*No se olvida
René Delios
Hoy se cumplen cuatro décadas de la masacre de Tlatelolco.
Pero ¿qué con la génesis del movimiento estudiantil de 1968, su caudal de conciencias y agravios a partir de hechos aparentemente inocuos y espontáneos?
Verificamos por enésima vez que la historia también está hecha de voluntades y que en consecuencia, siempre el futuro será inédito. Los intelectuales suelen empecinarse en encontrar vericuetos abstractos para jactarse, siempre a toro pasado, de que “las condiciones objetivas estaban dadas” y de que todo estaba escrito, pero semejante obstinación la consecuencia histórica suele de siempre ubicar y destacar hechos y personajes, cosa que aun no ha sucedido, por lo que el 68 sigue siendo con mucho inédito, claroscuro de México, con cosas que no nos ha dicho y que cuando lo haga inmediatamente pasaran a ser parte de nuestra historia.
En el 68 había más que condiciones objetivas, había un conjunto de jóvenes que decidieron tejer una urdimbre de inconformidades y acabaron cambiando el rumbo de México.
Nadita primi.
El ¡No se olvida! Se queda atrás, pues desde hace tiempo se ha analizado el hecho tremendo sin encontrar de dónde vino, y el responsable directo de tantas muertes, ha vivido como Tlatuani sin ser maldito, pues bien lo protegió el priato, que no pudo honrar su memoria pero si mantenerlo digno.
Controlaron medios, libros de textos, ediciones completas, aunque no lograron controlar las secuelas del hecho, pulsar inmenso en todos los aspectos de la vida sociopolítica y cultural del país. México no volvió a ser igual, empezó ahí una evolución, pero no todos la captamos en su momento, sino mucho más tarde y aun con eso, su influencia fue enorme en la formación ideológica de millones de mexicanos.
Hace una década, Agustín Vasabe escribía: “A los miembros de mi generación la noche de Tlatelolco nos pasó de noche. Yo tenía 10 años en 1968, y si acaso me enteré de lo sucedido fue de manera tangencial y remota. Supe lo que había pasado mucho tiempo después cuando, ya mayor de edad, leí algunos libros sobre el tema y conocí a varios de los protagonistas del movimiento estudiantil… Creo tener una visión global y, hasta donde es posible, objetiva de la tragedia… Se trató de… una manifestación desordenada y un tanto anárquica de la inconformidad de los jóvenes frente a un sistema autoritario… No hubo en ella, como con excepción de la Reforma no lo ha habido en ninguno de los capítulos de nuestra historia, un corpus doctrinario o ideológico bien definido, un proyecto de nación claro y previamente suscrito por el cual se luchara, sino una suma de desencantos que llevaron a mucha gente a la calle guiada más por intuición que por cálculo o razonamiento. Y del otro lado, una respuesta violenta que mostró las primeras cuarteaduras del régimen posrevolucionario, el síntoma de que surgían nuevas demandas sociales que el sistema político mexicano no podía procesar sin el uso de la represión”.
Hoy, a diez años de esa publicación -como la de muchas otras subsecuentes año tras año-, no sabemos qué pasó el 2 de octubre, aunque sí que paso tomó esa fecha en el devenir de México.
No hay duda de que el presidente Díaz Ordaz decidió aplastar el movimiento, calculando que el encarcelamiento de los líderes y una cuota de sangre eran necesarios para lograrlo y sacarse de una vez por todas la piedra del zapato, a unos días de las Olimpiadas que se inauguraban en México.
Es decir, entre los dos escándalos mediáticos que el gobierno estaba condenado a enfrentar en el ámbito internacional -crónicas y fotografías que se diluirían con las Olimpiadas o imágenes televisivas que se transmitirían a lo largo de toda la duración de los Juegos- escogió el que creyó que tenía el costo político más bajo. Se equivocó, porque no tomó en cuenta que el precio de la segunda opción se incrementaría en el futuro.
Sustentó lo inédito.
Pero el todo poderoso presidente mexicano no podía preocuparse por eso en ese momento. Es más, él era el poseedor incluso, del futuro de México, pues le correspondería a él elegir a su sucesor: no previó que habría una transición democrática, que los medios nacionales se librarían de la censura y que la historia dejaría de ser escrita por el régimen que él encabezaba.
Si bien el 68 es algo confuso para los niños de 10 años que vivían en ese entonces en la ciudad de México, para un jarocho del Papaloapan lo fue más: tenía siete años, hijo de una maestra y un licenciado, las posibilidades de que me enterara de asuntos subversivos al régimen a esa edad, sencillamente era poco posible.
Los años, como la lectura sociopolítica de esos hechos, influyeron en éste escribidor de bodrios, al grado tal de que por eso mantenemos vigente -aun las criticas por supuesta obsolescencia- el siguiente
Envío:
¡Larráinzar; cumplimiento y paz!
