Mario Tassías
Cuando ellos se irguieron y caminaron por los espacios que la maleza del dejaba libre, la tierra experimentaba cambios de estructuras. Quizá importe poco saber quien fue primero. Apenas nos empezamos a enterar, cuando ya los dos emprendían la noble tarea de multiplicarse. Desde el inicio de la historia de la humanidad, es decir cientos de millones de años desde cuando apareció el hombre o la mujer sobre la tierra, también empezó la lucha por la hegemonía.
Una reyerta vestida de ignominia, que ha dejado desnudas, ideologías y principios. Propiciado diferente camino. Son metas que aún en la primera década del siglo XXI son vigentes. Elementos de contraste en un mundo que los optimistas llaman de evolución, etapa que clasificó a nuestros ancestros con diferentes denominaciones hasta considerarlo homo sapiens, hombre o mujer que aún así, es más lo que ignora que lo que sabe.
Ignorancia que lo mantiene en la barbarie. Signo de incultura que se traduce en violencia, ímpetu que ya existía cuando aún no contaba con definición como palabra. La violencia se descargaba como si de carga se tratara sobre el animal que serviría de alimento, sobre el otro u otra que intentaba apropiarse de algo que pertenecía a todos o simplemente se ejercía como una práctica por el poder.
La violencia tiene un extenso expediente sin resolver. Corre a mayor velocidad que los hechos que dan testimonio de la presencia de la vida humana. Todavía se discute quien llegó primero y quien después para que al unirse se produjera el encuentro que dio origen a las sociedades de hoy.
La violencia es una profanación temprana en el amanecer de la humanidad. Diversas teorías evolucionistas desde Copérnico pasando por Darwin y los no tan lejanos contemporáneos, no son coincidentes al afirmar en qué momento se definieron los roles como hombre o mujer. El reloj se mantiene intacto y derechos y obligaciones primarias aún en nuestros días, padecen el cuestionamiento del sectarismo. Quién sabe, si los y las cavernícolas entendieron que a su lado, otro ser igual, similar a sí mismo tenía diferencias físicas que le servían como condición para los diversos estados de comportamiento. Aún en nuestros días, esta circunstancia sigue vigente al lado de la controversia. El vínculo entre evolución biológica y su similar cultural encuentra rechazo y aceptación.
Quienes afirman, aún sin conceder, que ella guiaba la vida en común, argumentan que el sedentarismo es la llave que abre puertas hacia la civilización. Tribus africanas confirman, que el pasado está presente en los pasos que han dejado huellas en la humanidad. Otros opinan que cuando él asumió la responsabilidad, la necesidad de llevar alimento en vez de comer en el lugar de caza, la actividad motora disminuyó en beneficio la estabilidad sedentaria.
Una estabilidad que permitió un mayor acercamiento entre ambos y un roce más cercano que interrelacionó intereses y preferencias, pero que también provocó los primeros desacuerdos, aquellos que los historiadores suelen contabiliza en contra de los de sexo masculino. Dicen que la fuerza se enfrentó a la delicadeza. Que el vigor se fortaleció ante la endeblez y así la brutalidad se impuso a la mansedumbre. Son lo que condenan al macho y absuelven a la hembra.
Se dice más. Sobre ella, el macho ha descargado sus frustraciones, los fracasos de su esperanza y de sus deseos. Ha sido la receptora ideal de esas manifestaciones de ánimo. En infinidad de casos que sirven de espejo, los historiadores cuentan que han permanecido sumisas, en ocasiones, consientes de la desventaja física, en otras porque la prudencia tiene género femenino.
Si el homo erectus no entendió el papel que en su vida representaba la mujer, transcurrido el tiempo, ella ha personificado desde su género la responsabilidad social de la creación. Sin ellas no habría sociedad, esta ecuación que a simple vista parece demasiado sencilla, encuentra sustento en quienes no han comprendido la presencia histórica de la mujer. Lo cierto es que a pesar de los diversos instrumentos para protegerlas y otórgales derechos, las mujeres siguen siendo objeto de importantes discriminaciones.
Podríamos estar o no de acuerdo, pero Simone de Beauvoir afirmaba a mediados del siglo pasado que no se nace mujer, se llega a serlo. En el mismo sentido, el hombre se hace en el camino. Ante esa disyuntiva el preguntón se cuestiona ¿cuáles son los límites para comportarse como salvaje? Entendido como aquel que se aleja del raciocinio y que golpea a una mujer. Y habrá quien proteste ¿qué pasa cuando es ella la que golpea al hombre?
