Sara Sefchovich
Toda la historia de la cien-cia moderna, decía Paul Lauterbour, puede ser escrita a partir de los textos científicos que las revistas académicas no aceptaron publicar.
El autor hablaba por experiencia propia, cuando a principios de los años 70 empezó a mandar sus artículos acompañados de extrañas fotografías, se los devolvían uno tras otro porque a los comités no les parecían interesantes o significativos. Luego fue quien desarrolló la resonancia magnética nuclear, que toma fotografías no invasivas del cerebro y la columna por lo cual en 2003 recibió el Premio Nobel de Medicina.
Sus trabajos nunca respetaron las fronteras entre química, física y medicina ni tampoco él aceptó los sistemas universitarios con sus esquemas de lo que se debe hacer y lo que no se permite. Estos son tan fuertes, que en la nueva biografía de Albert Einstein que publicó a principios de este año Walter Isaacson, afirma de manera contundente que el hecho de que nunca hubiera podido conseguir un puesto académico es lo que le permitió ser quien fue: “Como académico Einstein nunca habría sido Einstein porque hubiera tenido que aceptar las presiones del dogma científico prevaleciente y se habría visto obligado a sacar artículos que dijeran cosas suficientemente conocidas y a ser cuidadoso para atreverse a cuestionar las nociones aceptadas.”
Esa academia anquilosada le impidió a algunos ir más lejos (el caso notable de Max Planck) y el hecho de que Einstein terminara como burócrata en la oficina de patentes, le permitió seguir su propio camino, ser audaz y cuestionar los principios aceptados hasta “echar por la borda el pensamiento convencional que había definido a la ciencia durante siglos”.
Este año, uno de los ganadores del Nobel de Medicina, Mario Capecchi, estudió biología molecular en Harvard, pero las rivalidades entre colegas y las rígidas fronteras de lo permitido, lo hicieron abandonar esa meca académica y buscar una universidad menor donde lo dejaron hacer lo que quiso. En su opinión, el conocimiento se compone de círculos, el más pequeño es aquel en el que todos están haciendo lo mismo “y conforme vas cruzando la frontera al siguiente, menos personas están dispuestas a seguir porque estás abriendo nuevas áreas. Allí te topas con los cuidadores de la puerta, los que no quieren que pases la línea y dicen ‘eso no vale la pena, no tiene caso seguir por ese camino’”. Eso fue lo que le dijeron a él, pero (afortunadamente) los ignoró.
La academia está tan llena de esos “cuidadores de la puerta”, que se convierten en verdaderos caciques que impiden pasar a nadie o a nada que no sea como ellos quieren. Escribe Arnaldo Cordova: “Nuestros grandes intelectuales se convierten en caciques. Su autoridad intelectual no puede ponerse en duda y de ello se aprovechan. Comienzan a decidir todo lo que debe y puede hacerse, deciden lo que es bueno y lo que es malo, deciden quiénes están bien o mal de acuerdo con los cartabones que ellos mismos imponen; quién pasa y quién no pasa la prueba de sus paradigmas, quién se queda o quién debe ser excluido.”
El tema viene a cuento por lo que le acaba de suceder al científico James Watson, Nobel de Medicina en 1962. Sus recientes declaraciones en el sentido de que los africanos no tienen la misma inteligencia que otros grupos genéticos, provocaron una polémica brutal, a la que él respondió diciendo que “los genes determinan de forma significativa la inteligencia y que al margen de lo político y lo social, debemos basar nuestra visión del mundo en el estado de nuestro conocimiento, en los hechos, y no en lo que nos gustaría que ocurriera”. Y agregó que: “Aunque todas nuestras políticas sociales están basadas en el hecho de que su inteligencia es la misma que la nuestra, todas las pruebas indican que no es así. El abrumador deseo de la sociedad de hoy es asumir que poderes iguales de raciocinio son una herencia universal de la humanidad. Pero simplemente quererlo no basta. Eso no es ciencia”. Desde su punto de vista, la respuesta a las preguntas que han disturbado a la humanidad por cientos de años no es fácil, puesto que la genética puede ser cruel.
Así le pasó a Darwin, cuando en 1859 publicó su libro El origen de las especies, en el que habló de evolución cuestionando el paradigma de que Dios había creado todo. Hasta el día de hoy esto provoca amargos debates. Pero así como la ciencia de Darwin no se opone a la religión, así la de Watson no pasa por el racismo, ni por calificar de inferioridad sino de diferencia. Pero ya nos lo han dicho, romper fronteras no es sencillo.
sarasef@prodigy.net.mx
Escritora e investigadora en la UNAM
