Rumando

Enrique Alfaro

La ceguera de la soberbia
A las permanentes acusaciones de excesiva arrogancia, Pablo Salazar respondió ignorando de manera engreída los evidentes signos de que se quedaba sin apoyos. Así como fue capaz de construir una amplia alianza partidista a favor de su candidatura gubernamental en 2000, Salazar vio en fechas recientes deslindarse de su persona a los principales partidos de Chiapas (PAN, PRD, PRI y PVEM) y continuó la defensa petulante de su “honra” y la de su gobierno. En el imaginario Salazarista, encabezó una administración ideal, honesta y sin excesos. Nadie en Chiapas, ni siquiera los funcionarios pablistas, pueden sostener ahora tal falacia. Montado en su jactancia, Pablo ignoró su realidad y negó lo evidente: No era, ni volvería a ser, el contestatario respetado. Es la más grande desilusión de los chiapanecos que creyeron en el cambio esperanzador del año en el que el PRI perdió el poder presidencial. Salazar, montado en su engreimiento, menospreció la decisión de sus contrarios, de sus adversarios que nunca serán pocos. Perdió la capacidad de tener el pulso de lo real, más allá de sus ínfulas. Su soberbia lo poseyó. La circunstancia de Pablo es aleccionadora en el presente y futuro.

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