Paco Andrade
EL VILLANO
Así lo han ubicado la historia y algunos historiadores al papel del expresidente de México, Porfirio Díaz.
A doscientos años es plausible evaluar –aunque de manera crítica- al régimen porfirista, que evidentemente tuvo sus lados oscuros, por lo que se le ha satanizado de manera desproporcionada. Creo.
El grado de avance logrado por el régimen de Porfirio Díaz en muchos rubros, en tan solo treinta años, bien podría avergonzar a muchos, muchísimos sucesores que en cien años no han logrado que el país tenga la presencia, estabilidad y la consideración internacional que tenía en 1910.
Aprovechando de tanto alarde del bicentenario, es hora que conozcamos y reconozcamos una historia que no esté al servicio de una u otra camarilla, que aun en el marco de estas “fiestas”, sólo piensan en como ensanchar su fortuna, clavándose dinero que es para el festejo.
O sea que el gran villano de México (Porfirio Díaz) supo llevar una fiesta magna a todo sus niveles mientras que el pueblo “moderno” es un ejemplo de corrupción y burla de sí mismo.
Prueba de lo que arriba se comenta, es el material entregado a un diario de circulación nacional por parte de Rafael Tovar y de Teresa, ex director del Conaculta, ex embajador de México ante Italia y coordinador de la comisión federal para los festejos del 2010 entre septiembre del 2007 y octubre del 2008 hizo una amplia investigación sobre los festejos de 1910.
El resultado es el libro El último brindis de don Porfirio, 1910: las fiestas del centenario (Taurus, 2010), de próxima aparición. Reproducimos con autorización del autor algunos fragmentos de la obra.
Mientras se gestaba una revolución para impedirle seguir en el poder, Porfirio Díaz celebraba con la inauguración obras y monumentos terminados.
Haré como siempre, una síntesis, pero interesante del tema: “La visión de Don Porfirio, personaje protagónico del siglo XIX, a quien en ocasiones olvidamos analizar en el claroscuro de la dimensión política de aquel siglo convulso –y por ello nos conformamos con una explicación rápida y concentrada en sus últimos años–, quiso y supo –aunque fuera de manera transitoria– aprovechar la conmemoración.
“Propósitos. Con el fin de dar forma al amplísimo proyecto político que se denominaría ‘Programa del inicio del centenario de la Independencia nacional en el año de 1910’, el 1o. de abril de 1907 Díaz ordenó la creación de la comisión que se encargaría de los festejos y publicó un documento que, en una sola frase, sintetizaba su propósito: ‘el primer centenario debe denotar el mayor avance del país con la realización de obras de positiva utilidad pública y de que no haya pueblo que no inaugure en la solemne fecha, una mejora pública de importancia’.
“Objetivo y participación. Se invitó a gobernadores, jefes políticos y personas influyentes para que se sumaran a la organización. Como resultado de esto se crearon 31 comisiones centrales, 298 de distrito y mil 440 municipales, que sumaban mil 769 comisiones del centenario en las cuales participaron 17 mil 735 personas. Para lograr lo anterior la Comisión Nacional llevó a cabo 70 sesiones y giró 22 mil 240 oficios.
“Iglesia. Era importante tenerla fuera y dentro. Con enorme habilidad política, la presencia de la Iglesia en la conmemoración sólo se concentró en dos actividades: un tedeum en honor de los héroes de la Independencia en septiembre y otra ceremonia con motivo del aniversario de la coronación de la Virgen de Guadalupe durante los primeros días de octubre.
“Juárez. En 1910 Díaz consideró que era necesario resaltar la figura de Juárez con un monumento. Para su construcción se utilizaron cerca de mil 400 toneladas de mármol y tuvo un costo de 390 mil 685.96 pesos.
“Ejército. Aunque contempló pocas actividades protagonizadas por las fuerzas armadas, el programa oficial otorgó al Ejército un espacio para su lucimiento, gracias a la inauguración de una fábrica de pólvora sin humo, las maniobras militares y el tradicional desfile del 16 de septiembre.
“Estados. El gobierno federal hizo una exhortación para que se crearan comisiones centrales en los estados, distritos y municipios que deberían trabajar en coordinación con un delegado especial nombrado por el gobierno federal y también habrían de presentar un informe trimestral sobre el desarrollo de los proyectos y la recolección de fondos para las fiestas del centenario.
“Obras e infraestructura nacional. Aun cuando las principales y más sonadas actividades se concentraron en la capital de la República (Palacio de Bellas Artes, Palacio de Comunicaciones, Manicomio de la Castañeda, Columna de la Independencia, Hemiciclo a Juárez, Palacio Legislativo, Escuela Normal de Maestros, monumentos a Garibaldi, Pasteur, Washington, Humboldt, etcétera), es larga la lista de lo que se llevó a cabo en todo el territorio, pues –según la Memoria de la Conmemoración– se inauguraron todo tipo de obras”.
El material se antoja interesante, será una joya del bicentenario, un texto sin entreguismos y barbarismos, pero también una aportación a la visión crítica de los festejos de alguien que lo vivió de cerca.
Porque los festejos de ahora son organizados nada más por el gobierno federal, a quien se le hizo fácil repartir millones de pesos a empresas extranjeras para la creación de un himno que dijeron que después que no era, contratación de una y mil cosas que quien sabe si valdrá la pena tanto despilfarro de recursos.
