Punto de Vista

Mario Tassías

Los que conocen del carácter y la intimidad de las personas, dicen que la aceptación positiva e incondicional del otro, es una prueba de que el amor llegó. El amor, es un sentimiento que nos hace comprender que uno está enamorado cuando admite que la otra persona, es única e insustituible. El amor es el olvido del yo. Gracias a esa determinación, en cierta etapa de nuestra vida, es que construimos o destruimos nuestra existencia. El amor no es un sentimiento fácil para nadie, sea cual fuere el grado de madurez alcanzado.

Un viejo maestro decía que: “Aprendemos a amar no cuando encontramos a la persona perfecta, sino cuando llegamos a ver de manera perfecta a una persona imperfecta”. Así de extremo.

Según el diccionario, el amor es un “Sentimiento intenso del ser humano que, partiendo de su propia insuficiencia, necesita y busca el encuentro y unión con otro ser”, o bien, “Sentimiento hacia otra persona que naturalmente nos atrae y que, procurando reciprocidad en el deseo de unión, nos completa, nos alegra y da energía para convivir, comunicarnos y crear”.

Hay clasificaciones. Desde “amor libre”, entendido como relación que rechaza es establecimiento de una pareja fija o estable (Se dice que el amor libre es contrario a la fidelidad). “Amor platónico”, como pasión idealizada y sin establecer ningún tipo de relación real. “Amor propio” como el que se profesa a uno mismo, y especialmente al prestigio.

Todavía más, el amor podría decirse que tiene como sinónimos la ternura, la suavidad, el esmero. Desgraciada o afortunadamente para el amor, no hay una receta. Un manual de instrucciones para armar un modelo o algo parecido. La realidad es que muchas de las relaciones que culminan en matrimonio a los pocos años terminan en divorcio. La gente se casa para divorciarse, no para toda la vida como solía decirse. “Todo amor está sujeto a tiempo” dice Shakespeare en Hamlet.

El amor, para los católicos debería ser, la tercera y más importante de las virtudes teologales enumeradas por San Pablo (1 Cor, 13, 13). Usualmente es llamada caridad y es definida como: Hábito divinamente infundido, inclinación de la voluntad del hombre a apreciar (a Dios) para su propio bien por sobre todas las cosas y el hombre por el bien de Dios. La definición establece las características principales de la caridad. Pero ese no es el tema, ahora.

Lo cierto es que no basta con estar enamorado. El amor, por sí solo no es suficiente para contraer matrimonio. No se puede crear una relación que dure de por vida solamente por amor. Se necesita mucho más. Algo así como compartir un propósito común en la vida. Sentirse a gusto y tranquilo. Es una segunda condición basada en la confianza.

El ser elegido debería ser una persona esforzada en su crecimiento personal. En mejora continua para satisfacer las necesidades comunes con el ser amado. Quien simplemente busca su confort, no está preparado para vivir en pareja. La relación de pareja se fortalece con dar, placer, bienestar y otros satisfactores que iluminan los mutuos caminos.

Algunos dirían que el matrimonio es una Sociedad, una Empresa y hasta un Negocio. No están equivocados. Normalmente nos enamoramos de quien nos gusta y no de quien nos conviene. Es muy complicado encontrar al socio ideal de nuestro matrimonio. Apreciamos los detalles y virtudes de quien nos gusta y no de quien nos quiere.

Empezamos por enamorarnos de las personas que nos rodean y lo más común es enamorarse de alguien cercano. Condicionar ya no es amor. La máxima prueba de amor a quien amamos, es dejarlo vivir libremente. En “El Arte de Amar” Erich Fromm concluye que “el amor es una acción, la práctica de un poder humano, que sólo puede realizarse en la libertad y jamás como resultado de una obligación”.

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