Mario Tassías
Dice el Diccionario que vida es la fuerza o actividad interna sustancial, mediante la que obra el ser que la posee. También es unión del alma y del cuerpo. Un espacio de tiempo que transcurre desde el nacimiento de un animal o un vegetal hasta su muerte. Hay cualquier cantidad de acepciones.
Por supuesto que hay quienes tienen la vida regalada o buena vida, como suelen decir quienes disfrutan de bienes materiales, aunque haya quienes tienen mucho y disfrutan poco.
Algunos místicos dicen que la vista y posesión de Dios en el cielo, les da vida eterna. Esa es la otra vida. Quienes tienen vida animal se centran en la nutrición, la relación y la reproducción. Hay los que tienen “vida de tubo”, nada más se nutren y se desnutren. Coloquialmente se dice que hay quienes pasan la vida a tragos, son quienes viven con lo estrictamente necesario.
“A vida o muerte” es una locución adverbial que denota el peligro de muerte que existe por la aplicación de un medicamento o por una intervención quirúrgica, su contraparte “dar algo la vida a alguien” sería como sanar, aliviar o fortalecer a quien no está en esas condiciones.
En el orden jurídico nacional, la Constitución hace referencia a la vida en los artículos 4, 6, 7, 16, 24, 29, 103 y 107, después en la legislación secundaria que desarrolla y reglamenta los principios constitucionales, escribe Jesús Rodríguez y Rodríguez en el Diccionario Jurídico Mexicano editado por el Instituto de Investigaciones Jurídica de la UNAM.
El contexto es para hablar de You Don’t Know Jack (HBO Films, 2010) la película de “televisión para cine” sobre Jack Kevorkian, médico retirado —solterón de clase media— encarnado por Al Pacino, que, luego de ver morir a su madre en medio de horribles dolores, decide dedicar lo que le queda de vida, a facilitar la muerte de los enfermos terminales que deseen interrumpir la suya en el estado norteamericano de Michigan.
Kevorkian, diseñó un mecanismo a través de una inyección para ayudar a morir a enfermos terminales. El servicio era sin costo y el médico lleva a cabo su labor en su propia camioneta, que estacionaba en parques públicos. Cuando las circunstancias lo permitieron fue a la casa de los interesados. Pero las cosas se complican cuando es acusado de promover el suicidio.
Seguro de lo que hace acepta participar en programas de radio, donde explica sus motivos. Ya para entonces le apodan Dr. Death. Se asesora de un abogado que le representa de manera gratuita—una representación que eleva al estrellato al litigante—. Los jurados populares acaban conmovidos, cuando escuchan los testimonios de las personas cercanas a las víctimas. Nada parece que pueda condenar a Kevorkian a prisión, como pretende hacerlo el fiscal.
Kevorkian es arrogante y aturdido por la pifias del fiscal y por el apoyo que le solicitan cientos de personas, resuelve continuar su actividad, pero ahora aplica una inyección letal de manera directa. El problema se convierte en una polémica nacional. Además prescinde de su abogado y es su propio defensor.
El jurado le condena a prisión luego de comprobar que ayudó a morir a 700 personas, incluida a la presidenta de la Hemlock Society, una de sus más apasionadas promotoras, encarnada por Susan Sarandon.
El argumento de la película puede inducir a la reflexión. Por supuesto, que habrá casos en que la indiferencia sea la conducta. Sin embargo, cabe preguntarse como sugiere la revista “El mundo del Abogado”, ¿Quién es el dueño de mi vida?
Hay quienes como Oscar Wilde (1854-1900) dicen “Lo menos frecuente en este mundo es vivir. La mayoría de la gente existe, eso es todo”.
