Punto de Vista

Mario Tassías

Hubo consenso y se decidió que viniera el maíz morado,
el maíz amarillo, el maíz rojo y el maíz blanco,
y de esto se hicieron nuestros huesos,
nuestra sangre, nuestra carne.
Popol Vuh

El maíz no es una cosa, un producto; es un tramado de relaciones, es la vida de millones de campesinos cuyo centro civilizatorio milenario es la comunidad y la vida en la siembra.

México es centro de origen del maíz, uno de los cuatro alimentos cruciales para la humanidad. Los ataques al maíz y a los pueblos que lo cultivan, son ataques contra las estrategias más antiguas y con más posibilidades de futuro de la humanidad.

El maíz también es un cultivo comercial importante para el sustento de millones de familias de agricultores. Su rentabilidad puede fortalecer la seguridad y soberanía alimentaria del país si se contara con las políticas públicas apropiadas para lograrlo.

Así se manifiesta en Cinco tesis sobre la violencia contra la soberanía alimentaria y la autonomía, la Red en Defensa del Maíz, Vía Campesina América del Norte, Colectivo Oaxaqueño en Defensa de los Territorios y más de mil comunidades ante el Tribunal permanente de los Pueblos-México en un documento que fue presentado el 21 de octubre de 2011 por la Audiencia “Violencia contra el Maíz, la Soberanía Alimentaria y la Autonomía” en la sesión de instalación del capítulo México del Tribunal Permanente de los Pueblos, en la Universidad Nacional Autónoma de México y que puede ser consultado en: http://www.grain.org/es/bulletin_board/entries/4446-las-razones-del-maiz#_ftn3

En síntesis, la primera tesis es que las negociaciones del Tratado de Libre Comercio de América del Norte, TLCAN requirieron que el Estado mexicano desmantelara jurídicamente todas las leyes que promovían derechos colectivos y protegían ámbitos comunes, en particular los territorios, de los pueblos indígenas y campesinos, sus tierras, aguas, montañas, y bosques.

El TLCAN desmanteló todo el sistema de programas, proyectos y políticas públicas que apoyaban la actividad agrícola, en detrimento de los pequeños y medianos agricultores mexicanos y en beneficio de la agricultura estadounidense. Este desmantelamiento llegó al extremo de apostarle a las importaciones de maíz, pese a que es un producto básico para la alimentación de la población mexicana.
La segunda tesis tiene como fin último la erradicación de toda producción independiente de alimentos. Para lograrlo, las grandes corporaciones propusieron el despojo, la erosión y la criminalización de una de las estrategias más antiguas de la humanidad, que es el resguardo y el intercambio libre de semillas nativas ancestrales.

No parece importarles el atentar contra todos los saberes propios de la agricultura tradicional campesina y agroecológica, para así promover el cultivo y la comercialización de semillas de laboratorio (híbridos, transgénicos y más), mediante leyes expresas que le abren espacio a las grandes corporaciones para lograr sus fines. Los dos ejemplos más contundentes son la Ley de Bioseguridad de Organismos Genéticamente Modificados, o “Ley Monsanto” y la Ley Federal de Producción, Certificación y Comercio de Semillas.

Una tercera tesis es que estas leyes promueven una invasión transgénica —que comenzó en 2001— e inevitablemente contaminará a las 62 razas y miles de variedades que existen en México. Los regímenes de propiedad intelectual y los registros y certificaciones terminarán despojando de su diversidad a las semillas nativas.

La cuarta tesis es que atentar contra los sistemas de agricultura campesina ancestral y sus variantes agroecológicas modernas, contra bienes comunes como las semillas nativas, devasta la vida en el campo y debilita las comunidades, agudiza la emigración y la urbanización salvaje, favorece la invasión de los territorios campesinos e indígenas para megaproyectos, explotación minera, privatización de agua, plantaciones de monocultivos, deforestación y apropiación de territorios en programas de mercantilización de la naturaleza, como REDD y servicios ambientales.

Una quinta tesis es que todo el sistema que está en el fondo de este desmantelamiento jurídico, de este intento por erradicar la producción independiente de alimentos y por monopolizar la rentabilidad de un cultivo tan versátil —eliminando así toda la gama de sembradores que no sean corporaciones, desde pueblos indígenas hasta agricultores de mediana o pequeña escala—; todo el sistema que está en el fondo de los encarecimientos desmedidos en los precios de los alimentos y de la crisis alimentaria generalizada, es responsable de una buena parte de la crisis climática.

Hay suficientes pruebas de que el sistema agroalimentario mundial, debido a su integración vertical (con su acaparamiento de tierras y agua, sus semillas de laboratorio híbridas y transgénicos, su promoción de agrotóxicos que erosionan el suelo, su deforestación, sus monocultivos, el transporte que emplea, el procesado industrial, el empacado, el almacenamiento y la refrigeración) es responsable de entre 45% y 57% de los gases con efecto de invernadero.

En contrario, las comunidades campesinas e indígenas y los agricultores en pequeña escala, producen la parte sustancial de los alimentos del mundo, pese a la poca tierra a nivel mundial y a las condiciones de opresión que intentan imponer. Mantener cultivos ancestrales, con semillas nativas, podría enfriar la tierra si ocurriera una voluntad política para defender los modos de vida en el centro de esta agricultura, para seguir cultivando la milpa: diverso, generoso, alimento en convivencia con otros alimentos, con plantas que curan, con árboles que protegen, con animales que además son fuerza. Es crucial que las comunidades tengan un control territorial, un autogobierno, una autonomía. Frenar el acaparamiento de tierras y la invasión de los territorios de las comunidades.

La defensa del maíz rebasa los culturalismos. La defensa es una opción de independencia material y política real de los pueblos frente al mercado y su amenaza de dominar eternamente. El maíz es sustento material y fuerza identitaria y sagrada. Al contaminarlo con transgénicos, al desmantelar la economía maicera desde las políticas gubernamentales, al despreciar la milpa, se atenta contra un proceso inédito, específico en el mundo, la propuesta civilizatoria mesoamericana. El ataque al maíz y a los pueblos que lo criaron es un crimen, contra uno de los pilares de la civilización en su conjunto. Al defender a los pueblos del maíz, al defender el intercambio infinito de semillas campesinas, defienden la supervivencia y las posibilidades de plenitud de la humanidad entera.

Como bien lo dice este fragmento de un poema náhuatl. “El maíz es nuestra sangre, nuestra carne, nuestra madre, nuestro hijo, / es el que habla, ríe, se pone de pie y camina”

¡Comparte la nota!