Mario Tassías
El psiquiatra César Mella Mejías, en su artículo “Estamos criando vagos”, concuerda en que hay que llamarlos varias veces en la mañana para llevarlos a la escuela. Se levantan irritados pues se acuestan muy tarde hablando por teléfono o conectados a la Internet. No se ocupan de que su ropa esté limpia y mucho menos en nada que tenga que ver con ‘arreglar algo en el hogar’. Idolatran a sus amigos y viven poniéndoles ‘defectos’ a sus padres a los cuales acusan a diario de que ‘están pasados de moda’.
Esos seres descritos en http://www.fedessp.org/documentos/Estamos criando vagos.pdf son los seres más entrañables en nuestras vidas. A continuación una síntesis del artículo.
Mella Mejías, médico psiquiatra, profesor de Psiquiatría y Bioética en la Facultad de Ciencias de la Salud de la Universidad Autónoma de Santo Domingo, República Dominicana expresa que no hay quien les hable de ideologías, de moral y de buenas costumbres, pues consideran que ya lo saben todo.
Hay que darles su ‘semana’ o mesada de la que se quejan a diario porque ‘no alcanza’. Si son universitarios inventan paseos de fin de semana que lo menos que uno sospecha es que regresarán con un embarazo o habiendo fumado un pito de marihuana.
Definitivamente estamos rendidos y la tasa de retorno se aleja cada vez más, pues aún el día en que consiguen un trabajo hay que seguir manteniéndoles. Me refiero a un segmento cada vez mayor de los chicos de capas medias urbanas que bien pudieran estar entre los 14 y los 24 años y que para aquellos padres que tienen de dos a cuatro hijos constituyen un verdadero dolor de cabeza. ¿En que estamos fallando?
Para los nacidos en los cuarenta y cincuenta el orgullo reiterado es que se levantaban de madrugada a ordeñar las vacas con el abuelo; que tenían que limpiar la casa; que lustraban sus zapatos; algunos fueron limpiabotas y repartidores de diarios; otros llevábamos al taller de costura la ropa que elaboraba nuestra madre o teníamos un pequeño salario que aportábamos en el hogar. Lo que le pasó a nuestra generación es que elaboramos un discurso que no dio resultado: ‘¡Yo no quiero que mi hijo pase los trabajos que yo pasé!’.
Nunca conocieron la escasez. A los 10 años ya habían ido a Disney World dos veces cuando nosotros a los 20 no sabíamos lo que era tener un pasaporte. El ‘dame’ y el ‘cómprame’ siempre fue generosamente complacido y ellos se convirtieron en habitantes de una pensión con todo incluido que luego queríamos que fuera un hogar. Al final se marchan al exterior a la conquista de una pareja y vuelven al hogar divorciados o porque la cosa ‘se les aprieta’ en su nueva vida.
Quienes tienen hijos pequeños pónganlos los domingos a fregar el piso, a limpiar sus zapatos. Un pago simbólico por eso puede generar una relación en sus mentes entre trabajo y bienestar. En los roles actuales deben desde temprano aprender a lavar, planchar, cocinar para que entiendan la economía doméstica en tiempos que podrían ser más difíciles.
La música metálica, los conciertos, la tele, la moda y toda la electrónica de la comunicación han creado un marco de referencia muy diferente al que nos tocó. Estamos compelidos a revisar por los resultados si fuimos muy permisivos o si sencillamente hemos trabajado tanto que el cuidado de nuestros hijos queda en manos de la calle y en un medio ambiente cada vez más deformante.
Ojala que este mensaje llegue a los que tienen ‘muchachos chiquitos’ y a los que todavía no pero tienen sobrinos o primitos o hermanitos pues ya los abuelos pagaron la transición… al final la coincidencia en la experiencia argumenta en voz de Louis Pasteur (1822-1895) Químico y microbiólogo francés: No le evitéis a vuestros hijos las dificultades de la vida, enseñadles más bien a superarlas.
