Mario Tassías
La neblina con su frío, a las tres de la tarde, besaba el suelo. A pesar de la hora, las luces de los arbotantes, ya anunciaban la noche. La entrada principal estaba bloqueada, había que rodar algunos metros más para descender desde la carretera principal, para llegar a las calles del pueblo.
Unos jóvenes aparecieron de pronto. Para sorpresa, con el frío invernal que lastimaba las mejillas, vestían con playera y pantalones mojados, los rostros pintados de algo gris, tan maquillados como espectros. Fortalecidos con algo más que emoción, celebraban el carnaval. Una fiesta que ha decaído. En la antigua ladera de monos, el carnaval tradicional ha pasado de ser otra cosa. Ahora es un pueblo de ánimas.
Solo llegar al pueblo casi a vuelta de rueda. A tres metros la neblina no deja ver. Los comercios de la calle principal permanecen con las puertas cerradas o con alguna puerta auxiliar abierta. “Los que juegan al carnaval no respetan a nadie”, comentaría aquel señor que caminaba en el cortejo fúnebre de un pariente fallecido. Su vehículo mostraba los estragos de un momento de risas, y gritos desaforados.
Aquella festividad que de niños era esperada con impaciencia, ahora se ha relajado en agresión con globos, talco y cualquier otra cosa que manche ropa, paredes, rostros y emociones de aquellos que en reprimida algarabía aprovechan la ocasión para mostrar otro ángulo de su personalidad.
Es lunes de carnaval. Las paredes de algunas casas y el piso de unas calles, muestran las señales de dos días de festejo. Los excesos, no han impedido la celebración, ya forma parte de un rito llegado en la esfera sutil del tiempo. Quién sabe cuándo y cómo tocó la puerta y entró en el ánimo de un pueblo que conjuga espíritu religioso y bulla desentonada. Tampoco interesa saberlo, las preguntas quedan sin respuesta convincente. El origen adquirió relevancia y se quedó a vivir entre quienes cultivan un pasado contado por los abuelos.
El baile del tigre y el monito forma parte de ese festejo, le acompañan los “chuchos” que persiguen al felino para que no devore al simio. Aparecen luego en escena los variteros. Son personajes que bailan con monotonía, al ritmo de los tambores y el pito de carrizo. Los percusionistas marcan el ritmo semilento de una danza que parece eterna. Ritmo que se acelera cuando se cierra la coreografía y aparece en escena un niño que representa al David bíblico. Hasta aquí la agresividad del tigre y sus cofrades, la repetición de los que cargan varas adornadas con papel de china de colores se ve rebasada.
El pequeño juega con la honda al ritmo que marcan los músicos. El público abre un círculo lo suficientemente amplio para presenciar el desafío contra dos Goliath, no uno como en el pasaje de la Biblia. Son dos personajes que espada de madera en mano amenazan con cortar sin dejar de danzar. Oculta la cara con una máscara. Ataviados con una capa roja ribeteada de puntilla de color oro, cubierta la cabeza con un tocado en forma de cono, terminado con listones de colores que cuelgan sobre su superficie y que crea la ilusión de ver más alto a quien lo porta, los gigantes pronuncian cualquier parafraseada para hacer reír a la concurrencia. Cómo no recordar al respetado y querido don Robe, que durante muchos años, sepa cuántos, hasta su muerte fue el más ocurrente de los gigantes.
Desde el rumbo de la casa del prioste, se escucha el estallido de los cohetes. No muy lejos el sonido del tambor. El reloj marca el destino de los minutos. La tarde sigue cayendo. La neblina oscurece el recuerdo.
