Mario Tassías
La felicidad existe para todas aquellas personas que persiguen con fervor un sueño”.
Susan Boyle
Para mi amigo Larios, “la cirila” fue el más grande argumento para convencerlo de que las cosas en la casa, se hacían como lo ordenaba papá y si el flaqueaba asegundaba la abuela.
Fueron esos tiempos en los que la rebeldía se trae rebasando la piel. Las emociones reverberan en la mente. Uno no es uno y ninguno se parece a uno. El personaje más importante se encuentra frente al espejo. Urge la necesidad de gritarle al mundo que no hay que buscar más. Ahí estamos. Tenemos ilusiones y desencuentros. Un mínimo gesto nos convierte en triunfadores o en dolidos perdedores.
“La cirila” hacía de psicólogo, de educadora. La máxima orientadora vocacional. Y no había contemplaciones.
En algunos casos era decidir seguir en la escuela, o de plano, ponerse a trabajar.
Se era parte fundamental de la familia. O se deambulaba por la vida sin esperanzas de otro día. En el primero de los casos había que contribuir con dinero y comida a la casa. Había que ser responsable de un hogar desde pequeño. “Haciendo es como se aprende”, solían decir los mayores.
Desde la perspectiva de padre y abuelo, Larios dice que las cosas han cambiado para mal. No es una apreciación rayanamente filosófica, pero ahora los papás confundimos el amor hacia nuestros hijos.
Estamos más preocupados por cumplirles sus caprichos y no pensamos que la vida es dura y que si no resuelven sus problemas personales en el camino de aprendizaje, la vida enseña con más rudeza. El pan ajeno hace al hijo bueno, decía la abuela. Era etapa preparatoria para la ausencia, papá y mamá no son eternos.
Suponemos que con la mayor cantidad de cosas materiales, resolvemos sus necesidades. La mejor ropa, la mejor escuela. Dinero para sus gastos. Asumimos sus propias obligaciones y a eso, se le llama alcahuetería.
Encubrimos sus defectos, como si al ocultarlos se resolvieran. Hacemos que los problemas sean como “la caca de gato, oculta bajo la arena, pero finalmente hedionda”.
Si ibas a una tardeada, (así se les conocía a las fiestas donde había música y horchata u otra agua fresca), te comprometías a regresar a una hora determinada, no cumplirla significaba cancelar el permiso para la siguiente.
La abuela nos recordaba cuál era el orden, la disciplina, la obediencia. Nosotros decíamos que eran valores.
Nos enseñaron a ganar nuestro propio dinero, trabajando honestamente. “El trabajo dignifica al hombre”, era otra frase. Nos enseñaron a valorar la oportunidad de estudiar. A respetar a nuestros semejantes, a los mayores cariñosamente les decíamos “tía o tía”. “Los valores no son pieza de museo”, señalaba la abuela.
Colgada atrás de la puerta, “la cirila” era un látigo de siete colas, al que se le tenía miedo. En la mano izquierda de la abuela, trazaba círculos, volaba y alcanzaba las piernas a punto de correr. Sobre la espalda provocaba escozor. Daban ganas de llorar, aunque nos advirtieran que “los machos no lloran”.
Posiblemente a los mexicanos, nos ha faltado una “cirila” que nos avive el sentimiento, para poner en práctica valores como el respeto, el compromiso, la humildad, la cortesía, la prudencia, la generosidad, el agradecimiento, la nobleza de corazón…Seríamos otro país.
