Punto de Vista

Mario Tassías

En el silencio de la noche, ella toca la puerta. Ya la esperan. O acaso, su profunda sabiduría sabe del momento preciso. Ingresa a esta vivienda, como a otras, en un rito multiplicado cientos de veces, en hogares de muy diversa condición. Su voz suave, provoca que los niños que duermen en un cuarto contiguo a la sala, se remolinen sobre el camastro recubierto con un petate. Es muy noche, “tanto que podría decirse que ya es temprano” Su voz se oye como la de quien apacienta a un niño pequeño. Casi una canción de cuna. Pareciera que pronuncia una oración. A lo mejor encomienda su labor a la voluntad de un ser superior. Pide una vasija y una jarra con agua tibia, se ha lavado las manos.

Es la primavera, hace un frío benigno en San Fernando, ubicado en el Altiplano Central y las Montañas del Norte de Chiapas a 880 metros sobre el nivel del mar. El clima subhúmedo ofrece lluvias en verano, pero en la primera estación del año, el viento es sosegado. En la habitación compartida por toda la familia, dividido por un cancel portátil, los niños, empiezan a sentir calor. Hay un ser extraño en la casa, familiar para papá y mamá. Antes sintieron su presencia, ahora le escuchan con claridad.

A través de la rendija de la imaginación, la oscuridad no permite más claridad, se escuchan rumores, el cuchicheo les despabila la mente, les aviva las orejas. Algo raro está pasando. Se preguntan qué. Cada vez que han intentado preguntar, son silenciados. “Lo que los adultos platican, los niños no deben escuchar”, les han advertido. Bajo esa sentencia, persuaden al curioso. La faja o el látigo entran en acción, cuando no se atiende la primera admonición.

En las calles empedradas del pueblo, de vez en cuando se escuchan los cascos de un caballo que se saltó las trancas o se le hizo noche para llegar al corral. Ladridos de perros aullándole a las sombras. Lo mismo subida que bajada en un pueblo construido sobre laderas. Por algo los zoques lo llamaron Sahuipac, que quiere decir “Barranco del mono” y los nahoas llamaron Osumapa, al final de cuentas significa lo mismo.

Uno que otro gallo anunciando el nuevo día. Rumores, atrás del cancel. Dos sombras traslucidas deslizándose comentan en voz baja. Un olor a alcohol llega hasta la nariz de los dos curiosos que permanecen en silencio para no delatarse. Ha pasado una eternidad. El llanto de un recién nacido, irrumpe. Lo raro de mamá ya tiene explicación. Huele a quemado. La mezcla de otros olores les provoca inquietud. Ya no aguantan la pesadez del silencio. Las voces de los adultos, atrás del cancel se escuchan más fuertes. Batallan por deshacerse del lío, la sábana se envuelve en las piernas, amenaza con impedir bajar de la cama. Finalmente lo logran y con los ojos más abiertos, observan la escena, papá solo acierta a decir: “tienen una hermanita”.

Y ella, la de la voz suave, transpira emoción. Se emboza con su rebozo. Mete las manos suaves en el mandil. Desembolsa un pañuelo. Se seca el sudor. Se acerca a la parturienta. Le da un beso. Se persigna. Baja la cabeza. Une sus manos, eleva una oración. Doña Esther se llama, ha cumplido una vez más. Ahí, como en cientos de veces, ha estado presente en el momento sublime de la vida. La abuelita del pueblo, ahora sonríe. Con cuidadoso acento le informa a los dos curiosos que: “…mamá acaba de comprar una pichita. Es para que la quieran mucho”, aconseja.

Las parteras son esas mujeres que movidas por la curiosidad, sentimiento de solidaridad y afecto, procuran que sus compañeras de género, tengan un mejor momento a la hora de dar a luz. A lo mejor perviven razones económicas. Son como las matronas de la antigua Roma. Están donde se les necesita. La sensibilidad va más allá. El amor les ha hecho capaces de resistir ese instante supremo en donde dos seres se juegan la vida. Y la madre se convierte en faro de luz.

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