Callejón sin salida

Jorge Chabat

El presidente Calderón estableció como una de sus prioridades en política exterior restablecer las relaciones diplomáticas con aquellos países con los que su antecesor, Vicente Fox, se había peleado. Las razones para ello eran muy simples: el PRI y el PRD se habían dedicado buena parte del sexenio de Fox a difundir la idea de que en ese gobierno México se había “alejado” de América Latina y que nunca habían estado tan mal las relaciones con la región.
Si bien esa percepción era falsa pues en el pasado hubo momentos más conflictivos en la relación con nuestros vecinos del sur, lo cierto es que la idea permeó en una parte de la opinión pública y en buena parte de los medios de comunicación, de tal forma que se volvió un lugar común presentar como un “error” más del gobierno de Fox la política hacia América Latina. Esta percepción estuvo presente en las negociaciones del PRI y del PRD con el gobierno foxista, de forma tal que el nuevo gobierno de Calderón decidió no concederles a ambos partidos dichos argumentos para no meter ruido en las negociaciones sobre las reformas pendientes.

Así pues, la primera tarea que tuvo ante sí la nueva secretaria de Relaciones Exteriores, Patricia Espinosa, fue precisamente mejorar las relaciones dañadas durante el gobierno de Fox, en particular con Cuba y Venezuela. De esta forma, la Cancillería se dedicó varios meses a hacer una labor de hormiguita, restableciendo silenciosamente los contactos diplomáticos con ambos países al grado que Hugo Chávez se dio el lujo de mandar saludos al presidente Calderón. Más aún, Chávez dejó de meterse personalmente con Calderón, como hizo con Fox. Lo mismo ocurrió con el régimen de los hermanos Castro en Cuba. Los ataques personales y las descortesías desaparecieron del escenario diplomático. En ese sentido la “operación cicatriz” con Cuba y Venezuela fue todo un éxito. En fin, hasta hace unas semanas, todo parecía transcurrir de acuerdo con lo planeado. Hasta que el presidente Hugo Chávez sacó al bravucón que lleva dentro en la Cumbre Iberoamericana.

Como ya es conocido, en dicha reunión en Santiago de Chile, Chávez empezó a interrumpir al presidente español, José Luis Rodríguez Zapatero, y a acusar a su antecesor, el ex presidente Aznar, de “fascista”. Ello provocó la reacción ya famosa del rey Juan Carlos: “¿Por qué no te callas?”. Y con eso tuvo Chávez para agarrarla contra España y su rey.

Y como Chávez construye su legitimidad interna con base en pleitos, pues ya agarró al rey Juan Carlos con la mandíbula y no lo suelta. Cualquiera diría que eso es un alivio para Calderón: mientras la traiga con el rey español, no se va a meter con el Presidente mexicano. Es cierto. Sin embargo, las broncas de Chávez están complicando el acercamiento con Venezuela. En la medida en que el presidente venezolano se ande peleando con cuanto jefe de Estado o de gobierno encuentre, va a ser más difícil que el gobierno mexicano guarde prudente silencio como lo hizo frente al conflicto con el rey de España.

Pero ese no es todo el problema: en la medida en que Chávez se mueva hacia una dictadura dentro de Venezuela, va a ser más difícil quedarse callado. Y de hecho, eso es lo que ha venido ocurriendo en los últimos meses y para principios de diciembre está previsto un referéndum que modifica una buena parte de la Constitución para darle más poder a Chávez por más tiempo. Y si en este referéndum se dan protestas violentas en las calles, como ocurrió hace una par de semanas en Caracas, un escenario de inestabilidad es muy probable, lo cual pondría al gobierno de Calderón en un aprieto.

El gobierno mexicano está ahora en una encrucijada en su relación con Venezuela: continuar el acercamiento con el gobierno de Chávez, con los costos que esto puede implicar, o “pintar su raya” frente al gobierno de Caracas, con lo cual abriría el flanco de las críticas internas. Ante este escenario de “perder-perder”, es probable que el gobierno mexicano decida refugiarse en el silencio de la tradicional postura de la no intervención. Sin embargo, esta es una política difícil de sostener en el largo plazo, pues las presiones internas y externas en los temas de democracia y derechos humanos cada vez son mayores. En fin, todo parece indicar que la relación con Venezuela se encuentra en un callejón sin salida. Claro, a menos que Chávez desista de su intento de perpetuarse en el poder y deje de pelearse con el gobernante que pase enfrente de él. Pero eso no va a ocurrir.

jorge.chabat@cide.edu

Analista político e investigador del CIDE

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