bien es cierto que este fenómeno social no es exclusivo de nuestra ciudad capital sino que es algo que se repite a lo largo y ancho del país sobre todo en las grandes urbes, no lo es menos, que este síntoma social nos afecta a todos por igual; a ellos y ellas, niños y niñas, jóvenes y ancianos en indigencia, en carne propia. Su degradación, algunos por consumo de alcohol y una gran mayoría por consumo de drogas los acaba y denigra; pero al resto de la sociedad también nos toca, porque somos incapaces de conmovernos ante tan descarnada realidad lo que nos convierte, aún más, en seres míseros y egoístas. Nos hemos vuelto inmunes al dolor. La corresponsabilidad humana no está en nuestras agendas de vida.

Pero si nosotros pudiésemos recriminarnos por nuestra sordera y ceguera humana, qué decir de las autoridades locales o estatales a quienes debiera corresponderles por mandato, implementar programas asistenciales para ir atacando este inaceptable “modus vivendi” de miles de gentes que arrastran las cadenas de su desgracia colectiva por las calles de nuestras más importantes ciudades. Bueno, hasta en los pueblos más pobres suele uno encontrarse este mismo escenario, que no por ser menos en número, es menos doloroso.

La viejita que se aposta en el crucero que conforman la salida del
fraccionamiento Los Laureles y Boulevard Belisario Domínguez en el poniente de la ciudad, quien fácil debe de contar con unos sus 85 años de edad, con el peligro que ello representa, se cruza entre los vehículos para mendigar cuando esa señora, juzgue usted, en donde debería estar en una casa de asistencia. Cuestión de lesa humanidad. O que decir de aquellos niños de entre 8 y 10 años que se estacionan, precisamente, donde las combis de la ruta uno a la altura del cruce que va a Plan de Ayala, que andan con su bolsa inhalando cemento. ¡Carajo! Que no hay nadie que pueda hacer algo al respecto. Incluso, y eso hace ya tiempo, al percatarme de ello, ah, porque con estos niños andaba un cabrón chamaco ya huevoncito, que todo indicaba era quien les daba la droga, decía, hablé de mi celular al 066 ó 060, no recuerdo, para reportar dicho caso. La verdad, por lo que me volví a percatar, lo mío y supongo de otros más, fue sólo un grito en el desierto.

Como estos dos casos anteriores, podría citar no menos de un centenar de gentes que deambulan por los mercados públicos y calles del primer cuadro de Tuxtla, sumados, claro, a las y los que se apuestan en los cruceros viales más importantes, bueno, de menos en los de mayor afluencia automovilística. Usted, al igual que yo, los conoce. Los ha visto y quizá, sólo quizás, también los ha ignorado.

Ya de salida

Por eso les decía que hoy, al menos hoy, quería dedicar este espacio a un asunto que, me queda claro, para la mayoría de los capitalinos (de todas latitudes) resulta un asunto menor. Sin la menor importancia. Pero, que al persistir esta denigrante situación de niños y niñas en situación de calle, misma que se agrava social y moralmente con la preeminencia de ancianos en igual situación y de jóvenes bajo influjo de enervantes, ninguna ciudad ni la sociedad que en ella habita podrá, al menos no concientemente, en llamarse realmente libre. Ninguna sociedad lo puede estar mientras cientos, miles y en el mundo millones, no lo sean. La mendicidad, es decir, la pobreza, es la peor de las cárceles.

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