Sumidero

Cruzada contra el Hambre, fracaso de política económica

Clientelismo electoral y disuasión social, objetivos

ÉDGAR HERNÁNDEZ RAMÍREZ

Más que una estrategia para lograr un país económica y socialmente justo, la Cruzada Nacional contra el Hambre que lanzó en Chiapas Enrique Peña Nieto, es un gran montaje gubernamental para atenuar las consecuencias del fracaso de la política económica implantada desde hace cuatro sexenios por el PRI y el PAN, entre cuyas “bondades” estaba la reducción significativa de los altos índices de pobreza. Y si bien no modificará el mapa de la desigualdad, en el plano político funcionará como un mecanismo de control social, de inhibidor de protestas, y como generador de dóciles clientelas que serán capitalizadas en elecciones venideras.

No obstante el despliegue institucional y mediático para el arranque de lo que también se conocerá como “Sin Hambre”, la política social del gobierno priista no tiene mayores ambiciones que ser un paliativo a las miserables condiciones en que viven 7.4 millones de mexicanos, según sus propias cifras. Así lo dicen sus cinco objetivos fundamentales: 1) alimentación y nutrición adecuada de las personas en pobreza multidimensional extrema y carencia de acceso a la alimentación; 2) eliminación de la desnutrición infantil aguda y mejoramiento de los indicadores de peso y talla de la niñez; 3) aumento de la producción de alimentos y del ingreso de los campesinos y de los pequeños productores agrícolas; 4) reducción de las pérdidas poscosecha y de alimentos durante su almacenamiento, transporte, distribución y comercialización; y 5) el impulso a la participación comunitaria y la movilización popular para la erradicación del hambre. Nada más.

Según el discurso oficial, la iniciativa peñista “no es tan solo una entrega de despensas, sino una estrategia que aspira cambios estructurales, a transformaciones de fondo, entre ellas la de aumentar la producción de alimentos por parte de campesinos y pequeños productores así como el cambio en el entorno de las comunidades que hoyAñadir un evento para hoy padecen hambre pero también otro tipo de carencias y rezagos sociales”.

Sin embargo, no se habla de justicia social, de mejor distribución de la riqueza, de cambios estructurales de la política económica, de más empleos y mejor pagados, de la reactivación del campo con miles de hectáreas infértiles, ni siquiera se menciona un porcentaje meta de reducción de la pobreza. Los objetivos que se plantean no son desdeñables, pero son muy limitados para las necesidades de 40 millones de mexicanos pobres y pobres extremos. Los mediocres alcances propuestos corresponden más bien a un plan emergente para un empobrecido país de África, en donde el logro máximo, ante la severidad del problema, no da más que para llenar estómagos de manera efímera, y promover altruismos fugaces que sirven más para vender imágenes públicas que para atacar el problema de fondo.

Y por supuesto, tampoco se contempla en la estrategia los aspectos psicológico, emocional, cultural que se requieren transformar para lograr resultados eficaces, permanentes y duraderos. Un cambio estructural en las condiciones de vida de familias que sólo han conocido la miseria, no sólo necesita de apoyos y recompensas materiales, sino exige también un proceso de reeducación que les permita despojarse de prejuicios, estigmas, hábitos, actitudes y discapacidades emocionales perniciosas que genera o fomenta la pobreza, llámese complejo de inferioridad, tendencia a la sumisión, cultura de la dádiva, machismo, mutilación de la capacidad creativa o la aceptación de la “maldición” del sinfuturo.

Donde sí funcionará Sin Hambre, o al menos tiene mayores probabilidades de éxito, es en sus ocultas y perversas intenciones políticas. Como históricamente lo ha demostrado el PRI, la política social estará orientada a forjar clientelas que creen un reservorio de votos utilizables en elecciones cruciales para el gobierno. En los pasados comicios presidenciales comprobó una vez más que lucrar políticamente con la pobreza es muy redituable, por lo tanto no tendría por qué cambiar la estrategia, mucho menos ahora que está en el poder. En este sentido y mientras no se demuestre lo contrario, los intrascendentes beneficios de la Cruzada pueden interpretarse como una recompensa al tributo electoral que hizo posible la llegada de Peña a la Presidencia de la República, a la par que fortalece los incentivos que consolidarán la relación clientelar gobierno-pobres durante el sexenio. La exoneración que le otorgó el Instituto Federal Electoral en el “caso Monex”, es un incentivo para que el priismo siga incurriendo en esa práctica antidemocrática e ilegal que es la compra de votos.

Pero además de sus objetivos clientelares, Sin Hambre también tiene la intención de cooptar y restarle base social a los movimientos de oposición alternativos como el zapatismo o a aquellos de corte radical como los grupos guerrilleros, que se nutren y actúan en zonas marginadas de la República. Bajo estas consideraciones, no es gratuito que la Cruzada se haya lanzado en Las Margaritas, Chiapas, una demarcación con alta presencia del EZLN, y exactamente un mes después de que miles de simpatizantes de esa organización “ocuparon” los cinco municipios donde aparecieron en 1994 declarándole la guerra al gobierno federal. Y en esta lógica puede interpretarse también que entre las principales dependencias gubernamentales que participarán en la Cruzada, se mencionen a las Secretarías de la Defensa Nacional y de Marina, instituciones que poco tendrían que hacer en una iniciativa que se promociona fundamentalmente como civil.

Y a toda esta serie de cuestionamientos, habría que advertir también la manipulación mediática que harán de la Cruzada las grandes televisoras, pues seguramente inventarán una especie de “Pobretón” para darle protagonismo a la “filantropía” de la clase empresarial mexicana.

Una iniciativa de política social que nace con una intención revanchista, manipuladora, carente de una genuina convicción ética y humanista, debe ponerse en tela de juicio porque evade resolver uno de los grandes problemas nacionales como la pobreza y, por otro lado, estaría sentando las bases de la restauración de las viejas prácticas priistas para prolongar su estancia en el poder.

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