Agenda del debate

Liderazgo anticrisis de Slim

José Carreño Carlón

Subdirección de Ortiz y rezago del gobierno
¿Quién puede articular compromisos y conductas de todos?

Mientras el presidente Felipe Calderón insiste en que sus pequeñas reformas nos dan inmunidad ante la crisis global —y el secretario de Hacienda se aferra a una interpretación técnica para alegar que no hay recesión aquí ni en Estados Unidos— Carlos Slim, el hombre más rico de México y de los más ricos del mundo, ha tomado el lugar del gobierno en el liderazgo nacional del manejo de la caída económica en curso, sus efectos en la vida de los mexicanos y las fórmulas para aliviarlos.

Incluso el otro competidor por ese liderazgo, Guillermo Ortiz, el gobernador del Banco de México, se quedó atrás esta semana ante la impresionante operación político-mediática de Slim, su capacidad como gran definidor primario de la agenda pública y su poder para apuntalar la percepción de que su liderazgo es indiscutido, incluso sobre gobernantes y partidos.
Como definidores finales de la agenda pública, los medios hicieron suyo en su mayoría el mensaje de Slim en la Convención del Mercado de Valores y multiplicaron la atención sobre él al colocar sus dichos como el tema central de referencia para la conversación y la discusión públicas. Enseguida vinieron en cascada las reacciones favorables de todo el sistema político, un tratamiento que hace tiempo no se le otorga a ninguna cabeza de los poderes constitucionales, empezando por la del Presidente de la República.

Dueños de la crisis

Pero este éxito abrumador de la estrategia de comunicación del magnate es la otra cara de los fracasos de comunicación del gobierno, con efectos que nos afectan a todos.

Porque enfrentar esta crisis requiere del liderazgo definido del gobierno como exponente del interés general. Pero el gobierno tendría que empezar por asumir las crisis y calibrar sus riesgos, como primer paso para articular los intereses particulares.

Y es que ha sido la minimización o la negación de la crisis la que ha llevado al gobierno a verse rebasado ahora por el interés particular, así sea del empresario más poderoso, y antes por el gobernador del Banco de México, un órgano autónomo del Estado, pero con un titular con su propia agenda. Con ella logró la semana pasada opacar en los medios las conmemoraciones complacientes por el segundo año de gobierno del presidente Calderón. Y fue la perspectiva pesimista de Ortiz para los próximos años la que prevaleció sobre el optimismo del Presidente acerca de los logros de su gobierno.

Slim —y en menor medida Ortiz— han terminado por controlar el manejo de las percepciones sobre la crisis. El problema aquí es que ellos no son los exponentes del interés general. Slim lo es de su interés particular, con una estrategia de confrontación con sus rivales y competidores en los negocios, a quienes les carga todas las culpas de las precariedades de la población, eludiendo sus propias responsabilidades. Y Ortiz tiene hoy en su agenda un incentivo renovado para el protagonismo ante el final de su mandato como gobernador del banco central, una vez que no logró su aspiración de ser elegido para presidir un importante organismo financiero internacional.

¿Y el gobierno?

Calderón no ha sido el único gobernante del mundo al que se le reprocha la negación de la realidad de la crisis y su complacencia con la supuesta inmunidad de la economía nacional ante el colapso global. El domingo, un profesor de economía política, Antón Costas, le reprochaba lo mismo al presidente del gobierno español, Rodríguez Zapatero.

En efecto, estos son tiempos que exigen un liderazgo político firme, coherente, capaz de reducir incertidumbres, sin apelar al discurso de la autocomplacencia. Ese liderazgo sólo puede recaer en el gobierno como exponente del interés general. Porque sólo él puede inducir y articular decisiones y comportamientos de todos: empresarios, trabajadores, consumidores. Los particulares no, porque están comprometidos por definición con sus propios intereses e imposibilitados, por tanto, para coordinar a sus rivales.

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