Roger Díaz de Cossío
La educación superior mexicana (excluyendo el posgrado) está formada por carreras y carreras sobre una gran cantidad de temas. Una carrera está compuesta por una cantidad arbitraria de materias o asignaturas que deben llevarse en cierto orden sagrado e inmutable, porque así lo ordenaron oscuras autoridades.
Las carreras son como tubos rígidos, no comunicados entre sí, de los cuales no se puede uno salir, a no ser que se pierda todo lo estudiado. Esto le pasa a poco menos de la mitad de los alumnos universitarios que destripan antes de terminar. El vicio más grande de nuestro sistema educativo superior es su rigidez que no permite la innovación. Aquí quiero pensar en lo que deberíamos hacer para tener libertad.
Lo primero, que ya estaba en el plan educativo del sexenio anterior, es establecer un sistema de créditos nacional, fijando primero los necesarios para obtener una licenciatura, maestría o doctorado. Esto debería hacerlo un órgano independiente de las instituciones de educación superior. Se definiría un crédito en términos de las horas de trabajo que le lleva a un estudiante y así cada materia tendría su valor en créditos. Esto ya se hace en muchas universidades, pero lo que pasa es que no están comunicadas y una universidad no reconoce los créditos de la otra; es increíble, incluso para la misma materia.
Una vez registrado el valor en créditos de todas las asignaturas del sistema, se permitiría que los estudiantes tomaran las que les pareciera para formar su licenciatura, de una o varias escuelas o universidades. Los créditos podrán tomarse a la vez en muchas disciplinas: música y biología, artes plásticas e ingeniería, etcétera. Las universidades darían diplomas universitarios a estos licenciados.
En este ambiente de libertad debe permitirse a las universidades probar materias y campos del conocimiento. Ahora no se puede. Todo debe estar contenido en detalle en un plan de estudios. Puede llegar un doctorado en un campo nuevo al que debería dársele la oportunidad de dar clase e investigar durante algún tiempo y ver qué tanto éxito tiene y qué tan útil es. Así se va ampliando el conocimiento y la oferta de aprendizaje. La combinación de conocimientos crea nuevos conocimientos.
Las condiciones para otorgar un nombramiento en una profesión liberal debían fijarlas, quizá, los colegios de profesionales, no las universidades. Para formar ingenieros, médicos, licenciados en derecho, contadores, que son profesiones cuya práctica afecta la vida diaria y la hacienda de las personas, los colegios fijarían los estudios que son aceptables y los porcentajes de créditos que se necesitan de cada campo profesional, créditos tanto teóricos como prácticos. Incluso para sacar la licencia, establecerían exámenes. Los títulos profesionales los deberían otorgar los colegios, los pares. Dije en un artículo anterior: ¿necesitan licencia todos los que terminan una carrera? ¿Físicos, matemáticos, filósofos, sociólogos, astrónomos, internacionalistas, licenciados en letras, en música? Yo creo que no. Todos ellos han de practicar su saber con libertad e imaginación, sin ninguna cortapisa. Y mucho más, los nuevos licenciados formados en múltiples disciplinas.
Debemos modernizar las normas sobre las profesiones. Quizá no dejar la responsabilidad en los colegios y asociaciones, sino en grupos profesionales de muy alta calidad a los que se les retribuiría por un trabajo de tiempo completo que se financiaría con el costo de la licencia. Esto ya se hace en los países anglosajones con éxito desde hace décadas.
Ellos fijarían los exámenes y los estudios necesarios en cada profesión. Desde luego, lo que no puede seguir es sean cada una de las universidades las que fijen lo que se necesita para cada profesión. Con tantas instituciones en el país, tenemos resultados muy diversos en cuanto a la calidad de los profesionales. Cientos de escuelas diferentes ofrecen la licenciatura en derecho o contaduría. Los grupos profesionales que otorguen licencias garantizarían una calidad mínima.
Sé que muchas de las ideas expresadas en este texto parecen una locura, idealista, van contra las cómodas costumbres de pensamiento; contra nuestra cultura decimonónica de la que parece no nos podemos librar. Pero algo drástico debemos hacer para modernizar nuestro vital sistema de educación superior. De no hacerlo arriesgamos el futuro y la calidad de vida de nuestros hijos y nietos.
rogerdc@prodigy.net.mx
Presidente de la Fundación Solidaridad Mexicano-Americana
