Punto de Vista

Mario Tassías

He llegado por fin a lo que quería ser de mayor: un niño.
Joseph Heller (1923-1999)
Escritor norteamericano.

El pasado fin de semana se festejó a los abuelos y abuelas, no sé porque se les llama adultos mayores o personas de la tercera edad.

En todo caso me parece más íntimo agüelo o agüela. Adultos mayores porque hay adultos menores. Tercera edad porque con toda seguridad existe una primera y una segunda o cuarta edad. Mi pobre entendimiento no alcanza para más allá.
No lo discuto, pero me parece que abuelo o abuela, suena más cariñoso o por lo menos más cercano a los sentimientos, a los afectos con las personas que ya rebasan los 60.

Anciano es más romántico, aunque peyorativamente se diga que un anciano es vetusto, viejo, senil, caduco, decrépito, vejestorio, carcamal, nonagenario, octogenario, ochentón, provecto, chocho, matusalén. Sin embargo, hay quienes no necesitan llegar a esa respetable condición y cargan con eso y más.

“El día que me veas mayor y ya no sea yo, ten paciencia y entiéndeme. Cuando, comiendo, me ensucie; cuando no pueda vestirme: ten paciencia”.

La celebración oficial coincide con la fiesta en memoria de Agustín, Obispo de Hipona y doctor de la iglesia (354-430). Uno de los cuatro doctores originales de la Iglesia Latina. “Doctor de la Gracia”.

“Si, cuando hablo contigo, repito las mismas cosas, mil y una veces, no me interrumpas y escúchame. No lo hago por molestar, Sócrates decía que a los sabios hay que explicarles por lo menos mil veces y a los que no lo son, un poquito más”.

“Cuando eras pequeño, y te llevaba a la cama te tuve que explicar mil y una veces el mismo cuento hasta que encontrabas tu sueño, no es que no fueras inteligente, es que me gustaba estar a tu lado”.

San Agustín probaba que dos elementos constituyen al ser humano, uno material y otro inmaterial. Hablaba de la inmaterialidad del alma, para ello se apoyaba en un doble fundamento: el psicológico-intuitivo y el no ético – demostrativo. El alma se conoce a sí misma, se reconoce, sin que sea posible la menor equivocación; pero no se reconoce como tierra, agua, aire o fuego, que son los únicos elementos materiales; es inmaterial.

“No me avergüences cuando no quiera ducharme, ni me riñas. Recuerda cuando te perseguía y las mil excusas que inventaba para que quisieras bañarte. Cuando veas mi ignorancia sobre las nuevas tecnologías, te pido que me des el tiempo necesario y no me mires con tu sonrisa burlona”.

Asociamos tiempo con vejez y a esta palabra con decrepitud. Decadencia, caducidad, diminución. Ignoramos que el secreto de una buena vejez no es otra cosa que un pacto honrado con la soledad, como dice Gabriel García Márquez (1927-?).

“Te enseñé a hacer tantas cosas… Comer bien, vestirte… Y como afrontar la vida. Muchas cosas son producto del esfuerzo y la perseverancia de los dos. Cuando en algún momento pierda la memoria o el hilo de nuestra conversación, dame el tiempo necesario para recordar. Y si no puedo hacerlo, no te pongas nervioso, seguramente lo más importante no era mi conversación y lo único que quería era estar contigo y que me escucharas”.

Uno de los grandes de la cinematografía mundial, el cineasta sueco Ingmar Bergman decía que “Envejecer es como escalar una gran montaña: mientras se sube las fuerzas disminuyen, pero la mirada es más libre, la vista más amplia y serena”.

El filósofo y matemático griego Pitágoras de Samos (582 AC – 497 DC) decía que una bella ancianidad es, ordinariamente, la recompensa de una bella vida. Un ideal.

La naturaleza humana tiende al drama es más proclive al sufrimiento que a la dicha, a la alegría y a la felicidad.

Por esa trilogía: ¡Feliz día del abuelo y la abuela! Valdría la pena recordar que el tiempo es solo una parte de la eternidad.

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