Punto de vista

Mario Tassías

En mi pueblo era común decir que un niño “gordito”, era un niño sano. Seguir siendo “gordito”, era cuestión de orgullo en la familia. Con expresión exaltada enumeraban las cualidades de un bebé robusto. Era hermoso, “bien dado”, “bien dada”.
Un poco mayorcitos, se hablaba de adultos galanes o galanas. Eran palabras de reconocimiento. Quizá de envidia. Decir galanota o galanote, implicaba otro tipo de sentimientos a veces muy internos y otros no tanto.

Los adjetivos para los abultados y abultadas en carnes, han cambiado. Hoy las expresiones tienen un límite, ya aprendimos a distinguir de un gordito a un obeso. Uno sigue siendo motivo de entusiasmo. La obesidad de preocupación.

La obesidad está considerada como el mayor problema de salud pública del país, según establece la Secretaría de Salud. Datos del Instituto Nacional de Salud Pública, confirman que México ocupa el segundo lugar mundial en sobrepeso y obesidad. Primer lugar en sobrepeso y obesidad infantil.

Un país con serios problemas económicos, se gasta en atender problemas de sobrepeso y obesidad a un costo de más de 144 mil millones de pesos. México está constituido por una población con la mayor ingesta de calorías en bebidas; el consumo de refrescos se incrementó 40% (y llegó a 60% entre las familias más pobres) en sólo 14 años; los escolares incrementaron en más del doble su consumo de bebidas azucaradas en apenas 7 años.

Refrescos y comida chatarra son en gran medida, responsables de lo que ocurre con el problema de la obesidad infantil. Por supuesto que hay quienes padecen obesidad genética, pero eso es otro tema. Papás, mamás o tutores tienen su grado de responsabilidad. En ese tema, no hacer lo que se tiene que hacer, es caer en ineptitud. Si todo empieza en el hogar, estamos perdiendo el tiempo en culpar a los de afuera.
No deberíamos eludir lo que corresponde a quienes vivimos con niños, jóvenes o adultos. La obesidad debería obligarnos a tomar las riendas de una amenaza que además lesiona la economía familiar. Las estadísticas demuestran que es en los hogares con menos ingresos, donde más se consume comida chatarra. Y eso es una paradoja. Los que menos tienen, gastan lo poco que tienen, en golosinas y alimentos poco nutritivos o perjudiciales para la salud.

Perdida la cuenta de cuántas campañas se han iniciado para impedir que la publicidad siga induciendo a los escolapios a consumir chatarra y bebidas azucaradas en las escuelas, ya se hizo tarde para percatarnos de que hay que tomar acciones, la lucha contra el sobrepeso es una batalla que se va perdiendo.

Ser gordo es un asunto grueso. Comer sanamente no es cuestión de pobrezas o riquezas. Es una cuestión cultural. Hay individuos que malgastan 20 pesos en tres litros de refresco de cola para acompañar la comida, cuando el agua es más barata y superlativa como digestivo de los alimentos. Esa misma persona jamás compraría, a un costo menor, dos litros de leche como nutriente alimenticia. Ejemplos como el anterior, hay cientos.

El uso de nuestras facultades es un placer único. La práctica nos dice qué es malo, y qué es bueno. No necesitamos depender de la opinión ajena. Hay que prestar el oído a todos, pero en cuestión de salud la reserva es propia.

Los estereotipos del pasado lastiman el presente. Ser rollizo, obeso, regordete, rechoncho, corpulento, orondo, robusto, fuerte y todos los adjetivos que quepan, debería movernos para extirpar la adiposidad que ronda los límites de la diabetes, hipertensión arterial, accidentes vasculares y otras enfermedades crónicas.

La obesidad al igual que la gula, es un desorden o exceso en la comida o bebida. No es cuestión de apetito o apreciación simpática. En la Divina Comedia de Alighieri, a los golosos los obligaban a oler el aroma de la comida sin poder degustarla.

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