Mario Tassías
Ese tiempo que podría dedicarse a satisfacer otras necesidades más provechosas. Como hacer lo que se te venga en gana. En algunas calles se echa a esperar. ¿Cuánto tiempo se pierde, en algunos casos, cargado de infinita paciencia frente a una luz roja que los especialistas en vialidad inventaron para regular y detener el paso de vehículos y peatones?
En Tuxtla Gutiérrez, hay tal cantidad de semáforos que en vez de sistematizar, convierte el tránsito en un fenómeno de antesala ante el médico. Crucero del arco, donde estuvo la fuente Mactumatzá, intersección de la fuente de aguas de colores, crucero en la Universidad Pablo Guardado, cruce en Paso Limón y libramiento norte oriente, cruce en la Diana. Intente cruzar la ciudad en menos tiempo y se encontrará con las limitantes sostenidas en un semáforo. Lo animo a que intente cruzar la ciudad de oriente a poniente por el libramiento norte, o de sur a norte por la calle central. Le advierto, ármese de paciencia.
Programar la llegada a un determinado destino, ya no depende de su habilidad para conducir, sino de la cantidad de vehículos que delante de usted hacen cola frente a la luz roja. Si a eso agregamos que cada quien conduce como dios le da a entender, el tránsito por la ciudad se convierte en algo desagradable, cuando debiera ser un deleite, un gusto quizás un poquito menos que un placer.
Si realmente fuéramos tan civilizados como luego presumimos, o tan modernos como alardeamos, no habría necesidad de reglamentar un movimiento tan simple como moverse. ¿Cuántos pasos hay que dar para frenarse, cuántos otros, para seguir caminando? La semaforización es un asunto de salud pública. ¿Te habías preguntado, porqué algunos usan tanto el claxon? La falta de civilidad, el desconocimiento de las mínimas reglas de urbanismo y la presión hacen que miles de conductores conduzcan con el entrecejo fruncido. Los expertos opinan que son los de a pie los del problema. Más de un atropellado recuerda que el vehículo que lo arrolló, no respetó la señal para detenerse.
Pasado un tiempo, uno comprende que el que viene o va, según se vea, en calle, carretera o avenida, que para el caso da lo mismo, tiene los mismos derechos que aquellos de nosotros que también llevamos un camino y perdemos el tiempo frente a la luz roja. O frenarse o seguir, cuando la capacidad de reacción prevé el tiempo de la luz ámbar en intermitencia. Alguien dirá que se aprovecha la luz verde. Cuestión de regulación diría el experto.
Enfrentada a la libertad de tránsito, la tecnología ha puesto control y seguridad viales con cualquier clase de artilugio llamando ostentosamente a la maniobra, adelanto tecnológico.
Perder el tiempo frente a la luz roja, es avance, no prestarle atención resulta que es retraso. Avance entendido como progreso, contrario a la incultura, que ya coincidimos que tiene un costo muy caro. Este está declarado como un mundo civilizado donde ceder el paso constituye una especie de afrenta al raciocinio. Los semáforos son desde el origen griego de la palabra, señal y foro, los que “llevan la señal”
Establecer semáforos, es innovar. Entonces poner topes es transformar una vía en camino de obstáculos. Ambos detienen el paso, aunque las luces permiten otras alternativas. El iluso presume que educar tiene menos costo.
¿Se ha tomado la molestia de sumar los minutos que se pierden frente a un semáforo? El tiempo es oro, diría Franklin. ¿Cuántas horas hombre-mujer se pierden diariamente, semanales, quincenales, mensualmente, en un año, ante la luz roja de un semáforo?
Un cálculo elemental nos daría cifras astronómicas. Pruebe su ingenio. Cada minuto un semáforo permite el paso de 30 o más vehículos, son los mismos que se detienen ante una luz roja. Haga una multiplicación sencilla 30 vehículos por 60 segundos. Durante 16 horas promedio. Haga la suma. El resultado son horas-espera en que lo menos que se puede hacer es escuchar música, decirle no al vendedor del crucero, cerrar los cristales ante una evidente amenaza, recordar a una mamá que no tiene la culpa, o serenarse para cuando a los inventores de la llamada modernidad entiendan que detener, no significa avance.
