Mario Tassías
La cultura de la coherencia no es una modalidad dentro de las relaciones humanas. Ha existido a la largo de los días de la humanidad. Es un proceso que los mortales vivimos a cada jornada. La coherencia tiene que ver con la unión, con la conexión, la afinidad, como elementos de cohesión. Es como la mezcla que le falta a los ladrillos de tu edificio en construcción.
Quien es coherente, tiene puntos de apoyo para salir adelante en lo que se proponga. Palancas que le mueven a no dejarse vencer. Es congruente y apunta teoría y práctica a la consecución de sus metas para alcanzar sus objetivos. No importan barreras y tiempo. Quien está decidido a alcanzar sus sueños, es capaz de traspasar fronteras. Pregúntele a una madre, cuando lucha por el bienestar de sus hijos.
Cuestione a quien le dice que hoy es un buen día para empezar. A quien se afana en sacar la casta ante la adversidad. A quien se cae y se levanta. Se dobla, pero no se quiebra. Esos seres son coherentes. Definen lo que quieren y lo buscan con afán. No se trata de una receta que le funciona a todos, cada cual tiene sus circunstancias y en esos incidentes es donde se forman lo grandes hombres y las grandes mujeres.
Son aquellos que a lo mejor no tienen las más altas calificaciones en la universidad. Pero que ya aprobaron el examen de la vida. Es más a lo mejor ni han ido a la escuela. La oscuridad de sus entendimientos son luces que iluminan muchos caminos. No necesitan educación formal para saber que trabajo y esfuerzo van juntos. Que la meta no es un destino, sino el camino para seguir marchando a la consecución de un ideal.
Que es una incoherencia pretender tener lo propio en perjuicio de los demás. Que hay que unir esfuerzos para hacer algo juntos y no para quedarse mirando las estrellas, en contemplación ociosa. Que a pesar de ser apenas un punto de referencia en la creación ese sitio es suficiente para saber que existimos y que ocupamos un lugar en el firmamento.
Que si no puede hacer hoy lo que estrictamente tienes que hacer este día, será difícil que lo haga mañana. Su coherencia le impide darse treguas. Hoy es tuyo, ayer ya murió y mañana quien sabe si amanezca. Las horas venideras no están a nuestra disposición, son aves que emigran y no vuelven al nido. Dejar de hacer las cosas que ya sabes que tienes que hacer y no hacerlas es incoherente.
La cultura de la coherencia no tiene que ver con el tamaño o la envergadura de tus propósitos, incluso aquello que en apariencia es insignificante, puede ser importante para el resto de tu existencia. Son los detalles los que hacen la excelencia, dice Isabel, mi esposa.
No se trata de que lo que tengas que hacer como cultura de la coherencia lo dejes de hacer porque estás muy ocupado en otras cosas, los chinos decían que si quieres que algo se haga, encárgaselo a una persona ocupada. Ocúpate y despreocúpate dice un proverbio anglosajón.
Quien es coherente con lo que dice y hace, normalmente está satisfecho consigo mismo, al estarlo, está bien con los demás. Su entorno lo envuelve. Lo cobija, le arropa, y en ese acontecimiento su influencia es de orden positivo. Es el hombre o mujer con que el uno quisiera estar siempre. La afinidad es casi mágica. Hay cohesión. Nace una relación y cuando dos seres se encuentran en circunstancias de correspondencia son capaces de transformar su mundo.
La cultura de la coherencia tiene que ver con los derechos, José Martí decía que “El que tiene un derecho no obtiene el de violar el ajeno para mantener el suyo”.
Quien es coherente, tiene muchas cosas que hacer. Tanto que trabajar, es un placer. Caminar es reafirmar la forma. Difícilmente abandonará la lucha por alcanzar sus ideales. El liderazgo es una elección, pero esa ya es otra historia.
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