Tuxtla Gutiérrez y su riesgo inminente en las próximas lluvias

Marco Tulio Carrascosa

Tuxtla Gutiérrez tiene un problema que no comenzó ayer.
Ni el año pasado.
Ni con la última tormenta viralizada en redes sociales.
Las inundaciones en la capital chiapaneca son el reflejo acumulado de décadas de mala planeación urbana, crecimiento desordenado, improvisación gubernamental y una alarmante ausencia de cultura de prevención.
Y lo más preocupante es que seguimos reaccionando como si cada temporada de lluvias fuera una sorpresa.
No lo es.
Es una tragedia anunciada.
Cada año vemos las mismas imágenes:
Calles convertidas en ríos.
Vehículos arrastrados.
Colonias colapsadas.
Drenajes saturados.
Basura flotando.
Familias atrapadas.
Pérdidas económicas.
Y funcionarios apareciendo después del desastre para repetir el mismo discurso de siempre.
Pero el problema de Tuxtla no es solamente climático.
Es estructural.
Porque una ciudad no colapsa únicamente por la lluvia.
Colapsa por falta de previsión.
Tuxtla creció durante años sin una planeación hidráulica moderna acorde a su expansión urbana. Se construyeron fraccionamientos, plazas, vialidades y desarrollos habitacionales mientras muchas zonas seguían dependiendo de sistemas pluviales insuficientes, obsoletos o mal administrados.
Y cuando una ciudad crece sin orden, la naturaleza termina cobrando factura.
Aquí entra otro factor incómodo: la cultura ciudadana.
Porque sí, también hay responsabilidad social.
Basta recorrer las calles después de una tormenta para entenderlo.
Botellas.
Bolsas.
Desechos.
Plásticos.
Basura acumulada en alcantarillas.
Canales convertidos en vertederos improvisados.
Tuxtla no solamente enfrenta lluvias intensas.
Enfrenta también una profunda crisis de manejo de residuos y educación cívica.
Queremos ciudades limpias, pero seguimos actuando con hábitos urbanos de abandono.
Y esa combinación es explosiva.
Porque el drenaje más moderno colapsa cuando una sociedad convierte la calle en basurero.
Ahora bien, aquí surge una pregunta importante:
¿Es posible convivir con lluvias intensas sin convertirlas en desastre?
La respuesta es sí.
Y el mundo está lleno de ejemplos.
Países como Japón y Países Bajos construyeron sistemas avanzados de contención hidráulica, infraestructura subterránea, planeación territorial y cultura preventiva que les permiten enfrentar fenómenos climáticos severos con mucho menor impacto urbano.
Tokio desarrolló gigantescos túneles de desfogue subterráneo capaces de contener enormes cantidades de agua durante tormentas extremas.
Los neerlandeses entendieron desde hace siglos que ignorar el agua era suicida.
Por eso aprendieron a convivir inteligentemente con ella.
En México también existen referencias importantes.
Monterrey, después de experiencias devastadoras como el huracán Alex, fortaleció parte de su infraestructura hidráulica y protocolos de prevención.
Mérida ha invertido constantemente en sistemas pluviales y planeación urbana preventiva.
Incluso ciudades con enormes desafíos climáticos han entendido algo elemental:
La prevención cuesta mucho menos que el desastre.
Y aquí es donde Tuxtla sigue fallando.
Porque la capital chiapaneca continúa reaccionando más que anticipándose.
No existe todavía una transformación profunda y visible en materia hidráulica, ordenamiento urbano, manejo integral de residuos y cultura ciudadana preventiva.
Y las próximas lluvias representan un riesgo serio.
Porque el cambio climático está intensificando fenómenos extremos.
Lluvias más fuertes.
Más rápidas.
Más agresivas.
Con mayores volúmenes de agua en menor tiempo.
Eso significa que una ciudad vulnerable hoy puede convertirse mañana en una ciudad colapsada.
Particularmente en zonas históricamente afectadas por encharcamientos, escurrimientos y saturación de drenajes.
Y aquí la crítica debe ser frontal.
Los gobiernos municipales y estatales han actuado demasiadas veces bajo lógica reactiva.
Limpian después.
Prometen después.
Diagnostican después.
Pero la prevención no puede seguir siendo un discurso temporal de temporada de lluvias.
Debe convertirse en política pública permanente.
Porque una ciudad moderna no se mide únicamente por puentes o edificios.
Se mide por su capacidad de proteger a su población.
Y proteger implica anticiparse.
No improvisar.
Tuxtla necesita urgentemente una nueva visión urbana.
Infraestructura hidráulica moderna.
Reordenamiento territorial.
Sanciones reales por contaminación y basura.
Educación ambiental agresiva.
Tecnología preventiva.
Mapas de riesgo actualizados.
Y una ciudadanía que entienda que tirar basura en la calle no es un acto menor.
Es contribuir al colapso de la propia ciudad.
Porque al final, las inundaciones no solo exhiben la fuerza de la lluvia.
Exhiben también nuestras debilidades como sociedad.
Y si Tuxtla no cambia su cultura de prevención, las próximas lluvias podrían volver a recordarnos, de la peor manera, que el verdadero desastre no siempre viene del cielo.
Muchas veces viene de años de indiferencia.

Hasta la próxima… ✒️

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