Mario Tassías
Y aquel que profesó el amor, pasa a segundo plano cuando fanáticos se enfrentan en defensa de lo que la ignorancia les ofrece como religión.
Chiapas, no ha estado ajeno de acontecimientos como el que al inicio de esta tercera semana de diciembre ocurre en la comunidad de San Nicolás, municipio de Ixmiquilpan del estado de Hidalgo.
La cabeza de la nota en el periódico La Jornada señala: Hidalgo: crece tensión por católicos que no permiten entierro de mujer evangélica. Es el mes de diciembre de 2008, a la puerta de la primera década del siglo XXI.
Cuando la compleja mentalidad del ser humano es tocada por creencias o dogmas acerca de la divinidad, se confronta si no existe un antecedente que le ilumine. Arroja consecuencias lamentables. Aquélla es una de éstas.
Sacerdotes y pastores que predican con rencor, inducen sentimientos de superioridad. La condición humana, magnifica origen y destino. Imposibilitados para despojarse de la mortaja, victimizan a sus feligreses que a falta de información, sustituyen frustraciones por una falsa religiosidad. Aquí caben todas las denominaciones.
Los hidalguenses que no han dejado enterrar a Otilia Corona Chávez, ni son católicos, ni profesan ninguna religión. Son entusiastas de algo en lo que dicen creer y pretenden defender.
Sin embargo, la ignorancia es atrevida y cruel. Busca compañía. No entiende de razones y mucho menos puede dar amor. ¿Cómo? si es la principal carencia.
Tampoco es cuestión de leyes. El artículo 24 Constitucional señala que “Todo hombre es libre para profesar la creencia religiosa que más le agrade y para practicar las ceremonias, devociones o actos del culto respectivo, siempre que no constituyan un delito o falta penados por la ley”. ¿Ser evangélico en San Nicolás Ixmiquilpan, Hidalgo es delito?
Es cuestión de fanatismos impulsados por quienes gozan de privilegios y representan al poder que controla todo. Sucedió cientos de veces en Chamula. No participar en las celebraciones “del costumbre”, significaba un mal ejemplo para la comunidad. Pérdida de ingresos para quienes regenteaban las fiestas. No “colaborar”. Era un delito de insubordinación y se castigaba con la expulsión. La condena era en nombre de la religión.
No es necesario recurrir a la historia. Miles de indígenas, que ahora viven en “La Hormiga”, en “Betania”, a las orillas de San Cristóbal de Las Casas y en los alrededores de otras ciudades, fueron víctimas de quienes controlaban las llamadas fiestas de los católicos. Expulsados de sus viviendas por rebelarse a la opresión, deambulaban como inmigrantes en su propio país.
No son las religiones las que provocan los enfrentamientos en el mundo, son aquellos que creen en sus dioses terrenales. El odio nace del menosprecio por la vida. El religioso católico, evangélico o de cualquier otra denominación ama a su próximo como así mismo. Es la falta de luz en la oscuridad de la conciencia, la que provoca las guerras intestinas.
Ojalá la señora Otilia Corona Chávez tenga cristiana sepultura.
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