Timothy Garton Ash
Las intenciones son buenas, pero Alemania no debe imponer conclusiones erróneas derivadas de su desdichado pasado.
La ministra de Justicia alemana ha propuesto que todos los estados de la Unión Europea penalicen la negación del Holocausto y prohíban la exhibición pública de símbolos nazis, como ocurre ya en su país. Al parecer, el comisario de Justicia de la Unión la ha apoyado. Ninguna persona razonable puede dudar de que sus intenciones son buenas, pero esa medida sería un gran error. Espero y confío en que otros miembros de la UE pongan freno a esta propuesta tan desaconsejable, igual que han hecho en otras ocasiones con otras propuestas semejantes.
El hecho de que una medida sea bien intencionada no significa que sea acertada. El camino al infierno está empedrado de buenas intenciones. Y esta propuesta es muy desaconsejable. Si se aprobara, recortaría aún más la libertad de expresión, en un momento en el que sufre amenazas desde muchos lados. La libertad de expresión es un bien único y esencial en las sociedades libres; es el oxígeno que sostiene otras libertades. Por eso, hay que tener muy buenos motivos para restringirla legalmente.
La ministra de Justicia alemana, Brigitte Zypries, afirma que tiene dichos motivos. Recuerda que el lenguaje antisemita de Hitler y otros preparó el terreno para los horrores del nazismo y dice que “esta experiencia histórica asigna a Alemania la obligación permanente de combatir de forma sistemática cualquier forma de racismo, antisemitismo y xenofobia. Y no debemos esperar a que sean realidad. Debemos actuar de antemano contra los pioneros intelectuales del crimen”.
¿Dónde están las pruebas de eso? En la actualidad, nueve estados miembros de la UE tienen leyes contra la negación del Holocausto: Alemania, Austria, Bélgica, Eslovaquia, Francia, Lituania, Polonia, la República Checa y Rumania. Casualmente, en esos países están algunos de los partidos xenófobos de extrema derecha más fuertes de la Unión Europea, desde el Frente Nacional de Francia y el Vlaams Belang de Bélgica hasta la NPD de Alemania y el partido de la Gran Rumania de Corneliu Vadim Tudor. En todo caso, las prohibiciones y las consiguientes demandas judiciales les han otorgado una aureola de persecución que a los populistas de extrema derecha les encanta explotar.
Lo mismo ocurrió con el encarcelamiento de David Irving en Austria. Después de haber estado en una cárcel austriaca por unas afirmaciones negando el holocausto que había hecho 16 años antes, puede presentarse como un mártir de la libertad de expresión y sus calumnias vuelven a recibir publicidad. Al parecer, en una rueda de prensa que dio después de salir en libertad, se mostró de acuerdo con el comentario antisemita que hizo Mel Gibson cuando estaba borracho, de que “los judíos” son los responsables de todas las guerras en el mundo.
Supongamos que la prohibición de exhibir símbolos nazis estuviera ya en vigor en toda la UE y, por consiguiente, los tribunales británicos se hubieran visto obligados a procesar al príncipe Harry por vestirse con un uniforme del Afrika-Korps y llevar un brazalete con la esvástica en la fiesta de disfraces de un amigo (una idea idiota e insultante). ¿Cómo habría ayudado eso a combatir el extremismo euroescéptico y xenófobo en Gran Bretaña? De ninguna forma. Más bien al contrario: le habría valido miles de votos al partido Nacional Británico.
Y, ya que hablamos de la esvástica, los hindúes están protestando en toda Europa contra la propuesta de ley porque dicen que, para ellos, la esvástica es un antiguo símbolo de paz. Mientras, las autoridades legales alemanas se han metido en un lío ridículo porque un tribunal de Stuttgart ha condenado al gerente de una empresa de venta por correo por vender camisetas que muestran esvásticas tachadas y aplastadas. A lo mejor son camisetas antifascistas, pero muestran unas esvásticas y, por tanto, son ilegales. Y así, otros ejemplos, como los habría todavía más si toda la UE aprobara estas medidas.
La negación del Holocausto debe combatirse en escuelas, universidades y medios de comunicación, no en comisarías de policía y tribunales. Como mucho, es un factor de poca importancia en el racismo y la xenofobia de extrema derecha de nuestros días, cuyo principal objetivo son los musulmanes, la gente con distinto color de piel y los inmigrantes de todo tipo.
“La experiencia demuestra”, escribe el antiguo fiscal general de la India, Soli Sorabjee, “que las leyes penales que prohíben el lenguaje de odio fomentan la intolerancia, la división y una injerencia desmesurada en la libertad de expresión… No necesitamos más leyes represivas sino más libertad de palabra para combatir el racismo y promover la tolerancia”. Eso es verdad en la India y es verdad en Europa.
Profesor de Estudios Europeos de la Universidad de Oxford
