Eugenio Anguiano
La semana pasada concluyó el ejercicio anual del Foro de Cooperación Económica Asia-Pacífico, conocido ampliamente por su acrónimo en inglés de APEC.
Esta vez el calendario de ese peculiar mecanismo de conferencias intergubernamentales —que no es un organismo internacional— terminó en septiembre y no en noviembre como ha ocurrido con la mayoría de las 15 reuniones de jefes de gobierno o de Estado de las economías afiliadas al foro. El escenario en esta ocasión fue Sydney, Australia, donde dicho mecanismo nació en 1989, entonces con 12 países participantes y con encuentros a nivel de ministros de Relaciones Exteriores y de Comercio Exterior o sus equivalentes.
Desde aquella ocasión, hace 18 años, el APEC ha evolucionado considerablemente, pues ya comprende 21 países o territorios de la cuenca del Pacífico, a los que por razones de pragmatismo político se les llama desde 1992 economías, y su agenda es más amplia.
El ciclo anual de reuniones —que han aumentado mucho en número, tanto las ministeriales sectoriales como de grupos especiales de trabajo y otros— culmina con tres conferencias: altos funcionarios, responsables de armar los documentos clave del foro; ministros de Relaciones y Comercio exteriores, que suscriben una declaración anual de varias páginas en la que se detalla la marcha del foro; y la reunión “cumbre”, que produce una declaración más breve pero de orientación política a seguir.
El objetivo de APEC es la plena liberalización y facilitación del comercio y de las inversiones entre los integrantes del grupo —además de la cooperación económica y técnica en varios campos—, pero como los acuerdos a partir de los cuales se opera son de implementación voluntaria, cuyos frutos se extienden automáticamente a terceros países, será prácticamente imposible que se alcancen los objetivos mencionados de liberalización en las fechas establecidas de 2010 para las economías avanzadas y 2020 para las en desarrollo del foro. Desde 1996 no ha habido avances importantes y tangibles en la liberalización regional, pero en vez de que en el APEC se reconozca eso, cada año se han ido agregando esquemas de ejecución dudosa que supuestamente coadyuvarán al logro de la liberalización citada.
La declaración de Sydney de los “líderes económicos” no fue diferente de las de años anteriores, pues se insistió meramente en refrendar el compromiso de alcanzar la liberalización y la facilitación de comercio a través de los llamados planes nacionales y de los planes colectivos de acción, cuya eficacia parece haberse agotado.
Las líneas de acción más promisorias de esa y recientes declaraciones son las de continuar respaldando las negociaciones comerciales multilaterales de la Ronda de Doha de la OMC, iniciadas en 2001 y en la actualidad estancadas, y la disposición de evaluar seriamente la posible conversión del APEC, de un foro de reuniones en las que lo único que resulta son buenas intenciones no vinculantes, a un eventual proceso de integración económica formal.
Una novedad de la cumbre de Sydney fue la declaración sobre cambio climático, seguridad energética y desarrollo limpio, que sin asideros específicos para acciones políticas a favor del medio ambiente no resulta del todo trivial, ya que Estados Unidos, país que no ratificó la Convención de Cambio Climático de la ONU, más China, Rusia y Japón, que junto con aquél son los principales contaminadores del mundo, han prometido involucrarse en una segunda convención sobre cambio climático, cuando en 2012 expiren los acuerdos de Kyoto.
Las conferencias del APEC son relevantes porque dentro de un club que contiene 41% de la población mundial y alrededor de la mitad de la economía global, logra mantenerse el interés político intergubernamental en la coope-ración internacional, de ahí que sus declaraciones y recomendaciones tengan impacto internacional, por más de que carezcan de fuerza contractual. Ello explica la existencia de una larga lista de países que desean entrar al grupo, el cual ha postergado hasta 2010 la revisión de aspirantes, a fin de decidir si resulta o no operativo que el APEC se expanda.
Una gran ventaja de pertenecer al foro es que en cada cumbre anual los líderes de los países y territorios que lo forman tienen la oportunidad de discutir bilateralmente —a la sombra del cónclave multilateral— asuntos de interés nacional y mundial con algunos de sus colegas. Por ejemplo, en Sydney se reunieron por separado Bush con Hu Jintao y aquel con Vladimir Putin, para abordar espinosas cuestiones como la proliferación nuclear, Irán, Corea del Norte y el escudo defensivo nuclear que Washington pretende montar en países fronterizos a Rusia. Más allá de las habituales torpezas de Bush (como agradecerle al premier australiano por las tropas “austriacas” enviadas a Irak, o la oportunidad de asistir a la reunión de la OPEC, en vez de APEC), es obvio que en sus contactos bilaterales aborda cuestiones cruciales para la política mundial.
Profesor investigador de El Colegio de México
