Punto de Vista

Mario Tassías

El lector estaba de entrometido. Las primeras palabras le atraparon en una red. Pasado el tiempo, no ha logrado zafarse.
Tony Judt lanza una carnada provocadora. Aquel se engancha, pasado un tiempo eterno que se violenta, no puede despegar los ojos del relato.
El refugio de la memoria, (Taurus; Madrid, 2011), es una autobiografía. Está escrita con detalles cargados de ansiedad, una angustia que reconforta.
Noche; Austeridad; Comida; Coches; Putney; El autobús de línea verde; Crisis de la mediana edad; Pensamientos cautivos y El refugio de la memoria que da título al libro, son algunos de los 25 capítulos. Tony se escapó de una prisión que se iba estrechando. Este relato es el contrapunto personal de su obra maestra, Postguerra (2006).

“Padezco un trastorno neuromotor, en mi caso una variante de esclerosis lateral amiotrófica (ELA): la enfermedad de Lou Gehrig. Los trastornos neuromotores no son nada raros: la enfermedad de Parkinson, la esclerosis múltiple y una diversidad de dolencias de menor gravedad pertenecen a ese apartado. Lo característico de la ELA —la menos común de esa familia de patologías neuromusculares— es en primer lugar que no hay una pérdida de la sensibilidad (un arma de doble filo) y en segundo lugar que no hay dolor. De este modo, y en contraste con casi cualquier otra enfermedad grave o mortal, uno tiene la oportunidad de contemplar, a su conveniencia y sin molestia alguna, el catastrófico progreso de su propio deterioro”.

Habrá que advertirle al lector que Tony Judt (Londres, 1948-Nueva York, 2010) hizo sus estudios en el King’s College de Cambridge y en la École Normale Supérieure de París. Impartió clases en las universidades de Cambridge, Oxford, Berkeley y Nueva York, y en esta última ocupó la cátedra de Estudios Europeos, que él mismo fundó en 1995, y fue director del Remarque Institute. Autor o editor de trece libros todos publicados por Taurus, Algo va mal (2010), Sobre el olvidado siglo XX (2008), Pasado imperfecto (2007) y Postguerra (2006), considerado uno de los diez mejores libros de 2005 por la New York Times Book Review, galardonado con el Premio Council on Foreign Relations Arthur Ross y finalista del premio Pulitzer. Judt colaboró en diferentes medios de Europa y Estados Unidos, como The New York Review of Books, el Times Literary Supplement o The New York Times. En 2007 recibió el Premio Hannah Arendt, y en 2009 el Orwell Prize for Lifetime Achievement. Falleció en agosto de 2010.

“En la práctica, la ELA constituye una progresiva prisión provisional sin fianza. Primero uno pierde el uso de un dedo o dos; luego, el de una extremidad; después, casi inevitablemente, el de las cuatro. Los músculos del torso pierden su tono hasta casi el letargo, un problema práctico desde el punto de vista digestivo pero también una amenaza vital, cuando respirar se convierte en algo al principio difícil y finalmente imposible sin una ayuda externa en forma de un aparato con una bomba y un tubo “.

Sumergirse en las páginas deja el sobresalto de que una vida se escapa y que se es impotente ante la muerte, con la obviedad que marca el ritmo de la lectura.

“Con un extraordinario esfuerzo, puedo mover un poco mi mano derecha y cruzar mi brazo izquierdo unos quince centímetros sobre mi pecho. Mis piernas, aunque se bloquean cuando estoy de pie el tiempo suficiente para permitir que un enfermero me traslade de una silla a otra, no pueden soportar mi peso y solo una de ellas ha conservado algo de movimiento autónomo”.
“Pero luego llega la noche. Postergo la hora de acostarme hasta el último momento compatible con la necesidad de dormir de mi enfermero. Una vez que he sido «preparado» para acostarme, me lleva al dormitorio en la silla de ruedas en la que he pasado las últimas dieciocho horas. Con cierta dificultad (a pesar de que he perdido estatura, masa y volumen, sigo siendo un importante peso muerto incluso para un hombre fuerte) me coloca en mi catre. Me sienta erguido en un ángulo de unos 110 grados. Me sujeta con toallas dobladas y almohadas a modo de cuñas, con mi pierna izquierda vuelta hacia afuera, como en el ballet, para compensar su propensión a caer hacia adentro. Este proceso requiere una concentración considerable. Si dejo que un miembro suelto quede mal colocado, o no insisto en que mi estómago sea cuidadosamente alineado con pies y cabeza, sufriré después la agonía de los condenados”.

“Después me tapa, con las manos colocadas encima de la manta, para que me haga una ilusión de movilidad, pero envueltas, ya que —como el resto del cuerpo— ahora sufren una permanente sensación de frío. Me hace un último rascado en alguno de la docena de sitios que me pican entre la raíz del pelo y los dedos de los pies; me ajusta el respirador Bi-Pap a la nariz con el necesariamente incómodo nivel de tirantez que asegure que no se caiga durante la noche; me quita las gafas… y allí me quedo: atado, miope e inmóvil, como una momia contemporánea, solo en mi prisión corporal, acompañado durante el resto de la noche exclusivamente por mis pensamientos”.

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