Chino en cristalería

Jorge Montaño

Ye Gon dejó de ser una anécdota ripleyana saliendo a la superficie para mostrar facetas preocupantes de sus actividades en México y Estados Unidos. Es claro que no hemos tocado fondo en las complicadas redes de relaciones y complicidades que logró construir.
Ahora, con habilidad mediática innegable, ha generado interrogantes que afectan la credibilidad del gobierno mexicano, mostrando la lamentable fragilidad que genera la corrupción endémica, que no tiene color de partido. Ninguna agrupación política nacional ha dado tregua a la voracidad de sus funcionarios, y por lo visto Ye Gon, entrenado en esas artes en su país de origen, descubrió los caminos fáciles del enriquecimiento apoyado en el poder público en niveles manifiestamente altos.

Hay un aspecto de este entramado que ha atraído menos atención, mostrando nuestra ingenuidad frente a las estrategias inescrupulosas que caracterizan a los organismos de inteligencia y de lucha contra el crimen organizado de Estados Unidos.

Desde el asesinato de Enrique Camarena, agente de la DEA, se vienen acumulando precedentes que no hemos convertido en jurisprudencia de la relación bilateral. Su corporación en California asumió la defensa del asesinado, tarea respetable, salvo que lo hizo mediante una campaña de desprestigio que abarcó sin pruebas al presidente de la República, miembros del gabinete y otros funcionarios. Haciendo a un lado el respeto a la soberanía, secuestraron en nuestro territorio a un médico señalado como torturador, a quien sometieron a interrogatorios violatorios de los derechos humanos.

Posteriormente, la misma agencia, pero de Texas, otorgó protección al ex comandante González Calderoni impidiendo su extradición y encubrién-dolo hasta su ejecución por viejos agravios. La detención, interrogatorio y supuesta muerte de Mario Ruiz Massieu sigue siendo un capítulo muy oscuro, manejado siempre a las conveniencias de esas agencias que por principio comparten con sus pares lo superficial y exigen a cambio lo esencial de la información e incluso más.

La estructura gubernamental estadounidense permite un juego perverso en el que la autoridad federal con la que se negocia diariamente arguye con habilidad que las agencias en cuestión tienen una laxitud de actuación que nadie puede interferir en sus actividades. Es decir, es factible negar una petición en tanto actúan libremente para garantizar la seguridad del Estado.

En 2002, Ye Gon recibió su carta de naturalización, con lo que adquirió la nacionalidad mexicana, lo cual reclama un procedimiento complejo que asegura la honorabilidad de quien lo recibe. Los candados que contempla nuestra legislación para acceder a la naturalización inexplicablemente se allanaron con gran facilidad, lo cual lo convirtió en un ciudadano con dos pasaportes dedicado a actividades ilícitas, posiblemente con el contubernio de autoridades mexicanas, pero sobre las cuales las agencias estadounidenses que operan en el país bajo acuerdos bilaterales estaban debidamente enteradas.

Los productos que comerciaba el ahora prófugo con privilegios eran los precursores que más preocupan a las policías del mundo industrializado, dado el crecimiento exponencial del mercado, especialmente en Estados Unidos.

Es difícil explicar la ostentosa protección que ha recibido por parte de los órganos de seguridad de los socios telecianos en su recorrido por los enclaves chinos en Estados Unidos y Canadá, salvo que Ye Gon sea un eslabón esencial de la estrategia de los vecinos. Por ahora, el simplismo argumentativo local se queda en el destino de los millones de dólares incautados, sin reparar que el indiciado tiene asociaciones que son el valor agregado que explica la impunidad otorgada.

Esa ingenuidad es la que aprovechan para exigir que todo continúe su marcha normal, mientras obtienen la valiosa información que posee el mexicano fugado, quien llegó a ser una figura prominente en círculos sociales y de negocios, a quien ahora se pretende caricaturizar como un chino tramposo.

Es imperativo que esta experiencia nos obligue a dar el paso a la madurez que por décadas nos ha mantenido refugiados en la candidez y esperanza de que esta vez las agencias estadounidenses sí honrarán sus compromisos de cooperación, los cuales sólo se cumplen cuando conviene a sus intereses. Pongamos los nuestros también por delante y eso contribuirá a una relación más equitativa, pero sobre todo más efectiva para enfrentar al crimen organizado.

montesco98@yahoo.com

Vicepresidente del Consejo Mexicano de Asuntos Internacionales

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