Punto de vista

Mario Tassías

Los más variados motivos llevan a acordarnos de Dios, principalmente en situaciones de aflicción. Por supuesto que los ateos tendrán sus referencias mentales, sin embargo, la declaración es contundente: Dios habita en el cerebro. Acaso conquista el corazónMás allá de la mente pueden ocurrir todo tipo de aproximaciones. Si se ocupa el cerebro, todo lo demás está cubierto.
El cerebro es capaz de inventar el mundo, maniobrarlo y transformarlo. No tiene límites. El cerebro puede quedarse, irse y volver.
La religión es un sistema simultáneo de creencias y prácticas, símbolos articulados, anímicos en torno a la naturaleza humana. Como hecho antropológico incluye elementos como tradición, historia, mitología, misticismo, fe. ¿Obligación de conciencia? “La religión sin la ciencia estaría ciega, y la ciencia sin la religión estaría coja también”, dijo alguna vez Albert Einstein. Esa es una discusión que aún no acaba.
La inquietud ahora es válida por los nuevos “Hallazgos neurocientíficos (que) explican por qué el hombre se refugia en las religiones”.
En el reportaje de Javier Sampedro, publicado el lunes 23 de febrero por el diario El País, de España, el autor dice que “El Dios de Abraham era justo, inapelable, incorruptible, trascendente, omnisciente, omnipotente, omnipresente y omnibenevolente. El cristianismo antiguo se centró en la pericoresis o fusión de tres personas en una sola entidad divina. Para la vía negativa de Maimónides sólo nos es dado discutir sobre lo que Dios no es. El Todo de los herméticos es más complicado que la suma de cuanto existe, y el Buda puso el énfasis en la liberación del sufrimiento en la tierra. Vista así, la religión tiene poco de universal”.
Más adelante expresa que “La investigación reciente en psicología cognitiva, neurobiología y antropología cultural ha revelado que la mayoría de los creyentes, sea cual sea su culto, tienen interiorizado un modelo extremadamente antropocéntrico de Dios”.
Lo antropocéntrico está relacionado con una doctrina filosófica “que supone que el hombre es el centro de todas las cosas, el fin absoluto de la naturaleza y punto de referencia de todas las cosas” evidentemente opuesto al teocentrismo.
Refugiarnos, significa que buscamos amparo, asilo. Si el refugio es el personaje de una religión, simboliza que tememos por las cosas mentales, por las divinidades o son escrúpulos de la superstición, esa preferencia a la interpretación irracional de acontecimientos y creencia en su carácter sobrenatural, hermético o santificado que en la vida real está íntimamente ligado al pensamiento mágico y éste con lo asombroso, lo maravilloso, lo sorprendente, lo extraordinario, con lo fantástico.
El jurista, político, filósofo, escritor y orador romano Cicerón, considerado uno de los más grandes retóricos y estilistas de la prosa en latín de la República romana, decía que “Quienes se interesan en todas las cosas relacionadas con el culto, las retoman atentamente y como que las releen, son llamados “religiosos” a partir de la relectura”.
Nos guste o no, en algún momento de nuestra existencia, tenemos la necesidad de refugiarnos en nosotros mismos o en las creencias que superviven a pesar nuestro.
El guarecernos es condición innata. Acaso nos viene de naturaleza. Nuestra evolución pasa por lo genético, por el azar y por la simulación mental. No podemos ser tan excesivos y ver la vida desde los extremos. La vida ocurre de acuerdo a las circunstancias.
Decía Jaume Perich, humorista español que “La religión sirve para ayudarnos y consolarnos ante unos problemas que no tendríamos si no existiese la religión”.
Hay quien afirma que si las religiones no existieran, el mundo sería un caos. Otros opinan lo contrario y rememoran hechos donde fue una “religión” la que inició el conflicto.
Quizá lo que menos gusta de las religiones son esos comportamientos rituales que incluyen actos arbitrarios, obligatorios, de orden rígido, o de repetición. El sometimiento es una subordinación a un poder. Aún aquel que siendo terrenal, opera con alianzas celestiales.
Pero el tema central radica en ese refugio mental al que nos sometemos, para resguardar un sentimiento concebido desde el intelecto, eso que es más que una figura o una presencia representativa, visiblemente limitado por nuestra percepción aunque tenga convocatoria universal. Tal vez descobijarse es dejar en paz a Dios.
comunicologo10@yahoo.com.mx

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