Para entender la batalla cultural de nuestro tiempo hay que empezar por los nombres propios. No es una discusión espontánea ni una moda pasajera: es una confrontación intelectual con raíces profundas. De un lado, Antonio Gramsci. Del otro, Roger Scruton. Dos visiones opuestas sobre la cultura, la historia y el poder.
GRAMSCI
Antonio Gramsci fue un intelectual marxista italiano, dirigente del Partido Comunista y teórico clave del siglo XX. Preso por el régimen fascista de Mussolini, escribió desde la cárcel los famosos Cuadernos de la cárcel, donde formuló su idea más influyente: la hegemonía cultural.
Gramsci entendió que en Occidente la revolución no triunfaría por la vía armada, como en Rusia. Las sociedades occidentales estaban protegidas por una red cultural sólida: familia, religión, tradiciones, educación, identidad nacional. Para desmontarlas, propuso una estrategia a largo plazo: infiltrar la cultura, reeducar a las élites intelectuales, transformar el lenguaje y sustituir el sentido común heredado por uno nuevo, ideológicamente alineado con el marxismo. No era una toma violenta del poder, sino una colonización mental.
SCRUTON
Roger Scruton fue un filósofo británico, conservador, académico, ensayista y uno de los grandes defensores de la civilización occidental en tiempos recientes. Profesor universitario, crítico de arte, músico y pensador profundo, Scruton no combatió desde la militancia política, sino desde la reflexión cultural.
Mientras Gramsci enseñaba a sospechar de todo lo heredado, Scruton defendía el valor de la tradición, la belleza, la ley, la nación, la herencia cristiana y el apego a lo propio. Para él, la cultura no era un instrumento de poder, sino una herencia frágil que debía ser cuidada. Su gran advertencia fue clara: una sociedad que destruye sus vínculos culturales no se libera, se vuelve vulnerable al control ideológico.
DE GRAMSCI AL DECOLONIALISMO LATINOAMERICANO
El pensamiento decolonizador que hoy recorre América Latina no surge de la nada ni es una ocurrencia académica aislada. Es heredero directo del gramscismo adaptado a nuestra región. Cambió el lenguaje, pero no el método.
Donde Gramsci hablaba de “hegemonía cultural”, hoy se habla de “colonialidad”. Donde antes se atacaba a la burguesía, ahora se ataca a la “herencia occidental”. El objetivo es el mismo: desacreditar la historia común, romper la continuidad cultural y presentar todo lo heredado como opresión.
Así se explica el intento de reescribir la historia, de negar el mestizaje, de presentar a América Latina como una víctima eterna y, en casos concretos, de eliminar símbolos como escudos heráldicos, nombres históricos y referencias culturales. El ataque al escudo de Chiapas no es un capricho estético ni un debate inocente: es una operación ideológica.
LOS SÍMBOLOS COMO CAMPO DE BATALLA
Los escudos, los monumentos y los relatos históricos no son simples adornos. Son depósitos de memoria. Gramsci lo sabía bien: para construir una nueva hegemonía hay que vaciar de legitimidad los símbolos anteriores.
Eliminar un escudo heráldico no es modernizar; es cortar el hilo histórico. No es inclusión; es amputación. El discurso decolonizador busca sustituir una historia compleja, mestiza y real por un relato binario de víctimas y verdugos, funcional al resentimiento político.
Scruton alertó sobre este proceso: cuando se rompe el vínculo con el pasado, la sociedad queda a merced de quien controla el relato. Y quien controla el relato, controla el poder.
LA REACCIÓN ESTIGMATIZADA
El avance de lo que los medios llaman “ultraderecha” no puede entenderse sin este contexto. No es un brote autoritario, sino una reacción cultural frente a décadas de hegemonía ideológica en universidades, escuelas y espacios culturales. Es la respuesta de sociedades cansadas de que se les diga qué pensar, qué recordar y de qué avergonzarse.
Scruton no pedía imponer una visión única. Pedía algo mucho más elemental: defender la civilización que hizo posible la libertad, el pensamiento crítico y la pluralidad real. Frente a la estrategia gramsciana de deconstrucción permanente, propuso el cuidado de lo humano.
Hoy, cuando el decolonialismo intenta borrar símbolos y rehacer identidades desde el resentimiento, la lección de Scruton resulta incómodamente vigente: una sociedad que renuncia a su historia no se emancipa; se desarma. Y quizá por eso, precisamente ahora, esta batalla cultural ya no puede seguir siendo ignorada.
