TUBO DE ENSAYO

*Octavio

René Delios

Si no leo la nota sobre que la fundación Octavio Paz va a editar sus obras completas a bajo costo a causa de que el Fondo de Cultura Económica no lo ha hecho, no recuerdo que murió un 19 de abril de 1998.
Y es que el compa no parece muerto; al menos éste escribidor de bodios lo pervive en su biblioteca como cosa viva, llameante, entre la penumbra de mis ideas. Me clarifica y me ubica, como Husserl o Hanna –su discípula- en la filosofía de mediados del siglo pasado, además de Sartre y hasta el propio Heidegger, aquel grande filosofo acusado de ser antisemita.

Hay veces que me pregunto si vale la pena recordar a los muertos, pero son en realidad los que nos identifican, los que nos mencionan en el arco de la vida. Por los muertos somos y con su nombre vivido caminamos a diario.

Pero es más cuando nos dejan un legado de la palabra, la que arde en sí misma, y proyecta su luz más allá del tiempo. Entonces sabemos que no es la vida, sino las ideas lo que es intemporal, lo que vive eternamente.

Paz es una especie de filósofo del ser mexicano. Es el que mostró nuestro rostro íntimo al mundo, y el que nos ubicó certeramente en el hechizo de la literatura mundial. Poeta cerebral, piedra de sol, poeta grande del siglo XX.

En las enciclopedias ahora dicen que fue premio Nobel de Literatura en 1990 y nació en la ciudad de México el 31 de marzo de 1914. Fue fundador, director y editor de varias revistas literarias, incluyendo Barandal (1931), Taller (1939) y El Hijo Pródigo (1943). Ministro encargado del despacho en Francia (1959) y luego ministro consejero. Embajador en la India (1962), puesto al que renunció en 1968 como protesta por la matanza de Tlatelolco. En 1963 recibe el gran Premio del VI Concurso Internacional de Poesía en Knokke (Bélgica). Autor de Luna silvestre (1933), Raíz del hombre (1937), Bajo la clara sombra, Entre la piedra y la flor (1941), A la orilla del mundo, Libertad bajo palabra (1949), El arco y la lira, El laberinto de la soledad (prosa, 1950), ¿Aguila o sol? (prosa, 1951), La hija de Rapaccini (teatro, 1956), Piedra de sol (1957), Las peras del olmo (ensayos, 1957), La estación violenta (1958), Salamandra (1962), Cuatro poetas contemporáneos de Suecia (con Pedro Zekeli, 1963), Postdata (prosa, 1970), Viento entero, El ogro filantrópico, Mariposa de obsidiana y Tiempos nublados. Premios: Ollyn Yliztli (1981), Miguel de Cervantes (1982) y de la Paz (1984).

Todo eso dicen en las enciclopedias y los analistas se dejaron caer sobre su obra, y algunos, los más íntimos de él, apenas rozaron tantito algo de su personalidad en corto.

¿Cómo era éste hombre en corto?

He leído que su generación, de mediados del siglo XX se agrupó en torno a la revista Taller, que vivió el profundo impacto de las grandes convulsiones de su tiempo y se enfrentó al esteticismo de los contemporáneos, quienes se opusieron al nacionalismo y lo combatieron arduamente, defendieron la libertad de expresión y el rigor en la forma poética y tuvieron un innovador estilo de entender y vivir la cultura. De este grupo cabe destacar a Xavier Villaurrutia y su Nostalgia de la muerte, poesía de la pluralidad de los sentidos; Salvador Novo, que además de poeta fue ensayista, crítico y cronista; Jorge Cuesta, agudo crítico y poeta; y Gilberto Owen, autor de varios libros de poesía, que pinta en Simbad el varado la elegía del amor viajero.

En este periodo, como síntesis y superación de todas las tendencias, sobresale la obra excepcional de Octavio Paz, ensayista y poeta que domina y trasciende las diversas épocas y las muchas tendencias y corrientes década tras década: Entre la piedra y la flor (1937), Libertad bajo palabra (1949) o Piedra de Sol (1957), su obra maestra. En ensayo, El laberinto de la soledad (1950), es una reflexión excepcional. Es también la época en la que surgen dos nuevos maestros de la prosa narrativa, Juan Rulfo y Juan José Arreola, “el juglar burlesco”, fabulador y hablador incansable.

Hay que recordar también que a partir de la década de 1960, México inició una fase de esplendor narrativo y literario. En sus inicios fue la década de Carlos Fuentes, que en un primer periodo publicó, entre otras obras, La región más transparente (1958), ambicioso y brillante mural novelístico, La muerte de Artemio Cruz (1962) o Cambio de piel (1967), seguidas años más tarde de nuevas creaciones que amplían los límites de sus posibilidades narrativas.

Nos queda Fuentes.

Como poeta Paz se afianzó al verso libre.

Y es que ésta medida abrió las posibilidades de la poesía ilimitadamente “siempre y cuando no se obvie la cosa” como indicó Ezra Pound.

El verso libre, es el nombre que recibe el poema o cada línea del mismo que no se atiene a esquemas rítmicos o métricos preestablecidos, guiándose más por el ritmo del pensamiento y por las pausas propias de la entonación y de la respiración: según Octavio Paz, “cada poeta y cada época tienen su propio ritmo respiratorio, porque el ritmo, más que medida, es visión del mundo”. Los primeros en usar el término fueron los simbolistas franceses Rimbaud, Verlaine, Laforgue, aunque el versolibrismo adquiere notas propias en la literatura española cuando, como en el caso de algunos poetas de la generación del 27, se recupera la base tradicional: la ametría y la fluctuación métrica de la poesía juglaresca. Algunos autores suelen llamar al verso libre versículo, término que, en rigor, ha de aplicarse a la poesía de Walt Whitman, de gran influencia en poetas de lengua española como Federico García Lorca y Pablo Neruda, entre otros.

Paz fue de esos, y murió un día como el pasado 19 de abril en la ciudad de México, hace seis años.

Salud, maestro –como le decían sus allegados-, donde quiera que te encuentres, pues en algún lugar has de encontrarte –como decía Gervasio Grajales-, aparte de las bibliotecas de éste mundo.

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¡Larráinzar; cumplimiento y paz!

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