Mario Tassías
Podemos sustraernos del mundo material cuando nos tomamos la libertad de recrearnos en la poesía. De ahí, regresar a la realidad es un placer que deleita la magnificencia de la creación literaria.
“A mí sólo me importa el testimonio del momento que pasa las palabras /que dicta en su fluir el tiempo en vuelo”.
Ahora que José Emilio Pacheco ha sido distinguido con el Premio Cervantes 2009, máximo galardón de las letras castellanas, quizás nos sea dable entender que su poesía tiene sentido. Que la vida es gratificante. Que la gratitud es un sentimiento que puede prodigarse a un ser de excepción.
“La poesía que busco es como un diario en donde no hay proyecto ni medida”.
José Antonio Pascual representante de la Real Academia de la Lengua Española (RAE) en el jurado, justificó así la concesión del premio: “Es un poeta excepcional de la vida cotidiana, con una profundidad y una libertad en sus pensamientos, una capacidad para crear un mundo propio, un distanciamiento irónico de la realidad cuando es necesario y un uso lingüístico como este de la ñ que es impecable”.
“Este animal que gruñe con eñe de uña/ es por completo intraducible/ Perdería la ferocidad de su voz/ y la elocuencia de sus garras/ en cualquier lengua extranjera”.
Tristezas y dolores duelen menos cuando se alimenta el alma. Congojas cotidianas se reconcilian cuando el espíritu se reencuentra con su naturaleza. La fuerza del día, se transfiere en solaz para la emoción. Uno presume que la alegría y bienestar son posibles. Que el gozo no es tan distante. Que la bruma es un velo que puede discurrirse con el soplo de la inteligencia.
“Escribo unas palabras y al mismo ya dicen otra cosa/ significan una intención distinta / son ya dóciles al Carbono 14/ Criptogramas de un pueblo remotísimo que busca la escritura en tinieblas”.
Como no sustraerse de políticos y toda la fauna que les acompaña en la floresta de problemas que incomodan la jornada. Como no sumergirse en el remanso de las letras por sobre la catadura de brutos que se adueñan del mundo.
“No amo mi patria. Su fulgor abstracto es inasible. Pero (aunque suene mal) daría la vida por diez lugares suyos, cierta gente, puertos, bosques de pinos, fortalezas, una ciudad deshecha, gris, monstruosa, varias figuras de su historia, montañas -y tres o cuatro ríos”.
En la soledad de una habitación o en la aislamiento del espacio que ocupamos. O en la orden de una idea que forja nuestro entendimiento, Pacheco trae gozo, si la intención es adentrarse en la precisión de sus letras. Es encontrar regocijo en el camino. Antonio Gamoneda quien le antecede con el reconocimiento dice que sus “poemas son formalmente serenos y correctos, de una relevante calidad y dignidad”
“Es verdad que los muertos tampoco duran/ Ni siquiera la muerte permanece/ Todo vuelve a ser polvo.
Pero la cueva preservó su entierro/ Aquí están alineados cada uno con su ofrenda los huesos dueños de una historia secreta.
Aquí sabemos a qué sabe la muerte / Aquí sabemos lo que sabe la muerte/ La piedra le dio vida a esta muerte / La piedra se hizo lava de muerte
Todo está muerto / En esta cueva ni siquiera vive la muerte”.
JEP como firmó su Inventario durante años en la revista Proceso, es una criatura escasa. Lo imagino como un árbol robusto a cuya sombra hay que protegerse y abrevar de la sabia de sus raíces, de sus ramas, de sus frutos, de su oxígeno.
Ojalá contar con “el mejor poeta vivo de México”, sirva para saber que “Las Batallas en el Desierto” y “El reposo del fuego” no es solamente son indispensables, sino que además sus poemarios Los elementos de la noche (1963); El reposo del fuego (1966); No me preguntes cómo pasa el tiempo (1969); Irás y no volverás (1973); Islas a la deriva (1976); Desde entonces (1980), Trabajos en el mar, y El silencio de la Luna (1983), son la recreación para entender la vida.
“Mi único tema es lo que ya no está / Y mi obsesión se llama lo perdido / Mi punzante estribillo es nunca más / Y sin embargo amo este cambio perpetuo/ este variar segundo tras segundo / porque sin él lo que llamamos vida/ sería de piedra”.
