Mario Tassías
En Santiago El Pinar, el municipio más pobre de Chiapas, 2, 500 habitantes, también se mezclan raíces hispánicas largamente celebradas. El día del “Señor Santiago apóstol” es motivo de regocijo con música, muchos cohetes de artificio y también mucho licor. Son los hombres quienes llevan la iniciativa. Las mujeres se ubican en segundo orden, siempre detrás de los varones, incluso en los oficios elementales de darle brillo a la ornamentación que engalana el templo.
Serían las ocho de la mañana del día miércoles, 27 antevísperas de la fiesta. Una centena de hombres, encabezados por los mayores vestidos con su indumentaria tradicional y acompañados de músicos de tambor, pito de carrizo, guitarra y arpa, entraron al interior del templo previo saludo reverencial a la imagen que veneran. Con parsimonia cargada de solemnidad, fueron desguindando de las vigas, las mantas de seda que como holanes, adornan el espacio dedicado a la feligresía antes del altar que preside una escultura de la imagen venerada. Los mayores ingresaron con cestos de mimbre o carrizo, vacios.
Afuera a unos 50 metros, a un costado de la entrada del templo y en actitud paciente otro centenar de mujeres a la espera. Al mismo tiempo, adentro un espacio cubierto por el humo del incienso. Cantos acompañados de los músicos. Afuera repique de campanas en una alegoría de reminiscencias de emociones encontradas.
Adentro, la música se transforma en algo más dinámico. Cumplida la encomienda. Es momento de salir. Los mayores, a la cabeza del cortejo, salen del templo rumbo a la fila de las mujeres que han permanecido de espaldas a la pared de un salón de clases, a un costado del templo. El estallido de los cohetes es más intenso. El olor a pólvora inunda. El repique de campanas es frenético. Los mayores entregan a las mujeres, las prendas que se disponen a lavar. Otros amarran lazos a los pocos árboles que adornan la plaza. Unos más han sacado del templo las bancas que colocan de forma rectangular, unas enfrente de otras con un espacio donde ahora descargan rejas de refrescos de cola, los músicos se han puesto al frente y no dejan de tocar. No sé de dónde, pero también han aparecido botellas con “posh”, licor de maíz, que reparten a tutiplén.
Ahora departen entre ellos, beben y escuchan música. En tanto las prendas más pequeñas, ya han sido lavadas y guindadas en los lazos dispuestos para ello. Al tiempo, algunos jóvenes que hacen méritos para ser tomados en cuenta en la festividad, preparan sahumerios. El sol es tacaño y apenas manda unos pequeños rayos. La ropa empieza a secarse y las mujeres abandonan su espacio. Casi se esfuman. La música sigue, los cohetes también. Ellos beben y departen. En tanto la ropa permanecerá ahí hasta que ya seca vuelva a ser colocada en su lugar, puesta para adornar, cuando diversas comunidades vecinas y no tanto, visiten en su día al “Señor Santiago apóstol”.
¿A cuál de los cuatro Santiago apóstol, celebrarán? No importa. Al padre del apóstol Judas. O al hijo de Zebedeo y hermano del apóstol Juan. Quizá al hijo de Alfeo, o al medio hermano de Jesús. Que importa ahora, si en Santiago El Pinar, hay fiesta y eso es lo que vale. Vale porque la gente está alegre. Porque por un momento la comunidad se vuelve a encontrar. El municipio con menor índice de Desarrollo Humano. El de la extrema pobreza, gasta en la fiesta, lo ahorrado durante algún tiempo. Es una fecha esperada con impaciencia.
A unas cuantas cuadras del centro de la celebración, el mero día de la fiesta (viernes, 29) es colocada la primera piedra de la nueva Ciudad Rural Sustentable Santiago El Pinar. Los mayores también ahí fueron protagonistas. Sus oraciones acompañaron el momento que dio inicio a un proyecto con escuelas, centro de salud, empleo digno y servicios públicos.
