Mario Tassías
Acteal, duele y mucho. Duele la muerte de inocentes. Lesiona la falta de acción para condenar a los culpables. Hace daño recordar. Pero ¿cómo olvidar aquel 22 de diciembre de 1997? El eco repite justicia y un silencio cómplice se esconde.
Sobre cómo ocurrieron los hechos, se ha dicho hasta la saciedad. Diversos tonos de voz se han elevado. Parece que nadie las escucha. Es difícil sustraerse a la condena. Pesa la conciencia. Es una proyección mental con el sangrante olor a muerte. 15 niños, 21 Mujeres, 4 de ellas embarazadas, 9 hombres, más 25 heridos suman una tragedia de la irracionalidad.
¿Quién maquinó para provocar los hechos? ¿Quién dio la orden? ¿Quiénes dispararon? ¿Por qué los que vigilaban la zona no acudieron en auxilio de las víctimas? ¿Había, causa, razón o motivo, por supuesto que no, para demostrar tanta brutalidad, tanto odio? ¿Quién fue omiso para prevenir? ¿De qué sirvió el pacto de no agresión? ¿Cuántas preguntas continúan sin respuesta? Es la impunidad la que contesta.
Los sacrificados de Acteal, traían consigo el estigma de ser extranjeros en su propio país. La resonancia zapatista y sus consecuencias, les habían desplazado. Eran personas sin derechos en un país de leyes. Sobrevivían sin tierra. Sin vivienda. Sin los mínimos servicios para atender su salud. Bajo esas condiciones oraban por la paz, cuando les llegó la muerte.
A diez años de distancia, Acteal es un pendiente. No puede ignorarse que hay algo más que un vacío en la conciencia colectiva. Es una vacante en la aplicación del derecho. La dilación también es una negación a la razón. Es una portentosa invitación a que la sociedad se convierta en juez y condene. Ha condenado los hechos. No es para menos. Es la muestra de una frustración para quienes aspiran a mejores días. Una cita para quienes nos gobiernan. Un llamado a la prevención. Un desgarre en la historia de Chiapas.
Al cumplirse 10 años, 85 procesados y sentenciados piden su libertad. Dicen ser inocentes. También ellos claman justicia. Revierten las acusaciones a quienes les condenan. “Los verdaderos culpables, están libres”, han dicho. Sus voces tampoco se escuchan.
Han agotado sus fuerzas. Manifiestan su inconformidad ante la representación de la Suprema Corte de Justicia de la Nación en Tuxtla Gutiérrez. Demandan revisión de sus juicios viciados desde la raíz. Son expedientes dictados por la sin razón. Alejados de la justicia. Ofuscados por el poder.
Son evangélicos, como si fuera denominación de origen. Piden absolución. Reclaman excarcelación.
Son 70 los que permanecen indiciados bajo la condena de ser los autores materiales de la matanza. No exigen, simplemente solicitan que se llame a cuentas a los intelectuales del crimen de lesa-humanidad que gozan de libertad.
A nadie le cabe el cuento de que la matanza de Acteal se dio por motivos religiosos. Ninguno va a creerle a la autoridad, aunque lo repita más de una y mil veces y se sigan sumando los años. La historia no absuelve a los criminales. Por eso Acteal, duele y mucho.
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