Macario Schettino
En un buen artículo, José Wolden-berg se preguntaba si quienes falsean una elección sufren un dilema moral. Es decir, si quienes roban casillas, alteran actas, inventan votos, o de cualquier otra manera defraudan la voluntad de los votantes, consideran esa acción como algo malo, reprobable, negativo. Concluye Woldenberg que no, que “no sufren ni se acongojan” porque “suponen que ellos encarnan una causa superior a la de sus oponentes, y eso los legitima para violar las normas”.
Esta observación del una vez presidente del IFE es de la mayor importancia. Existe en México un cierto número de personas que no creen en la democracia, aunque formalmente participen en ella. Cuando tienen oportunidad, la defraudan, sin sufrir por ello. Cuando no pueden hacerlo, y la votación no les favorece, acusan a sus contrincantes, a la autoridad, a todo el mundo, porque les es inconcebible haber perdido. No pueden imaginarlo porque, para ellos, sería absurdo que los votantes no los hubiesen elegido, siendo ellos los mejores. Es decir, su punto de partida no es la voluntad popular, sino la superioridad propia, que los votantes deberían reconocer y reflejar en su decisión.
El que un número no despreciable de mexicanos no pueda entender este punto de partida elemental de la democracia es explicable, pero es también preocupante. Se explica porque llevamos poco tiempo utilizando a los votos como medio para llegar al poder, y no lo hacemos en todos los niveles. Tenemos regiones amplias que mantienen un anacrónico sistema de “usos y costumbres”, que no es sino un resabio autoritario. Y tenemos entidades en donde la autoridad electoral no tiene fuerza suficiente para impedir por completo que se defraude al votante. Todo eso se combina para que no todos acepten a los votos como el camino legítimo al poder.
Por otra parte, venimos de un sistema autoritario que, además, impidió el crecimiento de los ciudadanos por mucho tiempo. Así, los mexicanos seguimos siendo adolescentes, incapaces de entender que nuestros actos tienen repercusiones, y que hay que hacerse responsables de ellas. No sólo en materia electoral, sino en prácticamente cualquier situación, los mexicanos actuamos sin pensar en el efecto de nuestras acciones, sin considerar en absoluto lo que ellas producirán, en los demás y en nosotros mismos. A veces incluso nos sorprendemos de las reacciones que producimos. Somos irresponsables, digámoslo así, por omisión. Simplemente no nos importa qué pase.
Hace tres décadas, José López Portillo interpretaba esta irresponsabilidad nacional como un complejo de superioridad. Decía que éramos un país de chicharroneros, porque nomás nuestros chicharrones debían tronar. No creo que en la mayoría de los casos nuestra irresponsabilidad responda al deseo de abusar de los demás, aunque claramente existe. Al menos en igual proporción, esta irresponsabilidad es simple incapacidad de entender que las acciones tienen consecuencias, y que los demás importan.
Al no reconocer las consecuencias de nuestros actos, nos es imposible entender la necesidad de reglas sociales. Porque estas reglas funcionan precisamente para reducir los efectos negativos de nuestras acciones. Puesto que todo lo que yo haga tiene impacto sobre quienes me rodean, para evitar dañarlos en exceso es necesario que modere mi comportamiento, y esa moderación la indican las reglas sociales, incluyendo las leyes.
El desconocimiento de las consecuencias, por incapacidad o por sentimiento de superioridad, provoca el incumplimiento de leyes y la falta de comportamiento “razonable”, es decir, cortés, respetuoso, comedido. Es, además, el punto más alto posible de irresponsabilidad, de forma que no importa qué pase, nadie acepta tener responsabilidad en ello. Son siempre los demás, los otros, los medios, la mala suerte, los gringos, quien sea.
No tengo duda que la falta de estado de derecho, la dificultad de construir la democracia, la impunidad, la permanente espera del “Deus ex machina”, la dependencia del gobierno, la falta de competitividad, son todos reflejos de esta adolescencia permanente. México es un país de irresponsables que ni siquiera saben que lo son. Ahora ya lo sabe.
www.macario.com.mx
Profesor de Humanidades del ITESM-CCM
