Temor ciudadano a exceso, y vacío, de poder
José Carreño Car
De exaltar a Díaz Ordaz y Zedillo, al golpismo contra Calderón
El Ejecutivo ante los medios, tras ser echado por el Legislativo
Consumada el lunes la cancelación de la sesión solemne de presentación del informe presidencial en el Congreso, abundan los mensajes que han dado en celebrar esta semana el entierro de un llamado “día del presidente”.
Pero ese ritual era un cadáver insepulto desde hace 20 años.
De allí la adulteración de un debate público que recoge ahora —como si estuvieran vivos— temores y resquemores que décadas atrás suscitó el culto a la figura presidencial, acompañado de notables desmesuras en el ejercicio del poder.
De aquel culto se pasó a la denigración sistemática. Y de aquellas desmesuras se transita a la sujeción a un régimen de crudo racionamiento de los poderes reales de decisión presidencial.
De allí también la falsificación que entraña el reciclamiento hoy del discurso del temor ciudadano al exceso de poder que antes concentró el Ejecutivo. Y de allí, asimismo, el nuevo y creciente temor ciudadano de signo contrario: el que suscita la promoción de un vacío de poder, entre otras cosas, con la festinación de un proyecto extravagante para deponer al Presidente de la República.
Son abismales, en este punto, las diferencias entre las condiciones en que se hablaba de la caída de Ernesto Zedillo en los primeros años de su gobierno y las que hoy alientan la interrupción del mandato del presidente Felipe Calderón.
Entre otras grandes diferencias, en tiempo de Zedillo los rumores de su caída raramente se publicaban en los medios, mientras hoy se discute la caída de Calderón en horario triple A de televisión y en las primeras planas de medios impresos.
Viva Díaz Ordaz/Abajo Calderón
Adicionalmente, en tiempo de Zedillo, ningún actor político o social de relieve pugnaba por la caída del presidente —a nadie le convenía— mientras hoy un grupo político ha hecho del derrocamiento de Calderón una causa política central.
Acaso más paradójico resulta que entre las cabezas de ese grupo que hoy se identifican con el golpismo contra el presidente Calderón se encuentra un Porfirio Muñoz Ledo que, tras la sangrienta represión de los estudiantes en 1968, exaltó lo que llamó “el valor moral y la lucidez histórica del presidente de México”, después de afirmar “con justicia”, dijo, que “Díaz Ordaz no permitió que se deteriorara la autoridad que el Estado ejerce sobre los intereses particulares”. Un Muñoz Ledo, además, que hoy llama a seguir los pasos de los derrocamientos de dos presidentes en Bolivia pero que acusaba a los estudiantes reprimidos en el 68 de seguir “esquemas políticos… frutos de otros contextos”.
Ello, para no hablar de otra paradójica cabeza golpista contra Calderón, Andrés Manuel López Obrador, quien en 1996 llamaba en público a cerrar filas con el presidente Zedillo ante los mencionados rumores de su caída.
Del reclamo democrático (razonablemente cumplido) de acotar la presidencia absolutista en los 80, llegamos así a la puja autoritaria para revertir los avances democráticos con una crisis de vacío de poder y con la pretensión de llenarlo por la vías de hecho. Es un proyecto a cargo de personajes que se rebelaron contra las reglas del absolutismo presidencial y del partido dominante sólo cuando esas reglas no les otorgaron aquella presidencia absolutista ni el control de aquel partido dominante.
Lo que los medios se llevaron
El elenco se completa con personajes que apuestan al derrocamiento extraelectoral, cuando su conducta los ha apartado de la posibilidad de ganar el poder por la vía electoral. Y enfrente están los personajes empeñados en el proyecto de minimizar el poder de decisión del Ejecutivo, a fin de ejercer plenamente ese poder desde los enclaves que han ocupado en el Legislativo.
Pero no todo va bien para estos proyectos. Esta vez, al echar el informe presidencial de los recintos del Congreso, los medios le han estado haciendo al Presidente las preguntas del público que los legisladores no acertaron a hacerle en décadas de abyección, seguidas de los últimos años de gritos y sombrerazos.
