¿Calma antes de la tempestad?

Sara Sefchovich

Hay en el ambiente una pesada inmovilidad. El aire que se respira es el de la indiferencia y la apatía.
En política, es la continuidad de la inexistencia de proyecto, del barco sin rumbo. En la economía, es la caída libre de ser la novena mundial a la número 15. En la cultura la repetición de temas, de fórmulas y formas gastadas. Y hasta de personajes, pues desde hace medio siglo tenemos a los mismos célebres que se la pasan haciendo idénticas cosas y aceptando homenajes. Los analistas dicen todos lo mismo y hasta en el mismo tono. Ni siquiera los medios de comunicación logran remontar la ola, con todo y su amarillismo, su solo hablar de asaltos y asesinatos, su inventar chismes y reality shows. ¡Hasta las telenovelas que eran lo mejor de la televisión hoy son repetición de la repetición!

A los ciudadanos la vida pública se nos va en debatir pequeñeces: que si el Informe presidencial debe seguir este o aquel formato, que si se presentó otro plan o se formó otra comisión para los festejos del bicentenario de la Independencia y el centenario de la Revolución, que si tal funcionario dijo o no dijo lo que dicen que dijo.

Los ciudadanos están hartos, el público aburrido. Todo es desinterés, por parte de quienes nos gobiernan, de quienes piensan, de quienes crean, de quienes consumen. Por eso puede existir una Elba Esther y una guerrilla y los ajustes de cuentas del narco y que los estadounidenses nos obliguen a aceptar a sus empresas dizque para asegurar nuestra seguridad y un Congreso de la Unión que se la pasa en puros gritos y sombrerazos y millones de paisanos que se van al otro lado a pesar de redadas y expulsiones y un sistema escolar en el que los niños van a la escuela tres horas al día y el último viernes de cada mes de plano no tienen clases y librerías atascadas de libros que no le interesan a nadie y gobiernos que dicen mentiras, que inauguran obras mal terminadas, presentan cifras maquilladas, inventan hechos y acciones.

Todo eso puede existir porque nos da lo mismo, porque a nadie le importa nada, porque todo lo que dicen y lo que hacen quienes dicen y hacen cae en el vacío de la indiferencia. Que hubo otro secuestro, que asesinaron al hijo del vecino para robarle, que se fue la luz cinco horas, que barbaridad decimos y seguimos. Nada significa nada, todo significa nada. Somos una sociedad sin objetivos, viviendo el día a día sin más aspiración que la de que cada cual resuelva su situación personal: pagar deudas, esquivar como pueda la inseguridad, divertirse y pasarla bien.

Algunos buscan explicaciones: que si el problema es el modo como se enfrenta al narco, que si lo que urge es defender la soberanía, que si lo más importante sería cambiar de rumbo económico o parar a tal grupo de empresarios, de eclesiásticos, de militares, que si lo que hace falta es negociar de otro modo con las transnacionales y los organismos internacionales. Otros hacen propuestas: que si una reforma política, que si asignarle más recursos a la cultura, que si elevar nuestra productividad, que si cambiar la educación o eso a lo que llamamos justicia.

El indicador más serio es la cultura, porque ella constituye la manera de vernos y comprendernos en el mundo y la idea general ordenadora de la vida social que le da unidad, contexto y sentido a nuestros quehaceres. Mala señal es que no hay arte, no hay literatura, no hay ideas, no hay debate. Sí, se publican libros y suplementos culturales, se montan obras de teatro y exposiciones, se anuncian conciertos. Pero todo eso no significa nada. Es sólo más de lo mismo, sin novedad, sin propuesta. ¡Hasta extraño cuando hace 20 años todos se les fueron encima a las mujeres escritoras que de la noche a la mañana irrumpieron en el escenario de la cultura vendiendo miles de ejemplares! Al menos la gente se entusiasmaba y tomaba partido. ¡Hasta extraño cuando se formaban grupos que pretendían influir en la política o en la cultura! ¡Hasta extraño cuando había cada día nuevas ONG que luchaban por causas!

Y no es que sea yo nostálgica del pasado ni que piense que fue mejor, para nada. Lo que soy es una miedosa que ve en esta apatía malos presagios. ¿Es una calma tensa? ¿O es un vacío?

La diferencia es importante porque el vacío bien puede preceder a la decadencia, como decía Ikram Antaki que les sucedió a los árabes en el siglo XV y que por eso “salieron de la historia” durante las siguientes cinco centurias.

En cambio la calma puede preceder a la tempestad. ¿Acaso se está gestando algo que no vemos, o que vemos pero no entendemos?

sarasef@prodigy.net.mx

Escritora e investigadora en la UNAM

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