Punto de vista

Mario Tassías

En la sociedad actual, aquel refrán mexicano que dice “Los muchachos y los borrachos, dicen las verdades”, ya no está actualizado. Los tiempos han cambiado y no es que aquellos hayan sido mejores y estos peores. Ambos tiempos, si se pudieran medir, tuvieron momentos de brillantez y de oscuridad. No se puede ser tan radical en la apreciación.
En su libro Metafísica, Aristóteles concebía la verdad como: “…decir que lo que es es y que lo que no es no es, es verdadero”. Es a raíz de esta afirmación que se construye lo que los filósofos denominan “concepción semántica de la verdad”. La idea de que un enunciado es verdadero si hay correspondencia entre lo que se dice y aquello sobre lo que se habla. Platón afirmaba que la verdad es la idea.

No es la intención profundizar sobre el tema, no es este el lugar, ni el momento. El tema es ocurrente porque David Montalvo, al dictar la conferencia “Hijos huérfanos de padres vivos”, en el Tecnológico de Monterrey Campus, Chiapas, hablaba del término verdad como una de las diez culturas para fortalecer el amor en la familia. Eso es lo que deseo compartir.

Lo cierto es que desde su origen latín, verdad es una concepción semántica que tiene que ver con la filosofía. Una de las acepciones del Diccionario de la Lengua Española dice que es el “Juicio o proposición que no se puede negar racionalmente”.

A la verdad entendida como “adecuación del intelecto a la cosa” los medievales la denominan “verdad lógica” según un texto de Tomás de Aquino.

Lo que me inquieta tiene que ver con la construcción del sujeto. Imanuel Kant dice que la verdad es intramental y la cosa en sí (“la verdad metafísica”, referida al noúmeno, es decir, aquello que es objeto del conocimiento racional puro en oposición al fenómeno, objeto del conocimiento sensible) permanece incognoscible. Noúmeno viene del griego y significa cosa pensada.

Llegados hasta aquí, entonces qué es la verdad. Dejo la reflexión para ti sabio lector. Sin recurrir nuevamente al diccionario puedo considerar a sus antónimos como falsedad, mentira, engaño, hipocresía, embuste, entre otros, para entender, la trascendencia de la verdad, no “su verdad” o “tu verdad” en el seno de la familia a la que hacía referencia el conferencista.

Cuando se es padre o madre en la familia, en el más cruel de lo irracional, suponemos que nuestra verdad es la que debe imperar por sobre la de todos. Debido a la falta de experiencia, de nuestros hijos, presumimos con la extravagante idea de que los dieces o notas de excelencia obtenidos en la universidad, nos dan derechos. Que deben cumplirse nuestros dictados al pie de la letra. Somos los que sabemos, somos los que tenemos la verdad.

En ese contexto ocurren los peores desaguisados en el seno familiar. Aparece el egoísmo matriarcal o patriarcal. Se hace lo que papá o mamá dicen o se cae en un delito dentro del código familiar. Son los colores, los olores, los gustos o los disgustos los que determinan que se hace y que no en la familia. Poco importa la verdad que pudiera asomar en los labios o en la actitud de los hijos. “Ellos no tienen experiencia” desdeñamos. Cuando lo más probable es que para definir una verdad no haga falta experiencia.

En ocasiones, nuestros hijos tienen más sentido común. Subidos al trono de la soberbia, no prestamos atención. El conocimiento y la verdad se dan en un plano “trascendental” o “puro”, equidistante tanto del realismo como del idealismo y es aquí donde cabe la reflexión final.

¿Tenemos la suficiente capacidad para comprender esa verdad que nos esconde de nuestra realidad? ¿Somos capaces de merecer la familia que tenemos, aunque en ocasiones no aceptamos la verdad de los otros miembros de nuestro núcleo?

No importa de quien venga. No importa el tamaño o la edad. Podría ser el integrante más pequeño. Antonio Machado, el prosista español decía que “La verdad es lo que es, y sigue siendo verdad aunque se piense al revés”.

comunicologo10@yahoo.com.mx

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