Mario Tassías
A juzgar por las estadísticas, en el país se registran 13 divorcios por cada 100 matrimonios. Tendencia que va en aumento. Hay quien asegura que el porcentaje es mucho mayor. Cada día menos jóvenes se casan “para toda la vida” o “hasta que la muerte los separe”. La idea del matrimonio para siempre tiende a extinguirse. Hay quien aduce que una de las razones, es porque las parejas actuales no dan ejemplo que seguir. O las circunstancias, hijas de una elevada creencia de necesidad, provocan las separaciones. El divorcio en ocasiones, es inevitable.
Aunque sobre el divorcio hay toda una materia que estudiar, se dice que incluso el llamado “buen divorcio”, aquel en el que se minimizan los conflictos, los hijos que sufren la separación de sus padres habitan en un ambiente más difícil que el de quienes viven en familias bien llevadas. Los hijos de estas parejas separadas, viven en dos mundos.
Los números señalan que en México, la edad promedio de los hombres al momento de divorciarse es de 37.8 años y de las mujeres de 35.2 años. Habrán vivido juntos una duración social de 10 años o más (50.2%), seguida de quienes permanecieron casados cinco años o menos (29.8%) y las parejas que duraron unidas entre 6 y 9 años (19.8%).
La institución del matrimonio, allende la discusión judicial surgida en el Distrito Federal, señala que es la unión de hombre y mujer concertada mediante determinados ritos o formalidades legales. Cualquiera condición contraria a la perpetuación de la especie o a la ayuda mutua que se deben los cónyuges, es inverso a lo estrictamente legal. En el catolicismo, y otras religiones cristianas, el matrimonio es un sacramento por el cual el hombre y la mujer se ligan perpetuamente con arreglo a las prescripciones de la Iglesia.
Aquella idea de que los jóvenes tenían prisa por casarse, formar pareja o “sentar cabeza”, que decían las abuelas, pasó al recuerdo. El matrimonio se extingue y hay quien asegura que dentro de poco, la relación de pareja será sin documento legal de por medio o bendición religiosa mediante. Toda separación tiene sus ingredientes de tristeza o fastidio, los terapeutas dicen que en el momento temprano del deterioro de una relación, es posible rescatar el matrimonio o en caso contrario, las parejas separarse sin desgarros emocionales.
Un matrimonio empieza con el deseo de casarse, la elección de pareja, es otro paso, antes o después del deseo. Ese momento que en algunos casos son muchas circunstancias, tienen características que se viven desde la niñez. Percibimos en las familias cercanas, empezando por nuestros padres, qué es lo bueno, lo malo, lo ideal, lo mejor, de ahí a la selección hay muy poca distancia. Es común repetir moldes y en esa práctica cometer errores en ocasiones insalvables. El divorcio se vuelve necesario cuando la pareja ha roto incluso el más elemental respeto. Ya cuando hay infidelidades, abusos, maltratos o incluso golpes, el divorcio es tabla de salvación en el naufragio.
Entre otros, otra causa de los divorcios es la falta de comunicación. Las parejas viven juntas pero desunidas. Cohabitan pero no abordan sus problemas en busca de una solución mutua que apreté el lazo de unión. El temor a entablar un diálogo complicado con la pareja, en ocasiones posterga una solución y postra la dinámica de la relación. Un problema por insignificante o detallado que parezca, si no se afronta en su momento, puede provocar una ruptura. Amar y perder es el estigma.
Acaso como dice Gabriel García Márquez, “el problema del matrimonio es que se acaba todas las noches después de hacer el amor, y hay que volver a reconstruirlo todas las mañanas antes del desayuno”. Desgraciada o afortunadamente, no hay un recetario que indique la cantidad de ingredientes y la forma de hacerlo. La tarea a veces es placentera. La reconstrucción, tiene más que ver que con cierta cantidad de materiales de construcción. Hay que ser buen albañil, peón o arquitecto para levantar el edificio donde habite el amor.
