Burbuja inflacionaria

José Luis Calva

El desborde inflacionario que padece la economía mexicana, presentado indebidamente como efecto abrupto del “gasolinazo”, debe ser objetivamente valorado en sus dimensiones y relaciones de causalidad, a fin de evitar acciones erróneas de política pública.
Durante la primera quincena de septiembre los precios se dispararon 0.62% respecto a la segunda quincena de agosto, la cifra más elevada observada en igual periodo desde hace seis años (véase Banco de México, La inflación en la primera quincena de 2007, 24/IX/07).

Sin embargo, la inflación subyacente, (es decir, el alza de precios de los bienes y servicios que no presentan marcadas variaciones estacionales ni son fijados o concertados por el gobierno, los cuales representan en conjunto el 69.56% de la canasta total de bienes y servicios) apenas fue de 0.13% en dicha quincena. (La excepción en este segmento son los alimentos procesados, cuyos precios se incrementaron 0.41%, mientras que los demás grupos de bienes y servicios registran incrementos de precios de 0.02% a 0.12%). En consecuencia, no se valida la hipótesis de una inflación generalizada como producto de un descuento anticipado de los costos agregados del “gasolinazo”, que los agentes económicos hayan transferido a los precios.

En realidad, el desborde mayor se presenta en la inflación no subyacente (es decir, en el alza de los precios de los bienes y servicios que presentan marcadas variaciones estacionales o son fijados por el gobierno, los cuales representan en conjunto el 30.44% de la canasta total de bienes y servicios). En éstos, la inflación fue de 1.66% en la primera quincena de septiembre, explicando el 85.5% de la inflación quincenal agregada, mientras que la inflación subyacente sólo explica el 14.5% de la inflación agregada quincenal.

De manera específica, los precios agropecuarios (incluidos en la inflación no subyacente) se incrementaron 3.27%, explicando el 45.1% de la inflación agregada quincenal. Además, las colegiaturas —cuyos precios varían también con marcada estacionalidad, aumentando principalmente al inicio del año escolar— se incrementaron 3.3%, explicando el 32.3% de la inflación agregada. Todos los demás precios presentaron un crecimiento inferior al índice subyacente, excepto los fijados por el gobierno (0.58%), como resultado del ajuste mensual de precios de los energéticos que, desde hace años, se aplica al principio de mes, explicando el 8.1% de la inflación agregada quincenal.

Sumando la incidencia de los precios agropecuarios (45.1% de la inflación agregada) a la incidencia de los alimentos procesados (8.1% de la inflación), resulta que el 53.2% de la inflación agregada quincenal está explicada por el alza de los alimentos.

En cifras anualizadas, el Índice Nacional de Precios al Consumidor (INPC) presentó un incremento de 3.99% en la primera quincena de 2007 respecto a igual quincena de 2006, con la particularidad de que la inflación subyacente fue de 3.82% anual, mientras que la inflación no subyacente fue de 4.34%. De manera específica, se observó una inflación de 5.8% en los precios agropecuarios, de 7% en los alimentos procesados y de 5.7% en las colegiaturas; mientras que los precios fijados por el gobierno presentaron un crecimiento de 4.03% anual, casi igual al del INPC. Nuevamente, la mayor incidencia sobre el incremento de la inflación anual se encuentra en los alimentos.

Ahora bien, la carestía de éstos deriva del alza de los precios internacionales de los productos agropecuarios, de cuya importación dependemos. Ya lo habíamos advertido en nuestra entrega del 20/VI/07: “Los incrementos en cascada de los precios internacionales de importantes productos agropecuarios parecen haber llegado para quedarse, por lo menos durante el bienio 2007-2008”.

De acuerdo con las cifras más recientes del USDA, en julio de 2007 los precios recibidos por los productores estadounidenses se incrementaron, en el caso del maíz, 50.9% respecto a igual mes del año previo; 38.4% en el caso del trigo; 41.2% en la soya; 85.5% en la leche; 117.5% en el huevo; etcétera (www.ers.usda.gov/Publications/Agoutlook/AOTables/). Estas pronunciadas alzas responden a dos causas principales: 1) el incremento de la demanda de alimentos en las superpobladas y superdinámicas economías emergentes de Asia; 2) la creciente utilización del maíz en la producción de etanol.

La carestía nos pega fuertemente por la tremenda dependencia alimentaria de México, provocada por la reforma neoliberal de las políticas agrícolas: las importaciones de granos básicos alcanzaron el 28.9% del consumo nacional en el trienio 2004-2006; las importaciones de oleaginosas, el 91.2%; las de carnes rojas, el 26.3%, etcétera. Este problema estructural sólo puede resolverse con adecuadas políticas agrícolas, no mediante “tasasos” monetarios.

En estas condiciones, lo peor que pudiera hacer la autoridad monetaria —como algunos “expertos” están sugiriendo— es incrementar las tasas de interés para contener la inflación. No lo lograría, porque ésta responde a determinantes insensibles a las tasas internas de interés. En cambio, el endurecimiento monetario agravaría la desaceleración que ya padece la economía mexicana.

Investigador del Instituto de Investigaciones Económicas de la UNAM

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