Punto de Vista

Mario Tassías

Cuando los mexicanos dejamos de lado las distintas máscaras con las que nos cubrimos el rostro, revelamos que en la vida real somos fiesteros, malhablados y devotos de la Virgen de Guadalupe. Por supuesto que hay excepciones, pero de bullangeros, deslenguados y fervorosos creyentes o seguidores de la morena del Tepeyac sumamos millones. Difícil cuantificar. El día 12 de diciembre en México es día nacional, y eso que nuestra educación es laica.

Así que la Encuesta Nacional del Primer Semestre 2010, difundida por el Gabinete de Comunicación Estratégica, solamente refleja lo que sabemos sobre parte de nuestra personalidad, nos guste o deje de gustar.

La información revela que por lo menos siete de cada diez mexicanos se sienten “muy orgullosos” de su nacionalidad frente a un 1,2% que se considera “nada orgulloso”.

Habría que preguntar qué entendemos por nacionalidad. Porque si se trata de raza, origen o procedencia, suele pasar que muchos quieren ser güeritos como nuestros vecinos del norte o como algunos europeos. Se olvidan que nuestro origen es de tez morena. Ahora que si la pregunta va encaminada a responder por el vínculo jurídico de una persona con un Estado, que le atribuye la condición de ciudadano de ese Estado en función del lugar en que ha nacido, de la nacionalidad de sus padres o del hecho de habérsele concedido la naturalización, el asunto adquiere otra dimensión.

Según los resultados del estudio, 70 de cien mexicanos somos fiesteros, 30 de un ciento acepta que somos lenguaraces, pero en donde la coincidencia es casi unánime, es cuando de elegir a la figura más representativa se trata. En ese rubro no hay héroe nacional que supere las preferencias por la Virgen de Guadalupe, aún por encima de Benito Juárez o figuras populares como Mario Alfonso Moreno Cantinflas que también tiene un resto de incondicionales. Y si habláramos de fechas, obvio es que el 12 de diciembre sea el día más importante, seguido del 10 de mayo, aún sobre fechas patrias como 5 de mayo, 16 de septiembre, 20 de noviembre o religiosas como 25 de diciembre o año nuevo.

Si a la circunstancia de devotos, juerguistas y deslenguados agregamos otras condiciones e ignoramos razones históricas, comprenderemos como es qué ahora con los festejos del Bicentenario de la Independencia y el Centenario de la Revolución Mexicana, la Conferencia del Episcopado Mexicano mediante la carta pastoral “Conmemorar nuestra historia desde la fe para comprometernos hoy con nuestra Patria” ha sugerido celebrar, como si nos faltaran motivos o como si no tuviéramos preocupaciones mayores.

Dice la carta que: “… sabedores de que en los hechos de la historia también se descubren los designios de Dios, ofrecerán su aportación para descubrir, junto con todos los mexicanos, los valores y límites de nuestra historia, destacando el papel y la aportación que la Iglesia Católica ha tenido en el desarrollo de nuestro País”.

Fiel a su tradición inquisidora la Conferencia consideró que: “… sería un pecado de omisión quedarse al margen y guardar silencio ante los festejos…” así que no se le ocurra descuidar la fecha. Una distracción le haría acreedor/acreedora de una condena por parte de esa iglesia fisgona en los asuntos del estado mexicano.

A esas tres calidades de la personalidad de los mexicanos, fiesteros, malhablados y devotos, habría que agregar nuestras fobias hacia personajes como Antonio López de Santa Ana, Porfirio Díaz o Hernán Cortés. De las inclinaciones políticas, otra es la historia.

Lo cierto es que nuestro calendario está aturdido de fiestas. “Ciertos días, lo mismo en los lugarejos más apartados que en las grandes ciudades, el país entero, reza, grita, come, se emborracha y mata en honor de la Virgen de Guadalupe o del General Zaragoza. Cada año, el 15 de septiembre a la once de la noche, en todas la plazas de México celebramos la Fiesta del Grito; y una multitud enardecida efectivamente grita por espacio de una hora, quizá para callar mejor el resto del año” escribió Octavio Paz en El Laberinto de la soledad.

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